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  • ‘Una batalla tras otra’ o la resistencia como entretenimiento

La cinta no sirve ni debe servir como grito de guerra para una generación. | Especial

Cine. A unos días de los Premios de la Academia, parece muy probable que ‘Una batalla tras otra’ sea la gran ganadora; como hija de miembros de un grupo militar, la autora salió furiosa de verla.

Inspirada en la disparatada novela de Thomas Pynchon de 1990 sobre el desgaste de la contracultura, Vineland, la película que muestra la resistencia violenta contra un Estados Unidos aterradoramente reconocible por sus deportaciones masivas, racismo militarizado y corrupción oligárquica secreta, también ha sido vista por muchos espectadores y críticos como un llamado urgente a la acción.

Y antes de verla, yo pensé: sin duda nos vendría bien uno de esos ahora mismo.

Como hija de dos miembros de los Weathermen, el infame grupo paramilitar en el que se basa libremente el French 75 de la película, tenía grandes esperanzas; imaginaba que la película sería una recreación de la resistencia radical de mis padres (aunque con protagonistas un poco más guapos) y, al mismo tiempo, justo lo que necesitaba para despegarme del sofá y salir a la calle. 

En lugar de eso, el extenso thriller de acción de Paul Thomas Anderson me dejó apretando los puños, en algo cercano a la rabia.

La película es menos un llamado a luchar contra el poder que una aventura disparatada sobre un par de agitadores trastornados sin otro imperativo particular que crear el caos y volar cosas

No digo que mis padres y sus compañeros radicales de izquierda fueran perfectos, ni mucho menos. Al igual que sus representaciones ficticias, fumaban mucha hierba, practicaban mucho amor libre y se excitaban con la anarquía, a veces solo por esta. 

Pero a diferencia de 'Perfidia' y 'Pat', los personajes principales de la película, ellos podían articular exactamente cuál era el problema de Estados Unidos y cómo tenía que cambiar.

En la escena inicial de la película, los French 75 asaltan un centro de detención de migrantes en la frontera mexicana. 

“Tengo morteros, tengo gas lacrimógeno —dice Pat Calhoun (más tarde conocido como Bob Ferguson, interpretado por un sudoroso Leonardo DiCaprio), quien no tarda en admitir—: “No tengo muy claro cuál es el plan”.

Y, en efecto, como Perfidia Beverly Hills (interpretada por una ardiente Teyana Taylor), su amante y co-conspiradora, le grita a su némesis, el coronel Steven J. Lockjaw (un caricaturesco Sean Penn): el plan es simplemente “corregir tus errores”, a lo que ella añade un improperio.

El “mensaje es claro —continúa Perfidia—. Fronteras libres, cuerpos libres, elecciones libres y”, añadiendo otro improperio, “estar libres del miedo”.
Ha ganado Critics Choice Awards y Bafta a mejor película; Globo de Oro y Bafta a Mejor dirección
El filme ha ganado Critics Choice Awards y Bafta a mejor película; Globo de Oro y Bafta a Mejor dirección. | Especial

Aunque esas aspiraciones son nobles, su mensaje dista mucho de ser claro. Cuando Perfidia y Pat declaran la guerra en las escenas siguientes —disparando armas automáticas al aire, bombardeando un banco, la oficina de un senador y una torre de transmisión—, me di cuenta de que más que héroes revolucionarios, ellos eran unos adictos a la adrenalina que usaban la violencia como juego erótico

No tenían motivaciones ideológicas concretas ni gran autoridad moral, ni actuaban en respuesta a injusticias específicas o crímenes contra la humanidad identificables. Simplemente querían reducir el sistema a cenizas por el placer de verlo arder, antes de tener más sexo apasionado.

Hija de dos Weathermen

“Creíamos que la revolución liderada por los negros y los morenos era inminente, y nuestro trabajo consistía en convencer a los blancos de clase trabajadora de que actuaran como soldados de infantería —me dijo hace poco mi padre, quien fuera un Weatherman, James Reeves—. Planeábamos nuestras acciones para exponer la corrupción y la crueldad de la clase dominante, especialmente en lo que se refería a la guerra de Vietnam y a la liberación de los negros”.

La intención de los radicales como mis padres era “traer la guerra a casa”

Después de ayudar en el asalto del Centro de Asuntos Internacionales de Harvard, participar en disturbios con chaquetas antibalas frente a los Laboratorios de Instrumentación del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) y ser arrestados con frecuencia en las calles de Cambridge, Massachusetts, mis padres enfrentaron cargos que incluían intento de asesinato, posesión y uso de artefactos incendiarios, imprudencia temeraria, incendio provocado, falsificación de pasaportes, alteración del orden público, conspiración para incitar a la violencia y cruce de fronteras estatales para incitar a una revuelta.

Aunque mi madre evitó la cárcel, mi padre pasó nueve meses y 15 días tras las rejas luego de declararse culpable de posesión de armas peligrosas, posesión de herramientas para robar, hurto y agresión a un agente de policía.

Mis padres, que en los años siguientes se establecieron como profesores universitarios respetuosos de la ley, no se arrepienten de lo que hicieron y lo volverían a hacer —admitieron ambos— si pudieran ser radicales de la década de 1970 en lugar de radicales de 70 u 80 años de edad.

“Hicimos lo que teníamos que hacer —dijo mi padre, quien creció en los suburbios de Nueva Jersey y se unió al movimiento en 1968—. Quedarse callado, dejar que los cerdos capitalistas arruinaran el mundo, no era una opción. Todavía creo que las medidas que tomamos y el extremo que representábamos influyeron en la conciencia de la gente y ayudaron a poner fin a la guerra”.
Mi madre, Susan Hagedorn, estuvo de acuerdo: “Tal vez nuestras intenciones hayan sido ingenuas, pero lo que el gobierno estaba haciendo —mentirle al país, matar gente del sudeste asiático, además de su imperialismo en todo el mundo— tenía que terminar —aseguró—. 

“Pero estos son tiempos oscuros, más oscuros incluso que lo que enfrentábamos entonces. ¿Por qué los jóvenes no están diciendo ‘no’ a este loco y a todo su régimen autoritario? ¿Por qué no están arriesgando sus privilegios para defender a quien no puede defenderse por sí mismo?”.

¿Qué logrará cambiar al mundo?

Al final de Una batalla tras otra, Bob le entrega a su hija Willa (interpretada por una radiante Chase Infiniti), a la que ha estado criando desde que Perfidia se marchó, una carta de su madre.

“Fracasamos —se lamenta Perfidia, 16 años después de haber abandonado a su familia para continuar su vida fuera de la ley—. Pero tal vez tú no fracases. Tal vez seas tú quien ponga el mundo en orden”.

En los últimos momentos de la película, vemos a Willa —con cuya exasperación ante su progenitor descarriado y perpetuamente drogado siento una enorme empatía— salir por la puerta para hacer justamente eso.

“¡Ten cuidado!”, grita Bob mientras su hija corre hacia su coche.
“¡No!”, promete Willa, provocando una oleada de sonrisas y “ay” enternecidos por todo el cine. ¿Y yo? Yo me fui a casa furiosa.
Más que revolucionarios, los protagonistas parecen adictos a la adrenalina que usaban la violencia como juego erótico
Más que revolucionarios, los protagonistas parecen adictos a la adrenalina que usaban la violencia como juego erótico. | Especial

Ya entendí que, si no me gustó Una batalla tras otra, no fue culpa de la película. Si hubiera entrado en la sala sin esperar nada más que algo de entretenimiento, habría salido contenta; después de todo, estuvo divertidísima, las actuaciones son espléndidas y está hecha con maestría.

Creo firmemente que la cinta no sirve ni debe servir como grito de guerra para una generación. Esa carga fue impuesta por críticos que buscaban la salvación en el lugar equivocado.

Entiendo el impulso de encontrar algo, lo que sea, que pueda motivarnos a salir de nuestro estupor actual y poner el mundo en orden. Pero si agentes federales matando estadunidenses inocentes en las calles y nuestro Presidente desatando una guerra catastrófica en Medio Oriente no nos despiertan, ¿qué lo hará? Una película de Hollywood con estrellas atractivas disparándoles a un enemigo inepto no será la salvación.

MD

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