Un temor, permanente, nos invade: olvidar. Perder la capacidad de recordar lo que hemos sido y son los otros, aquellos con quienes compartimos nuestra vida y en gran medida configuran nuestra identidad y la historia personal que vamos construyendo.
Hay un deseo profundo, dentro de cada persona, que la presencia de aquellos seres, quienes acompañan su existencia, no desaparezca después de su muerte, que permanezcan y se extiendan el mayor tiempo posible en la memoria de la humanidad. Esto es, sin duda alguna, la muestra más fiel del amor que se puede tener por el otro.
La tecnología es la gran aliada de nuestro tiempo, permite mantener viva la memoria. Las fotos, videos, audios, mensajes son la prueba de que esa persona existió y formó parte de nosotros. Estos breves momentos, que han sido captados, no terminan de decir todo de lo que fue el ser querido, solo son un fragmento de la totalidad de su vida. El temor de que la misma tecnología elimine los archivos es una amenaza latente. Es cierto que esta permite que todos tengan acceso a la posteridad, antes los retratos pintados solo eran un derecho de algunos. Pero sin importar la época, siempre han sido breves momentos los que se captaban. La única manera de darle contenido a la vida de los otros es la escritura, ese es un desafío entregado al escritor quien no crea escenarios inexistentes, sino que reconstruye su vida y la de los suyos, rompe el velo que ocultaba la intimidad y nos la muestra dándole, así, un nuevo sentido a la literatura.
Emmanuel Carrère ha hecho, a través de su obra, una reconstrucción memorialista de su vida familiar, rompiendo los distintos tabúes que existen de hacer público lo privado, lo cual significa, en muchas de las ocasiones, confrontarse con su familia por dar a conocer los momentos que por decisión se han mantenido en secreto: “Ese libro se titula Una novela rusa y es verdad que hizo sufrir a mi madre. Después de que se publicara, estuvimos un par de años sin vernos”.
Carrère ha demostrado con su literatura que de los detalles acontecidos en la cotidianeidad se pueden escribir grandes historias. Koljós (Anagrama, 2026) no solo cruza por la vida familiar de sus padres, reconstruida a partir del portentoso archivo que el padre fue juntando, sino también por lecturas, Tolstoi o Dostoievski, y la historia de Rusia que tiene como piedra angular el reciente conflicto con Ucrania.
El libro está construido por capítulos breves que se integran de subcapítulos que van presentando distintos pasajes de la vida familiar, una forma parecida a la aparición de los recuerdos en la memoria, eso permite al lector conocer a Hélène Carrère d'Encausse. Todo se desencadena del velorio de ella, a partir de ese momento el escritor se encuentra con la necesidad de narrar la vida de sus padres, conocer sus relaciones, entender la ruptura de los vínculos entre ellos y llegar a sus últimos días. Entra en la intimidad de ellos: “la sexualidad de los padres es una cuestión que incomoda a todo el mundo. Yo tengo tendencia a creer que en el caso de mis padres es especialmente incómoda, pero quien más, quien menos todo el mundo cree que su caso es más especial que el de los demás. Cuando se conocieron, en 1948, mis padres tenían diecinueve y veinte años, y seguramente eran vírgenes los dos”.
El recuerdo se convierte en este sentido de pertenencia, en el espacio de seguridad que dan las raíces, y el calor de hogar. Es lo que significa y representa la palabra Koljós “granja colectiva”, el espacio de protección que representa la madre, quien, a pesar de tener un carácter fuerte, de ser la mujer elegante y de pertenecer a los círculos de poder francés, en la intimidad se permite construir una relación madre-hijos entrañable: “Nathalie y yo sacábamos nuestros colchones o simplemente poníamos cojines alrededor de la cama, nuestra madre había dado un nombre a ese ritual del dormitorio: hacer koljós. Nos encantaba hacer koljós. No sé hasta cuando lo hicimos, pero diría que hasta mucho después de que dejáramos de creer en Papá Noel”.
La función de la escritura es mantener viva la memoria y la imaginación contrarrestar cualquier posibilidad de que nuestras sociedades sucumban ante las dictaduras. La palabra escrita nos hace recordar los errores del pasado, para no repetirlos. Leer es conocer otras vidas y encontrarnos a nosotros mismos, eso es lo que hace original y valiosa la narrativa de Emmanuel Carrère. Conocemos su vida y vemos la nuestra, la diferencia es que él mediante la palabra escrita se ha atrevido a describirse. Lo conocemos y nos atrevemos a explorarnos sin temor a que no nos guste lo que seguramente encontraremos. Es una literatura espejo. Al leerlo nos reflejamos y el mundo nos cambia.
La literatura, entonces, es otra forma de preservar el recuerdo de nuestros muertos. Es darles vida a través de la lectura de otros y no permitir que la perdida de la presencia física signifique la aniquilación de la persona. Es imaginar sin conocer aquella voz, es darles contenido a los personajes. En Koljós los muertos hablan, nos hacen participes de su historia, aprendemos a conocerlos y nos percatamos que “las voces de los muertos son recuerdos preciosos, más que las fotos. Los son todavía más cuando escasean”.
AQ / MCB