Cultura

Nostalgia del pancracio

Café Madrid

La Arena México cumple 70 años, mientras la lucha libre mexicana sobrevive al paso del tiempo como espectáculo con sus máscaras, rivalidades y memoria popular.

Muchos domingos de mi infancia los pasé frente al televisor viendo batallas espectaculares: rudos contra técnicos, máscaras contra cabelleras. Llaves, quebradoras. Relevos australianos. Peso completo, peso wélter, peso ligero. A dos o tres caídas y sin límite de tiempo… Lo mismo hacían mis vecinos y mis compañeros de la escuela, con los que había que compartir o intercambiar o, simplemente, comparar estampas, muñecos y máscaras. Y, algunas veces, también enfrentarnos entre nosotros tratando de imitar (con desatino) a los profesionales. Parecía que en los 90, un niño mexicano estaba obligado a ser fanático de la lucha libre.

Más con guasa que con rigor, los gritones Arturo Rivera y el doctor Alfonso Morales narraban los combates de la pantalla. “Amables amigos que nos siguen a través de Televisa, cuando en estos momentos, capitaneando el bando de los técnicos, llega directamente desde el emblemático barrio de…”, empezaba Morales. Luego, a media riña, completamente ajeno a la corrección política y a la cancelación de hoy, Rivera atizaba: “¡pégale, pégale, al cabo que no es mi familia!”

Rivera también arengaba abiertamente a los rudos (“¡los rudos, los rudos, los ruuuuudos!”), celebraba los mejores trancazos (“¡jamaica, chulis!”) y se alegraba sin ningún pudor cuando alguien del bando de los técnicos quedaba derrotado y ensangrentado en medio del ring y el personal de la enfermería tardaba en auxiliarlo: “ahí viene el doctor Daza, que estaba sentado en la taza del baño de su casa, cuando lo llamaron para que viniera a salvar a este cochino”.

Recuerdo ahora esos domingos (“nostalgia del pancracio”), esperando con entusiasmo las actuaciones de Octagón o de Atlantis o de Máscara Sagrada o de Tinieblas y Aluche, con sus respectivas narraciones tan épicas como divertidas, porque la Arena México acaba de cumplir 70 años y porque en los puestos de periódicos se está vendiendo una colección de libros titulada Leyendas de la Lucha Libre.

La Arena México es la sede del Consejo Mundial de Lucha Libre, la empresa promotora más antigua del sector y, por lo tanto, la que ha impuesto el estilo reglamentario de lo que ocurre en el cuadrilátero y se esfuerza por conservarlo. En realidad el inmueble tiene más de siete décadas, pero comenzó albergando peleas de box. Fue en los años 30 del siglo pasado cuando empezó a acoger los eventos protagonizados por los luchadores. Y desde los años 50, gracias a las “estrellas” que presenta, es considerada la Catedral de este deporte-espectáculo y todavía hoy sigue siendo el espacio más grande alojarlo.

Sólo he ido un par de veces a este coloso ubicado en la Colonia Doctores. No sé si volver un día de estos porque, la verdad, ya no me da la sensación de que la lucha libre mantenga el brillo de antaño. Será la edad, claro, y la posmodernidad que han desplazado a este espectáculo por otros.

Por eso me entusiasmé cuando, en los pocos puestos de periódicos que quedan en la Ciudad de México, vi colgada la primera de las 60 entregas sobre las rivalidades que han hecho historia (Místico Vs. Black Warrior, a quienes a lo mejor ustedes conocen). En eso radica su relevancia, porque no son los típicos fascículos biográficos, centrados en trayectorias individuales, sino en los momentos que han definido el prestigio del ring: victorias y derrotas simbólicas. En sus páginas se nota que hay un gran trabajo de revisión de archivos de publicaciones especializadas y de acervos particulares. Espero completar la colección, que promete ofrecer los detalles de pelas como las de Atlantis contra Villano III, Perro Aguayo frente a Konan o Mil Máscaras contra El Halcón.

La lucha libre mexicana, “patrimonio cultural” (no de la Unesco pero sí de la Ciudad de México) encandila, lo sé bien, al mundo con sus máscaras coloridas que dotan de identidad y heroicidad al luchador. También porque es una exhibición de técnica, espectáculo y folklore, la cual sigue presente en gran parte gracias al cine, la música, la televisión y las redes sociales que concentran su difusión (a pesar de las críticas por su “violencia”).

Chapoteando en un charco de nostalgia, empecé a hojear el fascículo de Místico Vs. Black Warrior, mientras escuchaba el himno luchístico por excelencia, interpretado por la Sonora Santanera, y mi lectura se enalteció: “La arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción / En el ring luchaban los cuatro rudos, ídolos de la afición”.

AQ / MCB

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Víctor Núñez Jaime
  • Víctor Núñez Jaime
  • Es reportero y escritor. Sus trabajos, en todos los géneros periodísticos, se publican en los principales medios del mundo hispano. Es autor de libros como Los que llegan. Crónicas sobre la migración global (Debate) y ha sido galardonado, entre otros premios, con el Internacional de Periodismo “Mario Vargas Llosa”, el Premio a la “Excelencia Periodística” de la Sociedad Interamericana de Prensa o el “Rey de España” que otorga la Agencia EFE. Escribe en Laberinto desde hace dos décadas.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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