Cultura

En honor de José de Jesús Sampedro

Memoria

El poeta José de Jesús Sampedro (Zacatecas, 1950-2025), autor de ‘Un (ejemplo) salto de gato pinto’, fue un tótem generacional que abrió la poesía a los vientos huracanados de la contracultura.

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Fue un tótem generacional, el inventor de un glagolítico de la rebelión que abrió la poesía a los vientos huracanados de una contracultura que mezclaba sin ningún pudor el rock, tanto inglés como norteamericano, la antipsiquiatría, el surrealismo, el carácter contestatario de los beatniks y las convicciones comunistas de una generación que admiraba a los Beatles, a The Doors y Elvis Presley, pero que se persignaba con Fidel Castro y el Che Guevara. Mejor que evocarlo en su papel de promotor cultural, y de recordar que él fue el creador del Premio López Velarde (que mucho honra a Zacatecas), mejor que mencionarlo como el editor a quien se debe la existencia de Dos filos. Revista de literatura y política, estimo que el momento más grave de su vida fue cuando ganó en 1975, para asombro de medio mundo, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con su libro Un (ejemplo) salto de gato pinto.

Yo había trabado amistad con José de Jesús Sampedro a finales de la década de los 60. Estaba todavía fresco el recuerdo de la matanza de Tlatelolco y de modo particular los jóvenes vinculados a la universidad participábamos del clima de cólera que había ocasionado este acontecimiento imborrable y que había afectado de manera decisiva a nuestra generación, Eran tiempos de radicalismo, de echarlo todo por la borda. Marcuse y Wilhelm Reich, por un lado, y el impacto del rock y de la cultura contestataria, el hippismo ambiente, la llamada “liberación sexual”, producían un caldo de cultivo en el que nos sentíamos como truchas. Poco tiempo después, el azar y los buenos oficios de la fallecida Eugenia Revueltas —a quien debo eterna gratitud— nos reunieron en un libro colectivo que publicó Punto de Partida de la UNAM en 1975 titulado Crónicas de viaje. El volumen reunía textos de Luis de Tavira, de José Joaquín Blanco, de José de Jesús Sampedro y los que yo aporté: todos, por aquel entonces, obvio decirlo, éramos unos soberanos desconocidos.

La noticia de que Sampedro ganaba el Aguascalientes, pocos meses después, no solo sorprendió a quienes acabo de mencionar, sino que cayó como una piedra en la mesa del banquete de la cultura del país. Se sabe que Ramón Xirau escribió algunas palabras elogiosas, pero casi sin exagerar puedo decir que el medio intelectual vio con escepticismo y cierto recelo este galardón que se otorgaba a un joven desconocido de apenas veinticinco años de edad, el más joven hasta el día de hoy que haya obtenido este premio. El “sospechosismo” no tardó en hacer de las suyas. Para empezar, el presidente del jurado era un narrador, Miguel Donoso, y no un poeta como se supone. Además, corría la idea, falsa por cierto, de que Sampedro era uno de los alumnos de su taller y que al premiarlo se beneficiaba a un grupo muy específico del norte del país. Considérese, para colmo, que su poesía no encajaba precisamente en la tradición que se supone estaba reconociendo el mainstream de la cultura en este país. Antes que él, habían ganado Juan Bañuelos, luego José Emilio Pacheco, Óscar Oliva, Alejandro Aura y el gran Eduardo Lizalde. Sampedro, en franco contraste, resultaba excesivo con su libérrimo uso del verso libre y su contundente informalismo, que incorporaba a la sagrada poesía temas y asuntos desprovistos de aura, y al que no le importaba cortar una frase a la mitad y dejarla incompleta. El autor practicaba una libre asociación de ideas que lo acercaba a la escritura automática de André Bretón, y su temple, por lo demás, era el de un inconforme y un rebelde que parecía haber desertado de un grupo de rock para abrevar en los procedimientos iconoclastas de la contracultura y de la poesía de los beats, estos hermanos mayores que también nos cambiaron la vida. Todos seremos astronautas antes de morir.

Leo y vuelvo a leer Un (ejemplo) salto de gato pinto. Es un libro monstruo, no porque sea el mejor entre los mejores, sino porque ostenta muchas cabezas y su factura es desigual. Y, sin embargo, este libro abre en definitiva una nueva época en la poesía mexicana. La época de la contracultura, del informalismo, de la rebelión acá, que establece nuevos valores y reglas anarquistas en el bien decir. Una nueva sintaxis entra en escena. Otra forma (desinhibida) de articular la vida cotidiana, siempre con un dejo de ironía. La mezclilla y los Rolling Stones imponen un nuevo paradigma que desarticula nuestra noción de autoridad. Pero, permítanme decirlo, José de Jesús Sampedro no es para nada un “espontáneo” que encontró por casualidad una flauta y tocó como Ian Anderson, de Jethro Tull. Sampedro tiene una impresionante cultura lectora pero también pictórica y musical que le permite citar y mencionar en su libro los nombres de Apollinaire, Celan, Cesare Pavese, Marilyn Monroe, Freud, Ravel, Karl Marx, Artaud, Revueltas, Yeats, Baudelaire, Rilke, Van Gogh y Lou Andreas Salomé, a quienes habría que añadir Wilhelm Reich, David Laing, John Updike, Salinger, César Vallejo, Sartre, Camus, Jimi Hendrix, los Beatles, Ernesto Sábato, Gonzalo Rojas, Paul Goodman y su gran ídolo el pintor surrealista René Magritte, a quien acompaña, por supuesto, el infinito André Bretón. Entre sus influencias de la Escena de Liverpool, yo mencionaría con mucho énfasis, no solo a los Beatles, que se dan por descontados, sino a un admirable poeta y pintor inglés, Adrián Henri, que fundió al mismo tiempo el surrealismo de René Magritte y la poesía irónica y contestataria de los poetas beat como Kerouac y Ginsberg. Si hay un eslabón perdido que ayude a explicar la personalidad de José de Jesús Sampedro, estimo que habría que buscarla en la obra y la vida de Adrian Henri, autor por lo demás de un título significativo: Tonight at Noon, dedicado a Chalie Mingus.

Sampedro viene del surrealismo, de la cultura pop, de los roqueros, de la revolución sexual, de los poetas beatniks del antiguo y del nuevo Continente, y en fin, del proyecto comunista iniciado por Marx y Engels. Esta es la materia combustible que alimenta Un (ejemplo) salto de gato pinto. Sampedro se muestra como un experto en la levedad, pero de igual modo recurre con frecuencia al poema abundante de carácter discursivo. Selecciono algunos ejemplos de estas dos modalidades. En cuanto a la levedad, me saltan ejemplos que ni pintados. Empiezo por esta evocación de Rilke que se llama “Desvío”:

se separaron
          al doblar la cuadra
rilke mira con asombro
                              cómo pierde el cuerpo
ella no sabe
          a dónde irá él

Sigo con El apando de José Revueltas. Con desparpajo, pero no sin malicia, Sampedro anota:

mona te quiere el mono     en su celda
dormita raquel welch
                                          pornografía sun
mariguana para meterla en tu vagina

mono peludo te desea la mona rasurada
fornico a trote de caballo     inesperado
entra john wayne
                              y me asesina

La piedra más citable en su género es esta viñeta que reúne a dos héroes de la cultura de masas: Joe Dimaggio y Marilyn Monroe.

dimaggio no supo
     conectar esa pelota
de haber tenido hit o sencillo
     bueno habría anotado sumamente fácil
pero no contó lo suficiente
     marilyn espera entre la primera
y la tercera base neutra
     la muerte no está en ninguna parte
aparece de pronto en home
     abandonada

Quizás los textos de mayor aliento logran capturar mejor la atmósfera de la época. Selecciono este fragmento para ilustrarlo:

       te enamoraste de mí no había salida
queríamos el triunfo de la unión soviética ni duda
       y hablamos de eso en un hospital bajo el invierno
te dejé mi libro de recetas no recomendadas y
       la fotografía de un cocodrilo muerto de gracia
te dije adiós hasta pronto amor suerte
       los soldados de vietcong escriben poemas
y después matan yanquis y encuentran que es
       mejor así
da resultado la existencia
hitler había terminado su helado de frambuesa doble
     cuando le anunciaron lo de stalingrado
la muchacha no encontró nunca su perro
tú en el hospital contemplando la nieve era en
       invierno
       te amé tanto no hay salida
     los yanquis mueren en vietnam y no escriben poesía

El prosaísmo deliberado al que recurre Sampedro, no lo exime de un inusitado lirismo de cierto toque campesino que me parece muy llegador. Cito, de nuevo, un fragmento de un texto mucho más generoso:

yo soy tu prisionero cultiva mis ojos en tu sembradío
(...)
perezca mi muerte enhechizada la flecha salve mi vida
en tu cántaro de agua me bebes la cara me defiendes del abandono
en ti germino aderezo ojeras
en tu vientre canta el sol danza el reflejo nace un colibrí
pulsaciones en tu vientre el pozo tiene sed el cielo instala
sus estrellas una ardilla devora su raíz
en tu vientre se oculta el sol mi muerte vuelve a suceder
     respira
pájaros de la mañana preparan su lanza amarilla
     el maíz anda
de prisa por tus pechos

En un excelente diálogo que tuvo con Víctor Roura en ocasión de cumplirse los setenta años de este escritor cuyo cacumen siempre me pareció más que respetable, acusaba: “La poesía es la metafísica de la metafísica: todo lo inverosímil en ella es verosímil, todo deseo en ella es realidad consumada”. Ahí mismo, en plan autocrítico, reconocía que había retirado de la imprenta un libro de poemas que había redactado a la sombra de The Doors, al tiempo que indicaba, como si mirara hacia el porvenir: “Espero ya pronto publicar una serie de esa acumulada serie de poemas que salvaguardan mi mercurio, mi tiempo”. Cosa, por cierto, que no sucedió. También señalaba, para aludir al paso fiero e inevitable de Cronos: “Fui un juvenil comunista, soy un adulto anarquista”.

Para terminar, me gustaría mencionar dos asuntos. El primero, es una formidable coincidencia, que me parece harto indicativa: 1975, el año en que Sampedro gana el Premio Aguascalientes, surge en la Ciudad de México el movimiento infrarrealista, con el que guarda afinidades. Que yo sepa, nunca hubo contacto entre el uno y los otros, pero los alienta un espíritu muy similar de revuelta y de crítica a los poderes establecidos. El otro tema tiene que ver con un anacronismo feliz, si me permiten decirlo así, vinculado a la historia del Premio Aguascalientes: tuvieron que pasar casi cuarenta años para que un libro de poemas con una poética afín a la de Sampedro fuera reconocido con este premio. Me refiero, como algunos de ustedes podrán adivinar, al libro de Jorge Humberto Chávez, Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto. Este libro mereció el Premio Aguascalientes de Poesía el año de 2013. Como aconseja el saber popular: ¡échense este trompo a la uña…!

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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