Mariana Rosas Giacomán (1998) compró flores y se puso su vestido rojo y a San Miguel Arcángel para hablar de su abuela, Mónica de Neymet, la mujer que le regaló su primer libro de Harry Potter y que hace cuarenta años ganó el Premio Nacional de Narrativa Colima con su única novela, Las horas vivas (1986), cuya nueva edición cuenta con un prólogo de la orgullosa nieta. “Era una mujer a la que le gustaba muchísimo leer y escribir, y desde chica me inculcó la lectura. Siempre me preguntaba: ¿qué estás leyendo? Yo respondía: nada. Ella me decía: vamos a la librería Gandhi. Yo pasaba muchas tardes de mi infancia leyendo”, comparte a Laberinto la autora de las novelas Hay mucho humo en mi habitación (2021) y Los malaventurados (2024).
Mujer que sabía latín, profesora del Centro de Enseñanza para Extranjeros y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, De Neymet (1936-2018) habría cumplido noventa años el pasado 31 de mayo. Ahora su alma mater le rinde homenaje con la nueva edición de Las horas vivas, cuatro décadas después de la de Grijalbo, en el proyecto Vindictas de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, que ha rescatado títulos de Rosario Castellanos, Dulce María Loynaz, Amanda Berenguer y Alaíde Foppa.
Su nombre, comenta su nieta, siempre fue un seudónimo, porque se llamaba Rosa María, pero no le gustaba, así que lo cambió a Mónica. Mariana quitó también las flores de su apellido, y firma solo con el Giacomán armenio de su abuelo José Abdalá (1925-2013), esposo de De Neymet y autor de las novelas Los días de Isaura (1994), Hasta luego, cátaro (2003) y Zenaida ingrata (2004).
Las horas vivas transcurre en el México de 1961, en un edificio de departamentos en avenida Tacubaya 710 (hoy José Vasconcelos), donde a través de una estudiante de Letras, Matilde, y de sus empleadas domésticas, María y Evelina, recoge fragmentos de las historias de las mujeres que habitan el inmueble.
“Fui su única nieta mujer, solo éramos mi hermano y yo. Desde chica tuve una relación muy cercana con ella. Mónica de Neymet era una mujer muy inteligente, siempre rodeada de libros. Su forma de amor, de cariño, no era tan cálida, de abrazo y apapacho, pero era una persona con la que uno se sentaba a platicar. Te regalaba libros. Cuando yo era niña y no encontraba nada que decir, me pedía tener un diario. De repente, eso de escribir ya estaba conmigo”, reconoce.
En una charla donde las historias y novelas de abuela y nieta se entrelazan, Mariana Giacomán comparte cuán dolorosa fue para ella la muerte de De Neymet, en 2018, pero apunta cómo sigue en contacto con ella. “Su partida fue muy dolorosa, porque éramos muy cercanas. Pero, con el paso de los años, me he dado cuenta de que ella sigue dándome cosas, todavía encuentro libros en su biblioteca que tienen que ver con lo que me interesa”, refiere la narradora, que se cansó de escribir guiones para Televisa y de chismes sobre Christian Nodal y Ángela Aguilar, aunque gracias a esas experiencias escribió un primer libro de cuentos próximo a salir.
En plena mudanza, sin copias de sus libros o del de su abuela, recuerda que Las horas vivas ganó el premio que a lo largo de 46 años de historia se adjudicaron Sergio Pitol (1982) y Elena Garro (1996); también José Agustín (1983), Isabel Allende (1985), Carlos Montemayor (1991), Juan García Ponce (1992) y, más recientemente, Enrique Serna (2004) y David Toscana (2006).
“Las horas vivas fue un libro que se perdió con el tiempo, como pasa con muchas autoras. En este momento de mi vida en que me dedico a cosas parecidas, mi abuela regresó, otra forma de estar de nuevo con ella”, apunta Giacomán.
Mónica de Neymet solo escribió ese libro. La nieta reconoce la rareza: ópera prima que gana un premio tan importante como el Colima, que se publica en su año, pero luego desaparece y se pierde. Hasta que ahora la UNAM, donde la autora dio clases durante más de treinta años, el proyecto Vindictas, que recupera libros olvidados, reivindica Las horas vivas con prólogo de la nieta.
“La novela de mi abuela es la vida de diferentes mujeres que habitan un mismo edificio en Tacubaya. Se llama Las horas vivas porque transcurre cuando no están los maridos, que salen a trabajar, como si el tiempo de las mujeres fuera un tiempo muerto mientras están en su casa, en sus cuartos, en las azoteas... Aborda los conflictos internos de cada una de ellas, que además casi no interactúan entre sí. Es más bien un mosaico de diferentes vidas. Algo que llama la atención es que pensarías que todas padecen el machismo. Hay también un asunto de clase, porque no se consideran iguales entre ellas: están las que viven en departamentos, las que están en las azoteas, en los cuartos de lavado”, dice la exbecaria de la Fundación para las Letras Mexicanas.
Giacomán ignora si el edificio aún existe. Entre la decena de personajes femeninos que lo habitan, ve en Matilde, la estudiante de Letras Clásicas que está escribiendo su tesis, rasgos de su abuela Mónica, que, en sus primeros años de casada con José Abdalá, hijo de inmigrantes armenios, vivió en Tacubaya. “Su gran drama es que se la pasa viviendo entre libros, casi no sale al mundo real, y se siente como una espectadora de la vida de los demás. Observa a las demás e intuye qué pasa en sus vidas”, apunta sobre la novela polifónica de Mónica De Neymet.
Giacomán escribe en el prólogo: “Matilde traduce los escritos de Egeria, una monja española del siglo IV que relata su travesía a Jerusalén. Sandra se perfuma, se aceita todo el cuerpo, se maquilla. Yolanda limpia, cocina, intenta calmar el imparable llanto de su bebé. Griselda sueña con su pasado, mezcla pesadillas con recuerdos terribles. Laura se pregunta si Mario la ama, si no ha cambiado de opinión sobre ella, si su mirada empieza a posarse sobre otras mujeres y en quiénes. Arriba, en la azotea del edificio, Lupe, María, Evelina y Tomasa lavan la ropa y esperan su turno para bañarse en las austeras regaderas, como si no pertenecieran al mismo edificio que las habitaciones de sus patronas”. Las mujeres que viven en Tacubaya 710 y habitan Las horas vivas aparecen en primera persona.
¿Cómo describiría a su abuela Mónica de Neymet?
Como una persona muy cerebral, increíblemente sensible; muy seria, pero también muy graciosa. Tenía muchas cosas contradictorias, que me gustaban. Era muy fría, pero muy cariñosa. A mí siempre me dio la sensación de que era una persona de otro tiempo, sobre todo, increíblemente culta, nunca dejó de leer. Tenía unos diarios donde llevaba la lista de los libros que iba leyendo, pero en medio ponía: “Nació mi hija Claudia”, “Nació mi hijo Alejandro” (compositor e ingeniero de sonido, ganador de Arieles en 2008 y 2011), “Me casé”... Eran notas a pie de página, que me hacen recordar al personaje principal de su novela.
¿Le dijo por qué publicó una sola novela?
Nunca se lo pregunté. No me alcanzó el tiempo. Cuando ella falleció, yo tenía 19 años y no entraba aún al mundo de la escritura y la lectura. No tengo idea, pero siento que dijo lo que quería decir y le bastó con ello.
Escribió la introducción de Las horas vivas. ¿Qué destaca de la novela?
Que tiene una prosa muy fina, descripciones preciosas. Me gustó el viaje en el tiempo a la Ciudad de México en los años cincuenta, lo parecida a como la describiría alguien en la actualidad. Habla del ruido, de la contaminación. Y me dije: no puede ser que en todo este tiempo no cambiara tanto como yo pensaba. Me gustó también lo atrevida que es Las horas vivas. Leer escenas de una sexualidad libre fue una cosa muy curiosa. Pensé que mi abuela era una mujer muy avanzada, muy fuera de lo que se consideraba lo tradicional.
¿Por qué le interesó la reedición de la novela?
Yo no participé en el rescate de la novela. De hecho, fantaseaba con hacerlo y me pareció increíble que la UNAM lo hiciera. Además, fue su casa, donde dio clases más de treinta años. Y, bueno, me invitaron a prologarlo. Me daba un poco de miedo hacerlo, porque pensé que me costaría mucho desprenderme de mi abuela, demasiado cercana a mi corazón. Me decía: a lo mejor no le hago justicia, porque voy a terminar hablando de ella y de nuestra relación y de lo mucho que la quería. No había leído la novela completa, solo partes, me asustaba entrarle porque sentía que iba a conocer pasajes de mi abuela que no estaba lista para conocer. Me deslumbró su prosa, su sensibilidad, ciertas imágenes.
No quise para nada hablar de mí; de hecho, solo menciono, en un momento, que soy su nieta. Solo quise resaltar las cosas que me parecieron maravillosas. Hay un auge de la literatura escrita por mujeres y de temas como la maternidad y los cuidados. Siento que Mónica de Neymet se adelantó a eso. Al mismo tiempo, me parece una novela muy cruda en ciertos aspectos, y retadora por la estructura y las voces. También llama a la reflexión que las cosas no han cambiado tanto en cómo piensan los personajes femeninos y cómo piensan los masculinos.
¿Por qué le da miedo hablar de su abuela, si tenían una excelente relación?
Pensaba que no iba a parecer tan profesional como quería, que iba a terminar diciendo: mi abuela, la amo muchísimo, etcétera”. Además. no escribo ensayo, escribo ficción. Fue un reto para mí hacer este cambio de género y alejarme un poco. Lo difícil era poner un poco de distancia entre el texto y yo, y pensarla a ella como autora y no como mi abuela.
¿Cómo fue recibida la novela en 1986, cuando se publicó?
Sé que fue bien recibida. He encontrado poca información al respecto, porque me puse a hacer investigación y la encontré citada en papeles académicos sobre la novela feminista. Ahí encontré información, y un par de reseñas positivas flotando en internet. Eso ha sido para mí parte del encanto: que sea un misterio que se desenterró.
En el siglo pasado, muchas mujeres escribían con pseudónimo, como Josefina Vicens. ¿Cabe la posibilidad de que Mónica de Neymet escribiera con pseudónimo otros libros?
Mi abuela no se llamaba Mónica de Neymet, sino Rosa María, pero no le gustaba su nombre. Entonces se puso a sí misma Mónica, pero no se lo cambió legalmente por mucho tiempo. Era como si ella misma fuera un pseudónimo.
Giacomán es armenio, es el apellido de su abuelo. ¿Cómo era la relación entre ellos?
Él también escribía. A los dos les gustaban la política y la literatura. Tenían una biblioteca compartida. Mi abuelo escribió novelas, publicadas en editoriales independientes. Era una pasión que los dos compartían y sé que se leían mutuamente y que mi abuela le comentaba sus textos.
¿Sus abuelos llevaban diarios?
Sí, pero nunca los leería, son una cosa sagrada. Tenían una cantidad tremenda, una repisa completa en su librero, alineados desde los años cincuenta hasta el año 2000, o algo así. Mi abuelo tenía cuadernos con apuntes y caricaturas porque también dibujaba. Todo eso se conserva y es un poco difícil, como familia, saber qué hacer con eso sin entrometerse.
Como escritora, ¿ha ido a buscar ese edificio de Tacubaya?
No lo he hecho. Siento que mis dos abuelos me dejaron muchas cosas, muchos libros, muchas anotaciones, muchas pistas que quiero ir desenredando a lo largo de mi vida. No creo tener que hacerlo todo ahora. Una cosa muy valiosa que me dejó mi abuela fue que ella le pedía a la gente que más quería que le contara una historia importante de su vida, y la escribía en forma de cuento. Esas historias están en un fólder al que le puso La cronología.
Hábleme de su más reciente libro, Los malaventurados.
Se publicó hace casi dos años en una editorial independiente, Dharma Books, donde soñaba con publicar. Es un mosaico de historias de una familia que está tocada por el mal. Cada capítulo parece un cuento, pero las historias se entretejen para formar la novela: una está narrada por la hija; otra por el papá; otras más por la mamá, por la tía, etcétera. Así se va reconstruyendo el rompecabezas. El chiste es que todos ellos están tocados por el infortunio más que por el mal, como si tuvieran una especie de maldición, como si estuvieran tocados por algo. La pregunta es si el mal o el infortunio se pueden heredar.
La familia es un tema muy recurrente en la literatura latinoamericana.
Me han dicho que es una novela de terror. Se me hace muy extraño porque no la escribí con esa intención. No es tanto de terror, sino de horror cotidiano, que no tiene nada de paranormal. Y, me lo han dicho, hay una sensación de acecho. Las cosas más terribles, más atroces, nunca se ven, son más bien intuidas, Podría decirse que hay un atisbo de lo malo que puede venir, pero que ignoramos. De hecho, la portada es una mano con el mapa de lectura, porque en la novela se repiten las lecturas de mano, de cartas, del té, las supersticiones, como si los personajes estuvieran conscientes de que hay algo más que lo terrenal.
¿Y por qué la enfocó en la familia?
Hay otro grupo de personajes, que son amigos y también están tocados por el mal, pero el mal que les toca a ellos es distinto al de la familia. El de la familia ocurre porque me gusta la idea de la sangre, de la sangre conteniendo algo, no poder escapar a lo que te tocó. Los protagonistas tienen la sensación de que no hay escape porque nacieron en esa familia. Me gustan también las relaciones familiares intensas, medio crueles y perversas. Se me hace que los padres son un tema súper interesante. De hecho, siento que los escritores terminamos escribiendo sobre los padres.
Desde que se publicó y presentó, ¿cómo ha sido su experiencia con esta novela?
La presenté en la FIL de Guadalajara y en las librerías Utópicas y Sandor Marai. Ha sido una experiencia muy alucinante ver mi libro en una librería: la idea de que algo que siempre imaginaste y que vivió en tu cabeza ya sea una cosa material y física. He aprendido mucho de esa experiencia, como que una vez que terminas de escribir algo, ese algo ya no te pertenece. La satisfacción más grande que me ha dado ha sido que se ha leído en clubes de lectura. He ido a platicar con los lectores y me gusta que tienen interpretaciones distintas a las que había pensado. Es como la idea de que puedes sembrar algo y este florece de una manera que no te imaginabas.
¿Por qué decidió dedicarse a escribir?
Mi abuela me inculcó, sin darse cuenta y yo sin darme cuenta, la maña de escribir todo el tiempo. Antes de escribir ficción, llevaba un diario. De niña, llevaba mi libreta y escribía. Siempre he pensado que es una maña, no un tic, algo que está dentro de mí. Lo hago todo el tiempo, como si fumara.
AQ / MCB