Cultura

Sesenta años de la Casa

La guarida del viento

Mario Vargas Llosa construyó en ‘La casa verde’ un mundo de violencia y deseo. Sesenta años después, sus personajes y su lenguaje siguen provocando.

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La casa verde cumple sesenta años de construida, y uno puede seguir explorando cada uno de sus territorios. Desde el comienzo sentimos la presión de ese aire denso, poblado de jejenes, mientras “el sargento echa una ojeada a la madre Patrocinio y el moscardón sigue allí”. Poco después, “el viento que baja de la cordillera se caldea y endurece armado de arena, sigue el curso del río y cuando llega a la ciudad se divisa sobre el cielo y la tierra como una deslumbrante coraza”. Uno puede hacer una antología de las frases de la novela a través de sus muchos escenarios. Anselmo llega a Piura en una mula que se arrastraba penosamente, con su “silueta con sombrero de alas anchas, envuelta en un poncho ligero”. Tushìa navega por el río y pierde la noción del tiempo solo para escuchar la respuesta de Aquilino: “Qué te importa el tiempo, para qué sirve eso”. La Selvática, cuyos “labios rectos y espesos semejaban un puño apretado” con facciones “duras y metálicas”, o la mujer cuyo llanto muestra “dos hilos húmedos” que “abren finísimos canales en la costra de polvo de su cara”. Estas frases se quedan con nosotros lo mismo que los predicamentos de los personajes. Uno de ellos es el líder aguaruna Jum que se rebela contra las autoridades. Busca crear una cooperativa indígena contra el abuso de los explotadores del caucho. Quiere acabar con los contrabandistas y gamonales. El resultado es terrible. Jum es apresado, colgado de un árbol, azotado sin piedad en Santa María de Nieva. Lalita se casa con Tushìa pero, cansada de sus maltratos, se fuga con Adrián Nieves. Y junto a ellos aparecen los que no pueden escapar a la violencia, entre ellos Toñita, violada por don Anselmo, que luego da a luz a la niña que sería conocida como La Chunga. Estas historias desconciertan a los que piensan que en la obra de Vargas Llosa no hay una clara protesta social.

Es por otro lado una novela llena de movimiento. Así como Tushìa avanza por el río, caminan “Los Inconquistables” por las calles, donde encontramos a Josefino y Lituma. Y el padre García va a dirigir una turba. En el centro de todo ese movimiento, está la “Casa Verde”, el corazón de la historia y emblema del Perú y de la América Latina: un lugar donde se canta y se baila y a la vez se producen los peores abusos.

Apenas leyó la novela, Julio Cortázar le envió a Varga Llosa una carta: “A la altura de los primeros diálogos de Bonifacia con las monjitas ya estaba yo totalmente dominado por tu enorme capacidad narrativa, por eso que tenés y que te hace diferente y mejor que todos los otros novelistas latinoamericanos vivientes”.

El lenguaje de La casa verde nos sigue golpeando, y algunos todavía no terminan de asimilarlo. Según escribía hace poco el estupendo escritor venezolano Rodrigo Blanco, a propósito de Vargas Llosa y de esa novela, hay algunos autores “progresistas y buenitos” que “nunca le perdonaron que fuera tan buen escritor”. Pero la Casa sigue allí para quien quiera tocar sus puertas.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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