Cultura

El primer detective mexicano

Literatura

“Pancho Reyes” es el nombre del protagonista de la primera saga de aventuras adscritas al relato de enigma en nuestro país y su escenario es una Ciudad de México pequeña, casi idílica.

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Olvidadas en el rincón de las lecturas remotas estaban unas líneas escritas por Luis Leal a propósito de las primeras narrativas policiales. Únicamente recordaba el título de una de ellas, la primera, hasta donde puede saberse: Vida y milagros de Pancho Reyes, detective mexicano. El azar me favoreció un día y, en la segunda mitad de los años ochenta, encontré un ejemplar de ese texto pionero. En un artículo llamado “Guardián de cementerios”, consigné el hecho.

Yo sabía, por la Breve historia del cuento mexicano, publicada en 1959 por don Pedro Frank de Andrea —quien por cierto publicó también El cuento policial latinoamericano, primera antología de su tipo—, que la primera obra detectivesca mexicana parecía ser un libro titulado Vida y milagros de Pancho Reyes. No obstante, don Luis no daba mayor información sobre el volumen de marras y tal parece que lo conocía solo de oídas. Pues bien, al pasar junto a un montón de cancioneros y revistas de cocina, un folleto en tintas marrón y azul llamó mi atención porque su portada parecía una carta de la lotería mexicana; la de El Valiente, para ser exactos. Me tallé los ojos porque tanta coincidencia no podía ser posible. Allí estaba, encima de un montón de basura impresa, como un niño abandonado que le tiende los brazos al primer borracho que pasa —y conste que yo iba sobrio— un cuadernillo de 71 páginas titulado Vida y milagros de Pancho Reyes, detective mexicano. No tenía fecha ni autor pero en la última página aparecía un recuadro con estas palabras: “Lea usted el tercer episodio de la Vida y Milagros de Pancho Reyes titulado El secreto del calendario azteca o El misterioso tesoro del rey Moctezuma. Vale 25 centavos oro americano. Pídalo a la Librería de Quiroga. 714 Dolorosa Street. San Antonio, Texas”.

El pequeño volumen, que me regaló el genio protector de los investigadores literarios, está constituido por un par de aventuras adscritas al relato de enigma y reproducen un esquema semejante al que creó Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes y el Dr. Watson aunque, para ser sinceros, fue el mismo dueto que creó Cervantes con Don Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza. Es decir, el segundo personaje da realce a los méritos del primero. En el texto que hoy nos convoca, Pancho Reyes resulta un agudo detective aficionado y Carlos Montero es su confidente y narrador de las aventuras.

El volumen tiene como escenario una Ciudad de México idílica en donde los números telefónicos constaban apenas de cuatro dígitos y Tlalpan era un pueblo al que se llegaba en tren.

Es sabido que el humor acompañó siempre al relato policial desde sus orígenes, como sucede en los cuentos de Pepe Martínez de la Vega. En las aventuras de Pancho Reyes también se encuentra, aunque quizá de manera involuntaria, como cuando aparece un cadáver con el rostro embarrado de queso para que lo desfiguraran los ratones, previa su transformación en una rubia gracias al agua oxigenada.

Si José Salvador Ruiz acierta en sus pesquisas y las Aventuras de Pancho Reyes fueron publicadas en 1916, debemos celebrar que México debutó en el género con una notable madurez, porque los textos están muy bien escritos, respetan el juego limpio y apenas, ocasionalmente, recurren a los bigotes postizos y las coincidencias folletinescas.

Desde el primer texto, “La suicida invisible”, que a mi juicio es el mejor, observamos que el autor es un hombre culto y familiarizado con la narrativa de enigma por sus alusiones a Gaston Leroux, Nick Carter y Maurice Leblanc, pero también conoce a prestigiados autores como Joris Karl Huysmans y Schopenhauer.

Desde el primero de los dos cuentos, mismo que transcurre en el otoño de 1912, el autor caracteriza muy bien a su personaje, no solo por su atuendo y actividades cotidianas, sino por su manera de ser y de razonar, por su aspecto y su manera de actuar. Tiene excelente memoria, es audaz y bien informado como se desprende de su saco, que lleva siempre lleno de papeles y periódicos. El autor dice que Pancho Reyes usa sombreros de ala ancha, es asiduo de los teatros de arrabal, de los bailes de rompe y rasga y usa corbatas de mariposa a lo Montmartre; como es también admirador de la bohemia, remite al lector a la bohemia decimonónica francesa, hecho que conecta este volumen con su época, porque muestra un ambiente porfiriano de fines del siglo XIX, con los carruajes en que se transportan los personajes y los lugares a los que asisten, como el Jockey Club y el Café Colón, sitios frecuentados por los escritores modernistas mexicanos.

Destaco un rasgo de este volumen pionero: cuando entrecomilla la palabra detective indica que este tipo de personaje y, naturalmente, esta narrativa, todavía no era concebidos como lo son hoy.

Ahora unas palabras sobre la edición de Librosaempleados, colección RedRum, hecha en San Diego, California este 2026.

Por fin podemos leer adecuadamente este par de historias fundadoras, porque era muy difícil adentrarse en unas páginas amarillas, apretadas y de impresión borrosa, como eran las originales. Esto es loable, pero no me queda claro que Santiago Méndez Armendáriz sea el autor. Investigaciones hechas en hemerotecas y archivos dicen que Méndez Armendáriz publicó estas mismas dos historias, años después, en la revista Aventura y Misterio y en El Universal Ilustrado, e incluso publicó otro cuento en la Revista Mexicana. Una Voz de la Disidencia en el Extranjero. Sin embargo, su fecha de edición es posterior al cuadernillo. Me queda la inquietud porque la publicación de cuentos de enigma en periódicos y revistas se da en un ambiente que propiciaba los plagios. Había concursos y premios en efectivo junto con la publicación. Curiosamente, cuando se publica “El tres de espadas” en el número cuatro de la revista Aventura y Misterio, en 1957, el editor apunta, en una página vecina del cuento citado:

“Editorial Novaro México S.A. se permite advertir a los autores que nos han enviado colaboración, así como a los que lo hagan para los siguientes volúmenes de Aventura y Misterio (Originales en Español), que toda similitud con cuentos, novelas, relatos, etc., de otros escritores, recaerá sobre su exclusiva responsabilidad.
“No es que supongamos que puede haber deliberada posibilidad de plagio, especialmente de obras publicadas en los países donde tanto se ha desarrollado la literatura policiaca, pero no es raro que, sin intentarlo, la impresión que deja la lectura haga incurrir a un autor en más de una coincidencia en tema o forma. En tales casos, ante la imposibilidad de un examen que no dejara lugar a dudas, no nos hacemos responsables ni legal ni moralmente. Aún más, publicaremos toda denuncia de plagio que se considere justificada”.

Concluyo celebrando la presente edición, porque el autor es lo de menos si tenemos los cuentos, aunque no me abandone la duda de por qué el cuadernillo original se publicó anónimamente. Como puede verse, esta obrita ha tenido sus peripecias porque, en un congreso con investigadores estadunidenses, hablé del texto y me dijo un profesor que, si tenía la referencia precisa de las palabras de Luis Leal (recordemos que él era profesor en la Universidad de Santa Bárbara, California), el estadunidense se encargaría de traducirlo y se publicaría en Estados Unidos. Como no pude ubicarlo entre todos los libros de Leal, esa obra quedó dormida y ha despertado el día de hoy, gracias a las pesquisas de Cathy Fourez y su editor Nahum Torres Rivera.

Vicente Francisco Torres es profesor-investigador en la UAM Azcapotzalco.

​AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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