Cultura

‘Siguiente vida’, de Tenzin Phuntsog: pulso y universo

Cine

Inspirada en el ‘Libro tibetano de los muertos’, ‘Siguiente vida’ contrapone el mundo burocrático con una cosmovisión budista.

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Pala, un tibetano envejecido, padece un dolor inexplicable. Un médico, finalmente, viene y toma el pulso. Escucha. El sonido crece. La sangre es un río. Y nosotros, aunque solo vemos un cuerpo, comenzamos a sospechar todo lo que existe más allá, fuera del cuadro de lo visible. Siguiente vida, de Tenzin Phuntsog (parte del 45 Foro Internacional de Cine que termina el 12 de septiembre), es más que una obra sobre muerte y reencarnación, budismo y exilio. Todo esto se comunica, sí, pero desde la profundidad y sin necesidad de explicación. Ahora bien, Pala quiere volver al Tíbet y su hijo, Rigzin, intenta conseguirle una visa. La enfermedad avanza y los familiares comienzan a prepararse. 


La película se inspira en el Libro tibetano de los muertos. Se abren dos mundos: el de las burocracias y el del tiempo de lo inefable: el más allá. En este punto vale la pena comentar Siguiente vida con el maestro de la cosmogonía oriental llevada a la pantalla, Apichatpong Weerasethakul, quien ha construido su obra basado en el más allá budista. Sus películas no corresponden para nada con las tradiciones, fiestas y vida devocional abrahámica, lo cual resulta particularmente fructífero para quien ama, en el arte, la posibilidad de vivir otros mundos. Otras vidas. En El tío Boonmee de Apichatpong hay alguien que vuelve a cenar, un hijo que reaparece transformado. 

En todo este cosmos penetra en el presente, aparentemente simple, una cosmogonía que no corresponde con el cristianismo. Quien no se haya dado cuenta de que en esta clase de películas ha entrado en otro cosmos que no es el que vive, entiende poco. En La siguiente vida los problemas en este mundo son, además, vulgares. Es más fácil cruzar hacia la muerte que hacia el Tíbet. Para entender la ironía necesitamos saber que el cuerpo de Pala sabe algo que su pasaporte no constata.

En Memoria, de Apichatpong Weerasethakul, Jessica escucha un golpe, una suerte de gong, en su cabeza. Durante buena parte de la obra el sonido carece de explicación. El director obliga al espectador a aceptar que se puede recordar algo sin saber aún qué se recuerda (es más, sin que haya sucedido todavía). Phuntsog realiza una operación similar en la escena en la que a Pala se le toma el pulso. La imagen cambia poco, pero la banda sonora abre el espacio interior. El cine se abre a lo más exquisito del arte contemporáneo. Porque se dice que hoy se puede hacer cine con un teléfono, pero el audio obliga al cerebro a imaginar lo que hay más allá de la piel. Y la tecnología, al sonido, no lo ha domesticado. Phuntsog no necesita introducir un recorrido en el Tíbet ni un flashback que evoque eternidad. Hay una mano y un sonido. La mente completa lo que los ojos no ven. Sería fácil decir que Pala lleva al Tíbet en la sangre, algo que, además de cursi, resulta fatal como explicación. En la cosmovisión mahayana no hay tal cosa como una esencia almacenada en alguna parte. 

Lo importante es que el arte audiovisual hace del cuerpo un sitio en que convergen historia, territorio y recuerdo, pero no son lo mismo. Es aquí donde nos hiere el punctum del que hablaba Barthes. No se trata de una herida producida por lo que vemos y lo que escuchamos; está en todo aquello que adivinamos que comienza a aparecer más allá del encuadre. Esto es justamente lo que hace magnífica la película Siguiente vida: no solo nos saca de la cosmovisión occidental, nos saca del cuadro, nos lleva al cosmos que está más allá del encuadre.

¿Donde ver Siguiente vida?

La cinta de Tenzin Phuntsog está disponible en la cartelera de la Cineteca Nacional.



Siguiente vida

Dirección: Tenzin Phuntsog. Estados Unidos, México. 2025.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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