Cuando de difundir la cultura se trata, la historiadora del arte Veka Duncan es todo terreno. Está presente en el programa de televisión El Foco al lado del periodista y escritor Héctor de Mauleón; tiene un canal en YouTube para sus cápsulas La historia de las cosas y Los básicos del arte. Se le puede leer en varios periódicos y escuchar en la radio. Por si fuera poco, ha colaborado en diversos libros como la antología El Universal Ilustrado y Los Contemporáneos en El Universal. Es editora y traductora.
Cuando los editores de Larousse la buscaron para proponerle hacer un libro sobre esta celebración se puso feliz. El resultado es Entre flores nos reciben y entre ellas nos despiden. Historia y tradición del Día de Muertos.
Alrededor del cuello lleva una calaverita de plata, de grandes ojos pizpiretos, que la acompaña todos los días, desde hace años.
—Originalmente, este libro iba a ser una suerte de enciclopedia. Los editores querían hacer el “Gran Larousse de Día de Muertos” porque es un tema que genera mucho interés. Ahí están las películas de James Bond y Coco. Cada vez hay más turismo extranjero que viene a ver el Día de Muertos. Es muy representativo de lo mexicano y un fenómeno interesante.
Los editores me dijeron que querían saber cómo se celebra en todo el país y conocer sus raíces históricas. Pensé que no había manera de hacerlo sola.
A Veka Duncan le gusta trabajar en equipo y reunió a quienes se encargarían de la investigación: Horacio Acosta Rojas, con quien había hecho el proyecto del centenario del diario El Universal; Minerva Anguiano González, historiadora del Arte y antropóloga; Omar Espinosa Severino, antropólogo que ha trabajado en excavaciones, y Mauricio Mejía Castillo, historiador, “un chavo súper pilas”, al decir de Veka Duncan, quien no quería nada más poner sus nombres en los agradecimientos. Insistió en darles su lugar como investigadores.
Mientras Veka y su equipo definían los alcances del libro y decidían los criterios a seguir —porque en estados como Oaxaca hay muchas fiestas, y, en otros, muy pocas—, se declaró el confinamiento por covid 19. Era marzo de 2020. No había modo de hacer investigación de campo. Imposible viajar a la península de Yucatán, donde se acostumbra desenterrar los restos de los familiares y lavar cada hueso antes de devolverlo a la tierra. Ni hablar de visitar Puebla, donde hacen esculturas llamadas Lloroncitos porque tienen una mano enjugándose las lágrimas. Las bibliotecas, universidades y librerías cerradas tampoco facilitaban la investigación documental.
—Hay mucho sobre el tema, pero no había una historia del Día de Muertos, saber cómo se festeja en los diferentes municipios del país. En algún momento, pensamos en llamar a este proyecto El atlas del Día de Muertos. Queríamos la parte histórica, pero también la parte viva.
“Quisimos que cada uno de nosotros trabajara una región del país: el Sureste, el Occidente, el Centro, el Norte. Tomamos la decisión de que cada región fuera cubierta por una sola persona porque cada quien tiene su estilo de escritura. Me entregaban los textos y yo juntaba, acomodaba, corregía. Era tal la cantidad de información que enloquecí. Para Nayarit, Minerva Anguiano incluyó una cita de Amado Nervo. Entonces busqué una cita de un escritor para cada estado que se refiriera a la muerte.
“Acabó siendo demasiado ambicioso. Iba a ser un libro de dos tomos y muy caro. Nuestro proyecto original era casi megalómano. Si te enseñara mi Excel de iconografía de esa primera versión del libro verías cientos y cientos de fotos. Además, teníamos mucha información de los entierros en las comunidades tzotziles de Chiapas, entierros de aquí y allá, mucho sobre la cosmovisión prehispánica y la muerte según la visión católica. Había que ceñirse al formato de libro de divulgación y ensayo. Al mismo tiempo, nos preguntábamos: ¿qué tan viable era publicar una cosa así, en plena pandemia, cuando las librerías estaban cerradas?
“Durante un año me dediqué a replantear el contenido. Quité cien páginas. Mientras tanto, murió mi papá y luego el de Horacio y después el de Omar...
La tristeza de Veka es sutil, pero visible. Su padre, Fernando González de la Vega, estaba muy ligado a la historia de la radio en México.
—¿Le pones ofrenda a tu papá?
—En mi casa ponemos ofrenda desde siempre y viene más por el lado de mi papá. A mi mamá le encanta el Día de Muertos como fiesta. Es de origen inglés, no creció con eso en su casa. En cambio, mi abuela paterna era muy católica, de Guanajuato, y cada año ponía su altar de Dolores. El mío es muy sencillo. No me aviento los siete pisos porque no me da tiempo para tanta producción, pero sí pongo los elementos básicos: el agua, la sal, las velas. Pongo también la foto de mi papá junto a mi abuela, abrazados. Están enterrados juntos. En sus últimos diez años de vida mi papá tenía muchos problemas estomacales. En cualquier restaurante pedía ‘una camita de arroz con pollito deshebrado encima’. Era lo único que no le daba agruras. Así que le preparo su ‘camita de arroz con pollito deshebrado encima’, así, aburrido”.
Por su ascendencia inglesa, a Veka Duncan le interesó trabajar y de alguna manera reconciliar el Día de Muertos con Halloween que, aclara, no es gringo aunque Estados Unidos lo ha sabido comercializar muy bien.
—Es el imaginario con el que crecí. En el mundo celta, el 31 de octubre existe la idea de que los espíritus bajan. Simbólicamente, la tierra se está muriendo. Es la última cosecha hasta el regreso de la primavera. Eso es cierto también para las culturas originarias de México. La costumbre de disfrazarse en Halloween es para que los espíritus malignos no puedan reconocer a los humanos y pasen de largo sin hacer “travesuras”.
Una mujer perteneciente a la comunidad británica le hizo entender a Veka Duncan que el Día de Muertos es en realidad una celebración de la vida de la persona que ha fallecido. En cambio, la costumbre judeocristiana resulta mórbida por el hecho de vestirse de negro, de que en alguna época las viudas, además del luto, llevaban velo y lloraban al difunto por el resto de sus días.
—La portada del libro Entre flores nos reciben y entre ellas nos despiden plasma en una imagen sintética lo que es el Día de Muertos: la comunión entre los vivos y los muertos.
La entrevista tiene lugar en el Café La Habana. Veka Duncan ocupa una silla en una mesa cercana a tres máquinas de escribir colgadas en la pared. Buen rincón para una escritora.
A Veka Duncan le quedó claro que no podía entregar un libro de ensayo y que las miles de fotografías que había recopilado no eran el mejor camino pues lo volvían muy etnográfico. Así que incorporó a la ilustradora Marisol Rivera al equipo.
—Lo que me gusta de ella es la reinterpretación de obras de arte. Marisol estudió Historia del Arte y después Diseño. Tiene una sensibilidad particular para hacer que se entienda la imagen original, pero con su sello. Siempre está su mano. El color más emblemático del Día de Muertos es el del cempasúchitl y está muy presente en el libro.
—En el México actual, tan adolorido por la muerte violenta de tantas personas, este libro constituye un respiro.
—En un principio, se trataba de hacer un producto de divulgación sobre la historia del Día de Muertos. Por eso mismo pensamos que funcionaría también para un lector extranjero que se acerca al Día de Muertos. Están las coordenadas, viene la bibliografía. Sería muy interesante buscar que se traduzca.
“Nos volvimos locos buscando y encontrando citas de poetas, refranes, dichos populares: ‘Se petateó’, ‘Chupó Faros’, ‘Se lo cargó el payaso’ y las canciones… Me encanta Chava Flores. No hay mejor cronista: “Cerró sus ojitos Cleto” y “Sábado Distrito Federal” son una gloria. La ciudad cambió de nombre, pero sigue siendo igual a la que él describe. ¿Quién ha representado mejor a la Ciudad de México?”
En broma, le aconsejo que no diga eso frente a Héctor de Mauleón, cronista de la Ciudad de México y con quien Veka Duncan conduce el programa El Foco en ADN 40 al tiempo que recorren la ciudad desde hace varios años. Ella se ríe: Ya lo sabe.
Siendo el Día de Muertos la festividad favorita de Veka Duncan, es fácil imaginar su casa adornada no solo con la ofrenda a su papá, sino con papel picado y los libreros llenos de libros de historia del arte y de arquitectura.
—No esperaba encontrar esta diversidad de tradiciones en el país. Me encantaría, si me dieran chance en un futuro, agregar cincuenta páginas más al libro. Hay cosas bien interesantes en relación con la muerte, sobre todo en comunidades originarias. La tradición wixárika es bellísima. Muy distinta a la nuestra. En Chiapas, se tapan los espejos porque el alma, al ver su reflejo en ellos, puede espantarse y entonces quedar vagando en la Tierra. Hay lugares donde le dicen al muerto que tiene que entender que ya murió y no puede quedarse, que se tiene que ir. En la Huasteca, hay una gran tradición musical.
“El Día de Muertos es una tradición católica permeada por tradiciones que ya existían. Por ejemplo, se crearon los panteones y ahora llevamos la fiesta a los panteones. Hoy en día muchas personas tienen las cenizas de sus parientes en su hogar. En tiempos prehispánicos las tumbas eran para la élite. La gente de a pie enterraba a sus muertos envueltos en un petate en el patio. Era práctico y era tener al ancestro en casa, quizá cerca de su ombligo, también enterrado ahí.
“Citando a un historiador que me encanta, Eric Hobsbawm, las tradiciones se inventan: siempre se han inventado. Nos han hecho creer que nuestras tradiciones son ancestrales y muchas se inventaron y tienen que ver con procesos políticos, procesos de legitimación de monarquías. Pero no pasa nada si alguien se inventa una tradición y pega. Logra el arraigo de la gente. Refleja el momento. Me parece bien que entren Coco y James Bond; no debemos ser tan puristas. Si ahora hay desfiles de Catrinas y gente disfrazada de Coco, está bien. Esa es la fiesta y no nos toca juzgar si es válido culturalmente, cuestionar su ancestralidad o su legitimidad porque al final está el interés antropológico. Quizás es la comercialización del Día de Muertos, quizás es una búsqueda de una tradición propia en la zona fronteriza donde la cultura estadunidense está cada vez más presente… Es una manera de mostrar que la cultura está viva. Sí, es como una fotografía del momento actual”.
AQ / MCB