@fernandovzamora
Hay ruido en Para los contrincantes. No el de un gimnasio donde se trenzan dos niños en el deporte del box. Es el grito de los adultos: desde que comienza el pesaje y luego los llamados: cuidado, Damián, qué pasó; Damián, aguas; Damián, no bajes la guardia… Sangre. Las voces se acumulan hasta que nos damos cuenta de que no es un recurso ambiental; es el ruido interiorizado de un niño cuya expresión es lo mejor del filme.
Damián se actúa a sí mismo y participa en un desenlace que, por su poderío en el contraste desilusión-esperanza, tiene ecos en la que es, para mí, una de las mejores películas de todos los tiempos y que es, también, un cortometraje: El globo rojo de Albert Lamorisse de 1956. La historia es distinta, pero en ambas se nos recuerda que, a pesar de lo cruel que puede ser el mundo, a veces la infancia es ese puerto al que debemos volver a cualquier edad. Las escenas más logradas (y probablemente por las que ganó en Cannes) son las de la batalla. Dos niños se trenzan, se separan, se golpean. Los adultos gritan como ante una pelea de perros. Estamos en un gimnasio de Tepito. El argentino Federico Luis retrata un coraje que no debe entenderse ni como odio ni como ansiedad sino, más bien, el arrojo de superarse a sí mismo y cumplir con las expectativas del protagonista, pero también con la de los adultos que lo rodean. Damián escucha y, además, tiene que pelear; responder a una figura que, habrá que ver, tal vez comienza a resultarle ajena. ¿Contra quién está peleando este boxeador?
El cine mexicano tiene una larga tradición tratando de responder a esta pregunta. Lucha tal vez contra su origen, porque, ya lo dice Julian Schnabel en Basquiat (1996): el arte y el deporte son pocos de los medios legítimos de auténtico ascenso social. El boxeo lleva esa esperanza hasta la carne: en Campeón sin corona (1946), en el melodrama Pepe el Toro (1953), en Guantes de oro (1961) y muchas más, pero un combate entre adultos, diría Susan Sontag, puede tener algo brutalmente sensual: ritmo, proximidad, inteligencia en el cuerpo. Aquí la admiración encuentra su límite en la niñez: el miedo, que es parte de la promesa. Pareciera (pero hay que verlo) que Damián no es alguien, es una invitación que debe justificar. Las instrucciones llegan de afuera; el cuerpo las ejecuta apenas adentro.
El ruido hace de cada golpe una evidencia, pero es cierto también que el niño quiere estar ahí y es en esta ambigüedad que la película se vuelve extraordinaria: los ojos del pequeño boxeador no resuelven la incertidumbre. No es que los familiares del protagonista sean crueles; sentimos la vida de este niño sin otra información que ruido. Interior y exterior. Presión sobre lo que significa ser hombre a esa edad. ¿Puede Damián agotar lo que es en el ring? ¿En ese arte de precisión inventiva y dominio del tiempo? El rostro del actor que se representa, desborda las instrucciones. La ternura no lo vuelve inocente. Ni a él ni a su contrincante.
La película regresa a Tepito y a cines en territorio nacional, pero es importante que, a pesar del guion, el director tuvo la empatía de realizar el corte final con el niño. Y es aquí donde entra el final que nos aproxima al Globo rojo. La infancia no se ha ido del todo y el director permite que el niño participe de decisiones creativas, artísticas, en el sentido más alto de la palabra. Lo que en el cine de boxeadores mexicano fue un melodrama triste se vuelve excepcionalmente conmovedor.
¿Dónde ver Para los contrincantes?
El cortometraje de Federico Luis podrá verse en México durante sus próximas funciones en festivales y espacios especiales.
Para los contrincantes
Dirección: Federico Luis. México, 2026.
AQ / MCB