Cuánto hemos querido esta vida, Vicente. Cuánto compartimos. La poesía y sus rutas tan escasamente predecibles. El amor, cifrado en algo que está más allá, en nosotros tal vez, por la belleza que en la poesía se canta, por voces mucho más calificadas que las nuestras. Por la poesía que se vive en carne propia, y a la que intentamos seguir como a esa estrella que los Magos, en los que tú y yo habremos de creer siempre, nos llevaba hacia ¿dónde? Pero seguramente había algo más, Vicente. La visión del héroe que encendió nuestros sueños más tempranos: Batman, Spider-Man, leídos, vividos, en una infancia que nos marcó desde entonces. Qué territorios tan escasamente conquistados. Los nuestros, los tuyos, los de nadie. Pero me detengo en esto que escribo y que no quiere ser una elegía. Aprendí de ti, Vicente, más de lo que te imaginas. Tu pasión por la historia de México, que heredaste de don Martín, tu padre, tus incansables caminatas a pie, bajo la lluvia, por esa ciudad capital que puede ser, al mismo tiempo, cueva de ladrones o albergue benéfico. Tú la escribiste al caminarla, al leerla, y dejaste testimonio. Imposible no recordar las tardes que se hicieron noches hablando de los amores que iban y venían, citando a don Rubén Bonifaz Nuño — “amiga a la que amo no envejezcas”— y a Catulo, tan afrentoso, y a José Alfredo y al Sabina, ese que canta. Reíamos, brindábamos con el tequila siempre blanco y reíamos. Aprendí de tu poesía, tan ceñida al endecasílabo, a cantar el hallazgo del amor y la pérdida del amor. ¿Acaso podría ser de otra manera? Siempre tú tan clásico y tan abierto a la calle y sus enigmas. Ya vendrán otras lluvias, querido Vicente, como en el cuento de Bradbury, otro cuervo se posará en tu hombro, una ballena azul cantará para ti una tonada que habrá de ser, seguramente, dulce.
AQ / MCB