Cultura

Alejandro Arras: “La buena literatura siempre ha sido leída y apreciada por una minoría”

Al margen

En entrevista, Alejandro Arras comenta su decisión de editar ‘La Máquina de Escribir’, antología de trece autores que forman parte del proyecto editorial homónimo impulsado por Federico Campbell en los años setenta.

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En entrevista, el editor y escritor Alejandro Arras, autor del libro de cuentos Perfil del viento, habla de La Máquina de Escribir (Ediciones Piedra del Río, 2026), una antología de los libros publicados en el proyecto editorial homónimo fundado por Federico Campbell (1941-2014) en 1977. Con prólogo de José María Espinasa, el libro incluye trece autores: David Huerta, Evodio Escalante, Adolfo Castañón, Coral Bracho, Ricardo Yáñez, Carmen Boullosa, Juan Villoro, Carlos Chimal, Javier Molina, Eduardo Hurtado, Antonio Deltoro, Antonio López Chavira y Álvaro Uribe, y al final contiene la lista completa de las obras editadas por La Máquina de Escribir.

En la conversación, Arras también se refiere a su propia editorial, al cierre de Ediciones Era y cuestiona el concepto “editorial independiente”, que considera “tramposo” y pregunta: “¿Independiente de qué?”

¿Por qué y cuándo surge su interés por los libros de La Máquina de Escribir? ¿Cuáles son sus títulos favoritos de este proyecto editorial?

Descubrí la editorial La Máquina de Escribir tras leer un ensayo de José María Espinasa. En aquel texto explicaba que esta editorial, fundada en 1977 por Federico Campbell, tenía la misma importancia —para entender la historia de la literatura mexicana— que Los Presentes o Cuadernos del Unicornio, dirigidas ambas por Juan José Arreola. Fue gracias a él que me enteré de la existencia de esas plaquettes amarillas, engrapadas y con un margen rojo en la portada. Quedé sorprendido al ver tantos primeros títulos de escritores que se volvieron muy conocidos después: Coral Bracho, Adolfo Castañón, Evodio Escalante, Carmen Boullosa, Juan Villoro, Antonio Deltoro, Álvaro Uribe, Eduardo Hurtado, David Huerta, el propio Espinasa. Y otros totalmente desconocidos e igual de buenos como Antonio López Chavira. Tuve la impresión de que esa editorial dio a conocer a una nueva generación, y que por lo tanto podríamos llamarla La Generación de La Máquina de Escribir, así como podemos hoy identificar a la Generación de La Casa del Lago o la Onda. Mi intención al realizar la antología fue intentar producir la curiosidad y el asombro de que estamos ante un conjunto de “óperas primas” que conversan entre sí y que comparten un temperamento. Por mencionar solo un título muy importante: creo que Peces de piel fugaz de Coral Bracho es un libro capital en la poesía mexicana y en ese libro ya está definido todo el tono poético de su autora.

La Máquina de Escribir, Alejandro Arras (editor)
Alejandro Arras (editor) | Ediciones Piedra del Río | México, 2025 | 180 páginas

¿Conoció a Federico Campbell? ¿Qué opina de él como editor?

No conocí a Federico Campbell, pero he tenido el placer de conocer personas que fueron sus amigos y oír anécdotas acerca de él. Este año se conmemora su 85 aniversario. Además de editor fue novelista y ensayista. Su libro Infame Turba (1971) enseña magistralmente que la entrevista puede lograr ser un género literario. Dicen que tuvo la generosidad de echar a andar La Máquina de Escribir con su propio dinero ganado en la revista Mundo médico. De Campbell me sorprende su olfato, cierto sentido de la intuición, apostar por todos estos jóvenes que mencioné antes y que entonces solo eran eso: jóvenes que comenzaban a escribir. Y de las anécdotas escucho solo cosas buenas. David Huerta hablaba de él en un tono paternal; en casa de Espinasa hay una repisa entera con sus libros y él los regala cual testigo de Jehová; Carmen Boullosa cuenta que los libritos se enviaban por correo a figurones como lo fueron Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Fernando Benítez, José Luis Martínez, y más. Imaginemos a Elizondo recibiendo un paquete: al interior, una de esas plaquettes amarillas. Lee la portada: El hilo olvida. Lo que se está produciendo en ese instante me parece muy emocionante. El día que Juan Villoro ingresó a El Colegio Nacional cargó orgullosamente su primera edición de El mariscal de campo y agradeció a Federico Campbell por haber sido el primero en creer en él. Da la impresión de que Campbell era de esas personas buenas que se enorgullecen por el talento de sus amigos. Un entusiasmado que compartía su entusiasmo.

Usted también es editor. Más allá de la tecnología, ¿encuentra similitudes entre su trabajo y el realizado por Campbell? ¿Cómo selecciona usted sus autores, sus textos?

La Máquina de Escribir nunca fue un proyecto editorial lucrativo. Nunca tuvo como visión ser una empresa, sino publicar libros (eso sí, en tirajes de más de 1000 ejemplares) que solo se regalaban. Ediciones Piedra del Río, la editorial que dirijo, es una editorial que tiene como único fin publicar libros que considero buenos y que busco que se lean en serio ¿Cuántos libros se venden mucho y no se leen? Los tirajes que hacemos son de 300 ejemplares. Regalo casi todos a personas que me importan y tienen la pasión por leer. Me gusta la idea de imponer un gusto y tratar de iniciar una conversación con ellos mediante el catálogo, al igual que hizo Campbell. Como dice Gabriel Zaid —idea que siempre repetiré—: “Editar es poner un libro en medio de una conversación. Editar es organizar una conversación. Editar es descubrir lo que alguien tiene que aportar a la conversación, sacarlo a luz, centrar la conversación con planteamientos inteligentes al autor, con presentaciones inteligentes al público”.

¿Qué piensa de la edición independiente en México, como la que realiza el propio prologuista de la antología de La Máquina de Escribir, José María Espinasa, con Ediciones Sin Nombre?

El término editorial independiente es tramposo. ¿Independiente de qué?, podemos preguntarnos. Y es un término que pareciera que se refiere a una situación marginal del libro actual. Esto es falso, porque en ese sentido los libros que hizo Miguel N. Lira eran también libros que se podrían llamar “independientes”. Esa editorial de Lira, llamada Fábula, publicó la primera edición de títulos fundamentales como Nocturnos (1933) de Xavier Villaurrutia o el primer libro de Octavio Paz, Luna silvestre, en el mismo año. ¿Hoy Fábula podría ser llamada editorial independiente porque su editor los construía con una prensa de mano? ¿La editorial Cvltura, dirigida por la familia Loera y Chávez, fue también una editorial independiente? ¿Cuántas personas leyeron esos títulos cuando se publicaron? ¿Revistas como Contemporáneos o El Hijo Pródigo pudieron haber sido consideradas con la misma categoría? ¿Eran en realidad valoradas por mucha gente? La buena literatura siempre ha sido leída y apreciada por una minoría. Vale la pena echarse un chapuzón a los libros más vendidos en 1995 en la librería El Parnaso de Coyoacán para darse cuenta que ventas y calidad literaria no tienen nada que ver. Estoy seguro que nos encontraremos a nombres que ya ni reconoceremos. Tampoco creo en la idea de que “leer” es bueno en abstracto. Hay libros malísimos que es más sano no leerlos. Ediciones Sin Nombre, la editorial que fundó José María Espinasa fue consecuencia de una efervescencia de editoriales pequeñas que surgieron en los 80. Tuvo en su catálogo a autores de primer nivel como Tomás Segovia, Jesús Gardea o Esther Seligson. Pero Ediciones Sin Nombre dejó de publicar porque murieron las instituciones que apoyaban financieramente a este tipo de editoriales. También hubo problemas con las distribuidoras, que es otro asunto. Y también porque la energía de un buen editor no es para siempre.

¿Prepara algún nuevo título? ¿Cuál es?

Estamos ya en la etapa de formación de la traducción de los diarios de Alan Seeger, un poeta estadunidense que murió luchando en la Primera Guerra Mundial. Es un libro extraordinario que nunca se ha traducido al español. Un testimonio que de tanto arder por estar en ese nido de emociones que es ser soldado tiene un gran peso literario. Incluye su diario y las cartas que le enviaba a su madre desde las trincheras. Murió en la Batalla del Somme combatiendo dentro del ejército francés. Alan Seeger perteneció a una familia culta y aristocrática del este de Estados Unidos. Fue amigo cercano de T.S Eliot y de John Reed. Su padre, Charles Seeger, introdujo los primeros coches en la Ciudad de México y eran vecinos de Antonio Rivas Mercado y de Joaquín D. Casasús en la colonia Guerrero. Uno de los sobrinos de Alan Seeger fue el músico Pete Seeger, responsable del resurgimiento de la música folk en los años 60 del siglo pasado. Estamos muy emocionados por publicar este nuevo libro traducido por Ausias Meza.

¿Qué piensa de la “suspensión” de actividades de Ediciones Era, otro proyecto independiente?

Es una mala noticia que desafortunadamente era de esperarse. Se pierde un catálogo importantísimo, una forma de poner a circular cierto tipo de literatura que se dice hoy que no se lee. Ya casi nadie habla de “buena” literatura. ERA es una editorial con libros de “buena” literatura, una editorial de temple crítico, de rigor ante la tradición, era una editorial llena de vasos comunicantes. Tenían la libertad de publicar libros que no estaban atados al mercado. Hace unos días escuché la queja de que ERA no quiso cambiar su “tipo” de libros. ¿Qué tiene de malo no querer cambiar? Además, se dice que eran autores que hoy cuesta trabajo leerlos, que deberían publicar libros más fáciles de leer. Caray, pero si lo divertido de leer es que sea complejo y hasta difícil. La facilidad se ha vuelto una plaga. ¿Y cómo alguien quiere ser escritor si no sabe quién es Inés Arredondo o José Lezama Lima? O en cine, ¿cómo alguien quiere hacer películas si nunca ha visto el cine de Yasujiro Ozu o Ingmar Bergman? ¿El resultado? Los librejos de la mesa de novedades y las series de televisión que el mundo ve embobado. El dinero como la regla que lo mide todo. Yo creo en la tradición. Y es importante conocer la tradición en el arte si queremos aspirar también a la ruptura. Los mejores escritores, pintores, artistas en general, conocen su tradición. Con solo observar el catálogo de ERA se puede entender buena parte de la historia de la literatura no solo mexicana. Pero ya no está Neus Espresate ni Paloma Villegas. Las cosas no son las mismas. Ya no está tampoco Jorge Herralde en Anagrama ni tampoco Sergio Galindo en la editorial de la UV. Y siguiendo con el caso de ERA, hay algo de orfandad en el asunto, porque lo primero que me pregunto es quién va a seguir publicando los maravillosos cuentos de Verónica Murguía, Ana García Bergua o Eduardo Antonio Parra, la poesía de Fabio Morábito, los ensayos de Jorge Aguilar Mora. Me considero un conservador optimista ante los tiempos que vivimos. Ahí están las librerías de segunda mano, dejemos de creer que la apuesta por la lectura está solo en la mesa de novedades. Ahí están las bibliotecas públicas y gratuitas. El que quiera leer en serio puede hacerlo. Y no todo está muerto: ahí está la maravillosa editorial Aquelarre, desde Xalapa, que edita a Emily Dickinson o Knut Hamnsun; está Canta mares con sus traducciones de Klossowski y Pascal Quinard; Gris Tormenta desde Querétaro con sus antologías temáticas; Níspero publicando jóvenes que comienzan a tomar vuelo; Diego García Elio con su colección Pértiga desde la UNAM; la editorial de la UANL capitaneada por Antonio Ramos Revillas y apostando por autores desconocidos; editores “artesanales”, no encuentro otra palabra, como Juan Pascoe, Federico de la Vega, Alfonso D’Aquino, Chico Magaña o Fernando Fernández.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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