Cultura

Larga crónica del tiempo urgente

Bichos y parientes

De Grecia a México, Cuba y Venezuela, la historia repite el avance de la tiranía con la normalización del poder, entre aplausos y silencios.

Trasíbulo se rebeló contra la Tiranía de los Treinta. Un siglo después, Demóstenes insiste, frente y contra sus conciudadanos, en la defensa de la democracia, ante la inminente dictadura de Filipo de Macedonia. Demóstenes es un apasionado de las virtudes básicas de la democracia: la isonomía (igualdad ante la ley), y la isegoría (igual derecho a hablar en público).

No es descubrimiento nuevo: cuando un régimen adultera y corrompe las leyes, a los legisladores y jueces o cuando un gobierno ataca, arrincona y acosa a quienes hablan de las cosas públicas, ha comenzado la tiranía.

Frente a la popularísima tendencia del cesarismo, algunos romanos alzaron la voz para denunciar el fin de la República. No bastó con asesinar a César: la tendencia autoritaria contaba con la aclamación de la mayoría y nada pudieron senadores como Cicerón y Catón; ni los historiadores, como Salustio.

Un par de milenios después, el siglo XX repitió varias veces la vergüenza romana. Se extravió Weimar y el “pueblo bueno” quiso a los nazis. Alzaron la voz Dietrich Bonhoeffer, Viktor Klemperer, Sebastian Haffner, Friedrich Reck; después de un pasajero extravío, Thomas Mann pronunció su famosa “Apelación a la razón”. Grandes reflexiones para grandes urgencias. El resultado: cárcel, exilio y muerte.

Cuando España dilapidó la república, otros grandes pensadores y autores quisieron llamar a sensatez: Unamuno, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Antonio Machado. Y nada: España quería su desastre.

Cuba no venía de una república sino de una dictadura cleptócrata. Aun así, los revolucionarios prometieron democracias y libertades. Cuando mostraron su verdadero rostro, hubo una larga fila de denunciantes que quedó ahogada por los crípticos adoradores de la tiranía, los marxistas latinoamericanos. Venezuela, en cambio, llegó a ser la democracia más longeva de América Latina. Desde los inicios del chavismo prendieron alarmas Teodoro Petkoff, Moisés Naím, Alberto Barrera Tyszka y Gisela Kozak Rovero, entre muchos otros. Fue inútil.

En México, la cantidad de voces singulares es abundantísima. Quizá en los miles. Se hacen oír; el otro presidente y la secuela con “A” suelen agredirlos desde el altavoz del poder. Artículo 19 documenta 3,408 agresiones (1 cada 14 horas) contra la prensa en el sexenio pasado. Sumamos el acoso contra los organismos autónomos, fiscalización persecutoria, tribunales sesgados, en fin, ya sabemos a dónde va todo esto. Entre quienes expresan su alarma ciudadana están las mejores cabezas de este país. No importa que sean muchos; no importa que sean claros, lúcidos; ni siquiera que intenten advertir del peligro. ¿Cómo explicarle a un sordo que su casa se quema?

Esta lista bastaría para enorgullecerse de pertenecer a la cultura occidental: es un muestrario de inteligencia, de política, de ética, de valentía. Pero todos perdieron. Se quedaron solos y no pudieron nada.

Todos creen pertenecer al linaje de Antígona. El único defensor de Creonte que conozco es Pierre Boutang, y sólo como estrategia argumental para señalar mejor el heroísmo y la soledad de Antígona. Sin embargo, la democracia ateniense, la república romana, la de Weimar, la española, todas, desembocaron en tiranías.

En ética y en política, todos creemos estar en el buen lugar y con la gente buena. En política, el único lugar que no se equivoca es el de la oposición y la crítica al poder. Siempre es demasiado, siempre es peligroso. Siempre quiere acabar con la isegoría, y siempre degrada la isonomía en una igualdad, no ante, sino debajo del poder. La tiranía avanza entre aplausos de cómplices y el silencio de una ciudadanía que se rehúsa a ver que, paso a pasito, la propia ciudadanía se va vaciando de significado.

La cantidad de voces que advierten el envilecimiento y sus consecuencias es mucho mayor que la de Atenas, Roma, Weimar. No importa, porque la razón y la ética solamente tienen lugar en cada individuo. Nunca en el “pueblo”. Nunca en las masas.

No importa cuán brillantes sean las voces disidentes y críticas, solamente la organización de la sociedad civil puede hacer algo. Recomiendo un libro de Erica Chenoweth: Civil Resistance (2021). Ella dice que con un 3.5% de la población civil activa puede bastar para desarmar una tiranía. Pero el tiempo es fundamental: llega un punto en que la tiranía, ya establecida, puede perfectamente prescindir de la legitimidad y conservar el poder, como vimos en Cuba, Siria, Venezuela e Irán.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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