Ciudad de México /
[Un día vi una mano tirada en el asfalto. Su cuerpo había sido cubierto por sábanas blancas. Y la quise pintar: voluptuosa, áspera, morena. Quise acercarme y ver sus líneas. Quise intuir su tiempo y descifrar si se había ido en el momento preciso. Si la predicción era cierta y no una falsedad, pues dicen, la longitud de las líneas de la mano coincide con nuestras horas en la tierra. Pero no pude acercarme. No tengo el tesón de Durero. En mí no hay suficientes palabras para decir que el pedazo es bello en sí mismo, que la belleza persiste más allá de la línea periférica del cuerpo, que todo lo que muere se vuelve bello en un recuadro.]
Este poema pertenece al volumen Formas del llanto (Cuadrivio, 2026).
AQ / MCB