Cultura

La física de todos los finales: entropía, vida y el fin de la existencia

Ciencia

El olvido y alejamiento de la muerte empobrece nuestra relación con la vida porque la muerte es lo que le confiere forma, la que le otorga peso a nuestras decisiones y la que da importancia al tiempo.

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La vida ocupa líneas y columnas en periódicos, libros y colecciones enteras de todo tipo. Numerosos artículos en revistas seriadas y variadas se empecinan en los detalles moleculares, se regocijan en la originalidad de sus cambios evolutivos y la precisión de su marcha. En frenética manía de vivir nos olvidamos de la muerte y solo dedicamos un par de días al año a tan leal compañera de todos los actos y momentos de nuestra existencia. La recordamos sin mucha intensidad, sin dedicación ni profundidad, intentando solo seguir con la tradición de ofrendas y visitas improbables a los cementerios.

Nunca en la historia de la humanidad se ignoró tanto a la muerte, nunca se la relegó al olvido como se la relega ahora. El libro La física del final: entropía y muerte, publicado por editorial Taurus en Penguin Random House, quiere reivindicar a todos los finales y, en particular, el final que más nos atañe. Con las reflexiones ahí contenidas queremos ocupar un poquito de espacio en los estantes ahora repletos de libros de autoayuda, ensayos de opinión sobre política perecedera, superación personal sin caducidad y romances de las grandes estrellas. Nos proponemos reivindicar ahí la indispensable muerte.

La materia del libro es el estudio de lo que está presente en todos los desenlaces, la esencia en cada hecho que termina: la entropía. Esta propiedad física es parte medular de todo lo que transcurre con el único fin de concluir. La entropía escribe el destino de todo cuanto existe y nos muestra que, en ese proceso, la muerte será siempre la última página.

Todo es cuestión de tiempo: el final llegará cuando la entropía alcance su máximo valor y nada puede evitarlo.

En estos días, en que el absurdo ya no cabe de tan grande como es, la muerte ha dejado de ser un hecho humano para convertirse en acontecimiento médico. El tránsito natural ya no es acompañado sino gestionado. Ya no se muere en casa, ahora se muere en los hospitales. La muerte ya no es parte del mundo familiar, ahora pertenece al lugar donde se neutraliza sin miramientos. Ocurre con total asepsia y ante la indiferencia profesional que cobra honorarios, factura y, en el mejor de los casos, paga impuestos.

Morir ahora se convirtió en un fracaso técnico, olvidando que hay una necesidad constitutiva. En lugar de integrarla al curso de nuestra vida la combatimos como si fuera una anomalía inaceptable. En lugar de ser un límite comprensible la hemos convertido en un accidente intolerable.

Lo curioso es que el olvido y alejamiento de la muerte empobrece nuestra relación con la vida porque la muerte es lo que le confiere forma, la que le otorga peso a nuestras decisiones y la que da importancia al tiempo. Sin la muerte, la vida se vuelve difusa, queda despojada de la urgencia.

¿Cómo es que la muerte dejó de ser algo cotidiano, natural y cercano para convertirse en prohibida, maldita y merecedora de nuestro rechazo absoluto en la cultura occidental?

Lámina de ‘Osteographia’, de William Cheselden. (Wikimedia Commons)
Lámina de ‘Osteographia’, de William Cheselden. (Wikimedia Commons)

No sé si leer y escribir sobre la muerte nos pueda dar mayor claridad sobre el valor que debe tener mientras buscamos la manera de recuperar proximidad. De cierta forma, este libro es un esfuerzo, acaso inútil, por recuperar nuestra relación íntima convencidos de que el esfuerzo bien puede salvarnos, no de la muerte, pero sí de la vida.

Es verdad que, sobre el carácter de la muerte, sus gustos y caprichos, sus preferencias y aversiones ya se habló. ¿Por qué volver a escribir sobre algo anticuado, maligno y siniestro? ¿Para qué volver al asunto visitado? ¿Qué se puede decir del personaje constante de artistas, escritores, científicos y tecnólogos que no haya sido dicho? ¿Por qué motivo regresar al fin de todas las posibilidades y referirse de nuevo a la muerte después de que ya muchos lo hicieron?

La respuesta es simple: porque estamos a punto de matar a la muerte. Ya comenzamos por contener el colapso del corazón con desfibriladores, trasplantes, válvulas artificiales, circulación extracorpórea. La línea plana de los monitores cardiacos ha dejado de ser el veredicto absoluto.

Hemos logrado eliminar el deceso cardiovascular y avanzamos hacia el terreno oscuro y ambiguo de la muerte neuronal. Ahí la evasión está cerca y desaparecerá pronto. La conservación de tejidos cerebrales, interfaces neuronales, sustitución de funciones cognitivas, digitalización de patrones mentales y reparación molecular del daño sináptico son ya un hecho. La perfusión con sistema extracorpóreo con protectores celulares progresa con rapidez insospechada. Sistemas BrainEx aíslan al cuerpo del cerebro manteniendo el metabolismo y preservando actividad sináptica. No debe estar lejos la posibilidad de mantener también la actividad eléctrica organizada. Se ha logrado restaurar actividad neuronal limitada y falta poco para que logremos conservar en vida a un sistema nervioso que había solicitado morir.

El límite biológico comienza a desaparecer, aunque esto no sea en favor de la vida. Pensábamos que donde la muerte retrocede la vida avanza, pero no, el fin de la muerte no significa la vida eterna. Persistir no es existir. El reloj que se detiene no es el que conquista el tiempo.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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