Después de instalar tres figuras monumentales frente a un canal de Venecia, el escultor Joaquín Restrepo (Medellín, 1984) vuelve a México con Huellas del olvido, ocho esculturas que se exhiben en el Centro Cultural Quinta Grijalva, en Tabasco. El creador se asume como un nómada para quien el mundo es una casa grande en donde él se la pasa mudándose de cuarto en cuarto. En este concepto, México es la cocina.
“Puedo romper con el sentido de hogar y llevar el hogar conmigo”, dice el artista colombiano que disfruta de vivir sin un hogar fijo. Su frase explica porqué las noventa piezas que forman parte de Cartografías de la memoria, una serie de esculturas distribuidas en diferentes ciudades del mundo, llevan más de veinte años viajando. Ha exhibido su obra lo mismo en Pekín o Shanghái que en Miami y Nueva York. Más que un lugar, sus esculturas buscan dar sentido a los lugares.
Restrepo ha sido también reconocido por su habilidad para combinar las innovaciones tecnológicas con las técnicas artísticas tradicionales. En 2020 lanzó Amor Fati, una exposición virtual en la que recreó algunas de sus esculturas a través de plataformas para videojuegos.
Sin embargo, más que el método, al artista visual le interesa cómo el espacio transforma su obra. Por eso, más que galerías seguras, busca “espacios incómodos” como un panóptico en San Luis Potosí o una pirámide en Cholula, lugares que Restrepo ha usado para sus instalaciones en México, el sitio donde se han “cocinado” algunas de sus obras más arriesgadas, como El abrazo de las mariposas amarillas, un homenaje escultórico a Gabriel García Márquez que se inauguró en diciembre de 2025.
En un famoso taller de la Ciudad de México, la Fundición Galindo, entre chispas de soldadura y olor a metal caliente, nacieron veintiuna mariposas de bronce. Su destino fue un parque a orillas del Danubio, en Budapest, donde el artista decidió que el Nobel merecía algo más que “otro busto de un señor con barba”.
Joaquín Restrepo vuelve a México para seguir cocinando con el bronce, la resina y el algoritmo, y para que sus esculturas sigan viajando de la capital mexicana a Budapest, de Zúrich a Barcelona o de Venecia a Tabasco, donde por ahora, son “un olvido que permanece”.
¿Cómo se concibió este tributo escultórico a Gabriel García Márquez en Hungría?
El gobierno colombiano en colaboración con el de Hungría han hecho una labor muy grande para preservar el nombre de García Márquez en ese país. En Budapest le tienen un amor muy grande: cuando hablas con la gente, la mayoría ha leído uno o dos de sus libros.
En 2019 se le puso el nombre Gabriel García Márquez a un parque a orillas del Danubio. Ahí, el embajador de Colombia (Ignacio Ruiz Perea) quería poner un busto del escritor. Cuando me contactaron de la embajada para hacer una escultura en su honor, pensé que Budapest está repleto de bustos y otro señor con barba o bigote no haría la diferencia.
Les propuse algo diferente: hablar de la literatura de García Márquez a través de la obra de otro artista, quería que a la gente que no lo conociera se le antojara leer sus novelas y al mismo tiempo que la obra hablara de lo que es importante para mí.
Así surgió el concepto de este homenaje: la idea del abrazo con las mariposas tan reconocibles en la literatura de García Márquez visitando mis esculturas. Es un sueño para cualquier artista colombiano jugar con esas mariposas tan emblemáticas en su obra, la gente las identifica y rápidamente las asocia con el escritor. Me interesaba mostrar esa mezcla entre peso y ligereza que te dan los años. La obra habla de aprender a vivir con el dolor sin negarlo, sino llevándolo con cierta levedad.
¿Conociste a García Márquez?
Aunque crecí con sus historias, no pude conocerlo en persona. Mi generación solo lo conoció a través de los libros que escribió cuando ya estaba fuera de Colombia. Era más fácil lograr algún acercamiento con él en México que en Colombia. Compartimos algunas amistades y cuando un gran amigo de ambos, el expresidente colombiano Belisario Betancur, me contó que lo iba a ver, le pedí que le dijera que me firmara un libro. Me dedicó su autobiografía Vivir para contarla.
De una u otra forma, las generaciones anteriores a la mía le dieron la espalda y por eso él vino a vivir a México, el país que le ayudó a crecer. México respira arte. Nos potencia como artistas, es como si nos metiera en una licuadora. Fue el caso de García Márquez, pero también pasó con Fernando Botero, cuya obra nació y explotó en México.
¿Por qué escogiste México para trabajar en esta obra tan relevante?
Cuando era pequeño sentía que no encajaba del todo y eso hizo que buscara los espacios donde sentía que mi corazón vibrara. Cuando salí de Colombia uno de los primeros lugares a donde viajé, además de China, fue a México.
Además de hacer lo que amo, aquí puedo aprender de otros artistas geniales. En la Fundición Galindo, donde se hicieron las piezas del Abrazo de las mariposas, trabajan para muchos grandes artistas mexicanos como, por ejemplo, Javier Marín. Sus obras son una belleza.
¿De qué se trata Nostos, tu instalación en la Bienal de Venecia?
Son tres figuras humanas monumentales hechas en resinas y ubicadas de cara a una de las puertas del Palazzo Donà dalle Rose, donde permanecerán hasta noviembre. Las piezas están expuestas al agua de uno de los canales que rodea el lugar, cuando el agua entra en contacto con la obra produce un sonido hermoso.
Venecia es un lugar muy especial, su característica es el agua, que es al mismo tiempo bendición y maldición, saludo y despido. El agua atrae a la gente a la ciudad, pero también representa el peligro constante de inundación. La idea de mi obra era jugar con esa dinámica y también, como representante en la Bienal de una parte de Latinoamérica, tocar el tema del desplazamiento, algo que nos ha marcado en Colombia con miles de desplazados por la violencia y la pobreza. El agua representa esa idea de abandonar un lugar con el anhelo de volver, algo que sucede en el fenómeno del desplazamiento y que es también un poco mi realidad actual: cuando vives como nómada, eres de todos lados y a la vez de ninguna parte.
¿Qué papel juega el espacio para el concepto de la obra?
El lugar es clave para la escultura. Para mí los espacios no son neutros, son precisamente ellos quienes le dan significado. Por eso era interesante que esta serie de esculturas empezara su recorrido en Suiza. Aunque es considerado uno de los lugares más felices del planeta las personas tienden a ser bastante individualistas, se mide mucho el tiempo que le dedicas a alguien, cada movimiento es excesivamente planeado.
Las piezas que se exhiben ahí son una mezcla de puentes y nodos, de repente un brazo se conecta con otro brazo o con una pierna en una especie de abrazo imposible porque la obra se convierte en una criatura que no puede abrazar, seres entrelazados pero cada uno en lo suyo. Esta serie se va a desarrollar más en la exposición que tendré en Bogotá, donde en septiembre voy a apropiarme de los tres pisos del Museo de Arte Contemporáneo.
Has incorporado a tu obra algoritmos, modelos de aprendizaje y otros elementos de inteligencia artificial, ¿cómo te han ayudado estas herramientas?
De pequeño, uno de mis amores fue la tecnología. A pesar de mi educación artística siempre tenía esa añoranza por regresar a la tecnología. No me considero un purista en nada de lo que hago. Me encanta estar en ese proceso sucio y ver qué pasa, cuando te “ensucias” la gente puede juzgarte, pero casi siempre encuentras cosas interesantes en el proceso.
Al usar inteligencia artificial en el arte se crea una línea divisoria muy tenue entre estafador y artista y a veces la diferencia entre ambos solo la sabe la persona que está creando. Cuando te recuestas demasiado en la tecnología y esperas que te dé todas las respuestas tal vez puedas asombrar a la gente, pero es algo flojo, falso. Me parece más interesante cuando la usas como punto de partida para potenciar la creatividad.
La tecnología en las manos equivocadas puede volverse peligrosa. Hay una lucha por ver quién puede llegar más lejos o por tener más dinero. Esa es la parte triste: posiblemente la codicia termine destruyéndonos.
Por otro lado, me gusta esa idea de montarte sobre los hombros de gigantes para ver más allá. Pararte en lo antiguo y aprender qué nos ha dejado la historia.
AQ / MCB