Cultura

‘Pálidas luces, pálida ciudad’: el Distrito Federal en la novela póstuma de Sergio Gómez Montero

Literatura

Figura clave de la izquierda cultural en México, Sergio Gómez Montero dejó como obra póstuma una historia sobre violencia, memoria y persistencia en el Distrito Federal. Lee el fragmento de la novela incluido al final de este texto.

Lo tomé con la calma que no debía. Sergio Gómez Montero (Morelia, 1945-Ensenada, 2025) llevaba mucho tiempo enfermo, pero cada vez que nos encontrábamos para comer los domingos al lado de su esposa Norma Bocanegra y su hijo Sergio, le decía al oído: “me sostengo por tu persistencia”. Incomprensible mi confianza, la ceguera amorosa, la absurda certeza de que mientras yo viviera en Ensenada, no moriría.

El lunes 21 de octubre de 2024 me envió su novela Pálidas luces, pálida ciudad.

—Compadre, para que me ayudes a publicarla.

—Claro compadre, tan pronto la lea, planeamos la estrategia. Voy a imprimirla.

Al iniciar el año nuevo me obsequió el tanto impreso.

En los primeros días de febrero de 2025 concluí la lectura. Recorrí las páginas, las llené de subrayados, puse marcas, signos de interrogación, sugerencias de unas palabras por otras.

Busqué la nota que escribí cuando presentamos en la Ciudad de México su libro de cuentos Historias de la guerra menor (Universidad Veracruzana, 1991), textos bordados en el México de finales de los años sesenta y principios de los setenta, de la represión y la guerra sucia. En ese texto tracé un triángulo, Sergio con la Guerra menor, Carlos Montemayor con Guerra en el paraíso y Héctor Aguilar Camín con La guerra de Galio.

Luego busqué lo que había escrito sobre su primera novela, Los niños de Dios (Editorial Ítaca, 2010), obra que cuidé del cabo al rabo. Una trepidante historia que arranca con el recuerdo de un cirujano que se dedica a extirpar órganos de niñas y niños para su tráfico ilegal en Estados Unidos y Canadá. Después de esas primeras líneas todo lo convulso de México se entreteje: corrupción en la frontera bajacaliforniana, movimientos sociales, guerra sucia, narcotráfico, transas, amores anclados al pasado que desmoronan el presente. Un peliculón.

Ya preparado para una larga conversación programamos desayunar el miércoles 12 de febrero. Estaba urgido de decirle que Pálidas luces, pálida ciudad era deslumbrante. Quería saber cómo había sido la escritura, tan accidentada, pospuesta, reposada, iniciada en 1966 y concluida en 2024. ¿Cómo se es paciente tanto tiempo, compadre?

La noche del martes 11 se puso mal; fue internado y me quedé terriblemente desconsolado. No pude verlo, ni despedirme, aunque fuera en su silencio y con mis palabras. Murió el sábado 15. No hubo velatorio y fue incinerado. Nos unieron casi cuatro décadas de amistad y andanzas.

El michoacano viajero, el bajacaliforniano por adopción, el influyente formador de escritores, la legendaria figura de la Universidad Pedagógica Nacional. Militante de campañas, notable ensayista en temas educativos, agudo analista político en las páginas de La Jornada, Proceso, en sitios como Paso libre del GRECU, en diversidad de diarios y revistas del país, camarada de una generación de la izquierda mexicana.

Para quienes estiman que se dio por agotada la cantera literaria que se concentra en la juventud que transcurrió entre los presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, les informo que Pálidas luces, pálida ciudad les devolverá los demonios de esos tiempos. Revitalizados. Ningún paraíso en ellos. Por lo mismo, a quienes creen que del Distrito Federal de entonces nada más podrían agregar quienes fueron jóvenes en esa época, pues ojalá en un tiempo no muy lejano se confronten con los personajes de Sergio Gómez Montero.

Hermana de la estructura polifónica y de los múltiples pliegues narrativos que es Los niños de Dios, en Pálidas luces, pálida ciudad se pone a prueba a cualquiera que se sienta conocedor de esos años de los 60 y 70 del siglo XX. Son los hombres y son las mujeres, cuyo retrato crudo en una sociedad cruel en cuestiones de género, desvela lo infinitamente maltratadas e infelices que fueron muchas de ellas.

Escrita de corrido, sin capitulado, en los últimos renglones, el protagonista aguarda la muerte en su departamento en el piso 20 de un edificio desde donde se ve Santa Fe de los Panchitos. La ciudad dejó de ser suya; la vida, también.

Pálidas luces, pálida ciudad | Fragmento

Sergio Gómez Montero


El mito disgregado de la aurora se diluye en el ruido galopante de tu amanecer. Ciudad: nuestras manos se juntan y me llevas a pasear por tu cuerpo. Tu sadismo me asquea; pero el compromiso de recorrerte es inquebrantable. Empezaré bajando por donde sale el sol; las dos blancas montañas erguidas, pudibundas, iluminadas en su total albor, son antiguos guardianes de todas tus leyendas. Las seis de la mañana: camino por un lago seco, inhóspito, donde un hombre con itacate de tortillas y chile va a matarse, de sol a sol, en levantar una casa o derruir un viejo edificio; albañil. Sigo mi camino y llego a los primeros gritos enrejados de hombres y mujeres: las cárceles, la sangre se pudre en mariguana, tecata y alcohol. Seguimos de frente y llegamos al mundo de lo antiguo, de lo desechado, la basura: pepenador, nuestros hombres de tarjeta postal, casas de madera y lodo y cartón corrugado y calendarios viejos y fetiches: bacinicas rotas, muñecas lisiadas, mesas y sillas sin patas, pedazos de vidrio y corcholatas, tierra y mierda, la ciudad perdida, hombres de papel, sin tela o con muchos remiendos en su ropa, sin agua, con miseria y dolor, dolor que no se siente porque se ha nacido con él, comida: palabra con gusanos, qué hermosa es la vida. Calzada México-Puebla. Los balnearios, las playas portátiles, Felguérez se pierde en los orines entreverados con el agua de la alberca y en los escarceos eróticos de los bañistas; el olvidar un poco la ciudad: no se puede, los citadinos son la ciudad y de ella no se pueden desprender, ¿nadamos? El ruido de aviones y autobuses, pasos a desnivel, vías de alta velocidad, Ignacio Zaragoza, Balbuena, la Moctezuma primera y segunda sección, el Peñón Viejo, la clase media-baja, empleados burócratas, rebeldes y pandilleros, el gran canal, los ñeris regresan de peinar, qué desmadre. San Lázaro: estación de trenes, claxónico mentadero de madres. La sinfonía del ruido, un ferrocarril echando humo. Ya nada me detiene: turbulencia de río, desembocar en el mar. Olores a hierba a fruta a verdura: La Merced, ai va el golpe, otro mundo, grandes cosas y cantidades, caló, la Candelaria de los Patos: zona sagrada, reducto marginado, pásele marchantita, los dominios de Lola la Chata, aquí se inicia la defecación de la ciudad, su proceso alimenticio-digestivo, mangos, jitomates, córrele chómpiras ai te viene la chota, cazuelas, naranjas, pájaros, a la otra y nos afanan ñis, todo el mundo del comercio, mundo mezquino y depravado, si jefecito: se lo juro que yo no fui, extranjero, sucio, de la compraventa, fue un chivatazo del Caireles. Anillo de Circunvalación, en la Colonia existió un convento junto a estas casas que se están cayendo, viejos edificios, Corregidora, Izazaga, Jesús María, Correo Mayor, Carretones: en el día básale barchante, telas, vestidos, árabes y judíos; academia de San Carlos y sus homosexuales y modelos: un academismo decadente; en la noche una mujer ajada y olorosa a siete machos pone tu mano sobre su seno; gente que compra, hormigueante, por todos lados gente, seis millones de hormigas. El zócalo, Catedral, la bandera flameando, Palacio Nacional, todo se vende o se compra, unos se persignan y otros saludan marcialmente, se hermanan en el espacio clero y gobierno, autos negros de placas chicas, el reino de éste y del otro mundo, Dios y dioses, corre, pesero, camión, corre, atraviesa la calle, la plaza, alto, un silbatazo, curas y soldados, filas de hombres esperando trabajo: una mano extendida a Dios y otra al diablo, corre, gente, corre, gente, corre, gente, alto.

***

Constitución, salida a Toluca, avenidas y calles por donde circulan carros que parecen solo vagar como hormigas incansables en búsqueda de sustento, esperando ver llegar de las Cruces, otra vez, a Hidalgo y los insurgentes, temerosos de tomar la ciudad donde Calleja, agazapado, esperaba para aniquilarlos, aquí, la ciudad que aniquila, que arrasa, que borra, que te deja reducido a nada, como ahora estoy yo aquí, dentro de ti aún, acabándome, haciéndome mierda, como toda tú: mierda, aunque capaz aún de repetir la interminable construcción de los discursos: una habilidad nunca perdida (la oración de las ruinas que se repiten) que te permite renacer una y otra vez de las ruinas, siempre viva, siempre arruinada y arruinados nosotros, los que aquí estamos, los que aquí decimos que vivimos, caminamos, andamos, sobrevivimos.
¿Qué es estar aquí, arruinados?, sin porvenir inmediato, pero siempre volviendo a nacer porque la piedra no se destruye, vuelve a ser piedra que renace una y otra vez y una y otra vez caminarte, andarte, recorrerte, siendo la misma para mí, para los otros quién sabe qué serás, para los otros serás otra, diferente a la mía, la de la Merced, la Obrera, la Doctores, la Roma. Tlalpan, Satélite, Narvarte, Portales, la mía, la de mis zapatos y mis ojos, la que sentí en mis manos, en mi sudor, en mi saliva, ¿cómo fue que te viví?, ¿cómo será que un día seré en ti solo cenizas?, ¿cómo será que mi ser otro, que anduvo ya por tierras múltiples, regresa a ti, ya no para volver a verte renacer en mis zapatos, sino solo para verte allá abajo, corriendo con tus ríos de basura, con el concierto insufrible de los cláxones, con los ríos de luz, en las noches, que van y vienen incansables, hasta el amanecer, cuando yo, contigo, me vuelvo a amanecer y otros ríos, los ríos de personas surgen y desaparecen y como yo, ellas, te llevan, ciudad, en las suelas de sus zapatos? Arruinados, o felices quizá, los millones de personas que te habitan olvidaron ya qué es lo que pisan, aquella ruina primera que, como tal, se significó por ser solo tierra que hablan de tu origen no homínido, sino hasta después, cuando en medio de lagos fuiste creciendo poco a poco, desplegándote y construyendo piedra sobre piedra tus pirámides y casas que ya no existen, sino ruinas, arriba de las cuales te levantas y esperas impasible tu ruindad, que será la base sobre la cual, otra vez, te irás para arriba, otra vez asentada aquí, en donde hombre y mujer, copulando, serán el símbolo que señale que allí, sin duda, deberá levantarse esa ciudad futura, en donde él y ella la irán poblando con lentitud, sin apresuramientos, sin temores y sin luchas ni contra el hombre ni contra la naturaleza. Te siento encima de mí, revoloteando, como libélula que ha perdido el sentido. Pero no, para nada, permaneces fluyendo allá, en el fondo del abismo, correteando hacia la muerte que te espera sonriendo, con los brazos abiertos, para… ¿de nuevo renacer? Pero no, nada se construye, nada se destruye, nada se levanta sobre las ruinas que no sean ruinas, velo tu desde la jaula de cristal donde habitas, donde solo esperas la muerte. Y así la Historia (y la historia) puede continuar.

El hombre del piso 20 en el edificio de Santa Fe, descansa ya en un sillón, inane, muerto.

AQ / MCB

Google news logo
Síguenos en
Eduardo Cruz Vázquez
  • Eduardo Cruz Vázquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.
Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto