En La buena letra de Celia Rico (que este mes se exhibe en el circuito de la Filmoteca de la UNAM) hay tres escenas que plantean lo que hizo en la gente la Guerra Civil española sin nombrarla de modo evidente. Una mujer escribe una carta, otra mujer entra en la casa de los vencidos y con ella viene una radio, música extraña y un nuevo modo de vivir; un matrimonio baila una canción de amor.
Ante algo como la Guerra Civil nada de ello parece grandioso para hablar de cómo la dictadura desgarró a las personas y, sin embargo, son esos pequeños momentos los que busca la directora para mostrar que la Historia irrumpe en lo cotidiano, en el modo de cocinar, bailar y escribir una carta imitando una buena letra.
La película es la adaptación de la novela de Rafael Chirbes y sucede en un pueblo de Valencia cuando acaba de terminar la guerra. Ana vive con Tomás y su familia siente la fatiga de la derrota. Un miembro de la familia ha desaparecido y una madre sufre la ausencia. Ana decide revivir a un hombre imitando su buena letra. El gesto trae consigo una paradoja moral que el guion hará crecer. Porque mentir es una forma de amar y no solo eso: Ana puede ser, en este sentido, símbolo de las mujeres que sostuvieron a los vencidos. Pero no busquemos símbolos.
La directora ha dicho en varias entrevistas que su interés comenzó con las mujeres que mantenían unidas a la familia cuando los hombres estaban presos, exiliados o desaparecidos, pero no parece estar hablando de abnegación, sino de algo mucho más hondo: dar existencia a algo que ya no existe. Y esa es justamente la aspiración del gran cine, que lo que se ha ido viva un poco más.
La buena letra puede verse entonces como una ficción sobre cómo se fabrica una ficción y lo que consigue esa ficción. Pero ¿una mentira deja de serlo porque hace bien? En la segunda escena que propongo hay una pareja que desestabiliza la operación ficticia. Algo ha sucedido en el exilio, hay una mujer con pantalones, aparecen objetos y sonidos que no eran parte de la cotidianeidad. Hay una música nueva. Vale la pena notar que hasta aquí la película ha sido silenciosa, pero la posguerra viene acompañada con un nuevo mundo musical y con un baile nuevo que produce que el exterior irrumpa en la vida diaria sin abrir una puerta.
En la tercera escena, una pareja se pone a bailar, y la familia que ha sufrido la guerra en el encierro se enoja. ¿Desconfía de la alegría? Tal vez. Pero sería más importante que cualquier oposición ideológica ante los cambios en la vida cotidiana hacer notar que lo que sucede en el interior de esa casa es que sus habitantes han aprendido el peso de vivir para sobrevivir. En ello estriba el cargo de una auténtica dictadura. No hay, por supuesto, un guardia civil dentro de la casa. Hay, más bien, el agotamiento que traen consigo las autocracias: nadie quiere ya levantarse, vivir o, simplemente, bailar. No se trata entonces de lo que el franquismo hizo a los vencidos sino de lo que los vencidos hicieron con ellos mismos para vivir: callarse, no ver, desconfiar de la felicidad.
La historia se ha convertido en una cicatriz: su carácter. Escuchamos “Amar y vivir”, de Antonio Machín, y, a pesar de lo emotivo, la película sigue siendo contenida. ¿El mundo se ha enfriado o estamos ante un cine de arte codificado en silencios, microcosmos y dolor en pequeños gestos? Ambas cosas: en la pequeñez de lo cotidiano podemos ver la grandeza de un hecho histórico contado así.
¿Dónde ver La buena letra?
La cinta de Celia Rico está disponible en la cartelera del Centro Cultural Universitario y en la plataformas de streaming Movistar Plus+ y Filmin.
La buena letra
Dirección: Celia Rico. España, 2025.
AQ / MCB