Cultura

‘El dios hambriento’, de Enrique Serna: en la corte de Huitzilopochtli

A fuego lento

En ‘El dios hambriento’, Enrique Serna combina documentación histórica e imaginación para recrear el ascenso mexica y revelar pasiones, intrigas y violencias detrás del poder imperial.

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En 1431, con la alianza entre Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, el pueblo mexica, que un siglo antes había ocupado un paisaje cenagoso, casi indeseable, pudo al fin consolidar un imperio. Nada pudieron sus vecinos, obligados a pagar tributo, contra su fuerza militar y religiosa. Esta es la arcilla histórica de la cual surge la novela más reciente de Enrique Serna, El dios hambriento (Alfaguara), y proviene, leemos en el “Epílogo”, de múltiples fuentes documentales separadas en el tiempo —fray Diego Durán, Domingo Francisco Chimalpahin, Miguel León-Portilla, Alfredo López Austin, Michel Graulich…—que, sin embargo, resultan a veces insuficientes. Como no dicen todo, la ficción convierte en certeza las dudas y los puntos ciegos.

Nos movemos entre dos realidades que se confunden con endiablado artificio: los esfuerzos —aviesos o con demostraciones de fuerza— de los mexicas para establecer su dominio y suplantar el culto a Quetzalcóatl —el civilizador— por el de Huitzilopóchtli —el dios hambriento de sacrificios humanos—, y el éxtasis incestuoso, nacido de la fabulación novelística, entre Nezahualcóyotl y Chimalma, su media hermana.

La dilatada extensión de la novela exige no solo un extremo derroche de energía sino un vasto repertorio de recursos narrativos para mantener las tramas —que por momentos se funden y en otros avanzan por su cuenta— en vilo, abiertas a sembrar nuevas tensiones y enigmas. Enrique Serna ejecuta ambas tareas con ambición ejemplar hasta configurar una fisiología de las pasiones en sus representaciones más abrasadoras: la de la carne y la del poder absoluto. Si el dios del infame Tlacaélel, la voz que seduce a Izcóatl, el esquivo tlatoani, es el mismo que ordena el sometimiento de todos los cuerpos y voluntades, el de Nezahualcóyotl es aquel que lo llama a ser majestuosamente “el macho de la casa”. Quizá por eso apenas respingamos cuando los vemos en su caída.

Si los murales de Diego Rivera evocan un pasado libre de culpa, El dios hambriento llama, mediante el fuego doble de la verdad histórica y la imaginación, a reconocer, como le predijo el brujo de Texcoco a un indeciso Nezahualcóyotl: “Solo imponen su ley los artífices de pesadillas ajenas, los desalmados audaces que sabían despertar en el pueblo un ansia de emulación”.

El dios hambriento

Enrique Serna |Alfaguara | México, 2026

AQ / MCB

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Roberto Pliego
  • Roberto Pliego
  • (1961) Cursó Letras Hispánicas en la UNAM. Fue subdirector de la revista Nexos. Autor de La estrella de Jorge Campos y 101 preguntas para ser culto, es editor de Laberinto.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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