Cultura

Habitarnos sin violencia

Ensayo

La violencia comienza antes de tomar el espacio público: en la forma cómo nos hablamos, en la humillación íntima, en la exigencia donde se confunde valor con productividad.

Solo se fue. Renunció sin reclamar una posible liquidación. Cada día, mientras lavaba el cabello de las clientas del salón de belleza donde trabajaba, sus manos y antebrazos se cubrían de sarpullido. Intentó continuar. No podía usar guantes: el látex incomodaba a quienes atendía. Probó cremas, maquillaje, cualquier cosa para disimular las heridas. Necesitaba el sueldo. Las lesiones avanzaron.

Un día una clienta dijo: “No quiero que me lave el pelo esta chica, no sé si eso que tiene en las manos es contagioso”. Las propinas eran una parte esencial del ingreso. Poco a poco dejaron de asignarle clientas. No la despedían, el dueño evitó hacerlo para no pagarle su liquidación. Ella renunció: ya no podía sostener el dolor ni la precariedad.

Después alguien le preguntó:

—¿Fuiste al médico? ¿Quedó registrado que esto te ocurrió por el trabajo?

Luz tenía dieciocho años. Respondió: no.

La violencia a veces viene de afuera y, en otras ocasiones, conspira con nosotros, aprende a hablar con nuestra voz. Tendemos a concebir a la violencia como un acontecimiento extraordinario, externo, donde no intervenimos: la identificamos en un golpe, en la guerra, en una humillación visible. Pero quizá se gesta antes: en las conversaciones con nosotros mismos. En ese instante cuando dejamos de preguntarnos: ¿cuánto daño estoy dispuesta a aceptar para pertenecer o sobrevivir?

La forma como nos relacionamos con quien somos, no queda oculta en la intimidad, tiene consecuencias, se extiende a nuestras decisiones, al interactuar con otros, subyace en la intuición. Desde ahí habitamos el mundo.

Nuestra época aún celebra el sacrificio. Admiramos la resistencia, la productividad, la capacidad de seguir, incluso cuando el cuerpo ya no puede más. Nos hacemos preguntas absurdas: ¿qué importa más, conservar la salud o el trabajo?, ¿descansar o demostrar fortaleza?, ¿protegerse o cumplir? El problema más grave no está en qué responder a esas interrogantes, sino en por qué las reconocemos como preguntas legítimas: ¿para qué nos planteamos elegir entre lo que no debía separarse?, ¿qué oculta ese razonamiento?

La Europa de la modernidad nos heredó sus dicotomías, la separación de mente y cuerpo, alma y materia, pensamiento y realidad; esa mirada es insuficiente para describir la complejidad de la experiencia humana. Lo que sentimos, pensamos y hacemos no surge de un solo lugar. Somos más parecidos a un tejido que a una estructura. Encarnamos, a la vez, singularidad y vínculo. Formamos parte de un entramado donde son difusas las fronteras entre individuos y comunidad; autonomía y pertenencia; cuerpo, historia y vínculo. La mente no existe al margen del mundo: se construye socialmente. La realidad misma depende de acuerdos compartidos; el conocimiento, aunque se sostenga en evidencias, se valida en consensos y axiomas.

Comprender a profundidad implica resistirse a la simplificación. Exige una tarea incómoda: abandonar la necesidad de reducir al mundo, para vivir la ilusión de poder controlarlo.

La paz es un valor vivo, está en movimiento, no es un estado puro ni definitivo. Demanda sostener tensiones sin transformarlas en guerra.

Se nos educa para rendir, obedecer, resistir más allá del cansancio. Normalizamos el dolor: lo llamamos disciplina. Escuchamos una voz de mando externa y después se instala dentro de nosotros. Obedecemos para encajar, para pertenecer, para obtener reconocimiento, para sobrevivir. Pero ¿qué ocurre con la dignidad?, ¿cómo distinguirla del orgullo, la identidad o la necesidad de aceptación?

Al indagar desde la valentía, con honestidad, Rosario Castellanos expresó un conflicto con el que es fácil identificarnos. Podemos reconocer en sus palabras, las nuestras, aún cuando, quizá, no sabíamos cómo nombrarlas. Esto no dice en “Lecciones de cosas”:

“Me enseñaron las cosas equivocadamente
los que enseñan las cosas:
los padres, el maestro, el sacerdote,
pues me dijeron: tienes que ser buena.
(…)
Y ser bueno es muy fácil. Basta abatir los párpados
para no ver y no juzgar lo que hacen
los otros, porque no es de tu incumbencia.
(…)
De cualquier modo, pues, cuando te ocurra el mal
hay que aceptarlo, agradecerlo incluso,
pero no devolverlo. Y no preguntes
por qué. Porque los buenos
no son inquisitivos.
(…)
Obedecía. Se sabe: la obediencia
es la virtud mayor.

La violencia como práctica encarnada

La violencia hacia nosotros mismos suele pasar inadvertida. No es pequeña, pero aprendimos a llamarla de otros modos. La nombramos como disciplina y le damos atributos: compromiso, fortaleza, madurez, responsabilidad.

La violencia no aparece de repente en sus formas extremas. Antes de las autolesiones, del agotamiento irreversible o del colapso, se va conformando en el territorio de lo cotidiano: el daño se vuelve un hábito al ignorar el cansancio, al permanecer donde algo nos hiere. Nos convencemos: descansar es una falta, nos tratamos como si solo mereciéramos existir cuando producimos.

Es autoviolencia no escuchar al cuerpo, convertirnos en instrumento de nosotros mismos para alcanzar expectativas. Incluso Sor Juana Inés de la Cruz se imponía castigos: se cortaba el cabello cuando no alcanzaba ciertas metas de estudio. Una amiga me dijo alguna vez: “Nunca le diría a nadie las cosas que me digo a mí misma; entre estúpida y pendeja hay un sinfín de insultos, mi creatividad es infinita”. Hay algo profundamente revelador en esa confesión: el lenguaje con que habitamos nuestro interior rara vez recibiría legitimidad si fuera dirigido hacia otra persona. Ella, yo, y tantos, confundimos el autosometimiento con fuerza de voluntad.

Cientos de veces me trato como una máquina para producir, un medio para alcanzar objetivos, una herramienta para lograr metas o mitigar necesidades y deseos de otros. Creo que no solo yo dejo de ver a mi cuerpo como unidad y presencia. Me enojo con él cuando se vuelve obstáculo frente al rendimiento, el placer o la eficacia.

Quizá demasiados llevamos una pedagogía de la violencia metida hasta los huesos: la prisa que nos deja sin aliento, la vergüenza de no alcanzar nuestras expectativas; la costumbre de llamar debilidad, falta de voluntad o flojera a la necesidad de descanso. Nos cuesta sentirnos dignos por ser vulnerables, nos acusamos de frágiles, pusilánimes, cobardes, insuficientes. Acaso ¿viene de esa autoviolencia llamar generación de cristal a quiénes se atreven a nombrar su sufrimiento? Somos materia viva: relación, intercambio, interdependencia.

Para Immanuel Kant, la ética es una condición irrenunciable para la paz. Kant propuso preguntarnos al actuar: ¿lo que hago o haré conviene que lo hagan todos?, ¿podría ser un principio o ley universal? Pensar así nos salva de obedecer normas sin cuestionar, supone reconocer la fuerza transformadora de la conciencia. Toda acción puede partir del respeto hacia uno mismo y los demás. Somos un fin, no un medio. No somos objetos, ni procesos administrativos, tampoco piezas de un engranaje. Somos seres íntegros, irrepetibles y complejos. Lo anterior también lo podemos convertir en una pregunta íntima: ¿de qué maneras me convierto en un instrumento de mí misma?, ¿cuántas veces me administro como un proyecto?

Conciliar contradicciones internas, heridas, frustraciones, necesidades y deseos, sin convertirlos en violencia hacia mí misma u otros, exige inteligencia moral, salud mental, regulación emocional, condiciones materiales y una larga lista de factores imposibles de agotar. La violencia autoinfligida, o la que ejercemos hacia los demás, tiene raíces profundas, en las formas de comprender el mundo, en costumbres, en cosmovisiones heredadas. Michel Foucault dio larga cuenta de ello en Vigilar y castigar, Historia de la sexualidad e Historia de la locura en la época clásica. Foucault, cómo el Marqués de Sade, vivió experiencias límite, como medio de autoconocimiento. Ensayamos nuestra convivencia con los demás en el trato con nosotros mismos. El autorrespeto puede evitar algo grave: convertir al conflicto en castigo.

Carl Gustav Jung escribió en Aion. Investigaciones sobre el fenómeno del sí-mismo: “La regla psicológica dice que cuando una situación interior no se hace consciente, sucede fuera, como destino”. Después el habla popular lo parafraseó de muchas formas: “lo que no se vuelve consciente tiende a repetirse”, “el inconsciente nos gobierna y después lo llamamos destino”. Quien no logra conciliar con sus ritmos internos, acepta sus límites como expresión de sensibilidad, comprende sus contradicciones y heridas como desarrollo de consciencia, difícilmente podrá construir acuerdos profundos con los demás. El respeto entraña autoconocimiento, aceptar la vulnerabilidad para sentir auténtica empatía, no solo conmiseración.

El cuerpo es la primera escuela de la política. Cuerpo y mente son unidad, en ellos quedan marcas de lo vivido, se inscriben el temor, la obediencia, la vergüenza y la rabia; pero también pueden nacer la escucha, la pausa, la respiración compartida y las palabras sin atropellarse. Conciliar implica aceptarnos como unidad sin transparencia, sin nitidez. En nuestro ser conviven memorias discordantes, fuerzas distintas, deseos en contradicción. Sin conversación interior, toda promesa de paz pública corre el riesgo de convertirse en mera simulación. La ley, para ser funcional, necesita la convicción de los ciudadanos para cumplirla, si solo se impone es la guerra. Lograr justicia y seguridad bajo el principio de poner a todos los delincuentes en la cárcel es una idea muy ingenua. Nace de un pensamiento dicotómico, de una de las semillas de la polaridad: creer en el bien y el mal como valores absolutos claramente diferenciables. La paz pública se alimenta de la relación con uno mismo.

El pensamiento complejo como vía de autorreconocimiento

La violencia comienza antes de tomar el espacio público: en la forma cómo nos hablamos, en la humillación íntima, en la exigencia donde se confunde valor con productividad. Desde ahí se expande hacia la familia, la escuela, la comunidad, la política y la historia. Desde luego, lo anterior no es el único detonador del fenómeno.

Conciliar no es rendirse. Es dejar de reproducir una lógica de aniquilación, confrontativa, como si esa fuera la única forma de resolver las diferencias.

La conciliación fluye en la inteligencia capaz de percibir relaciones, contextos, retroalimentaciones, contradicciones y paradojas. Tal vez, del mismo modo como la seguridad no será consecuencia de combatir a los delincuentes; tampoco el autoflagelo garantiza mejores resultados; castigarnos no acelera procesos, tampoco sacrificar el descanso garantiza excelencia. Lo humano no cabe en fórmulas. La violencia simplifica, ese es su bastión; por eso necesita enemigos absolutos, identidades rígidas y causas únicas.

Rosario Castellanos con su lucidez sigue interpelando:

“Debe haber otro modo
de ser humano y libre.
Otro modo de ser.”

Volver a las raíces para avanzar en el autoconocimiento

Separar cuerpo y mente, razón y emoción, individuo y comunidad, historia y presente, nos ofrece la falsa idea de un mundo ordenado, una aparente salida del caos, pero la mayoría de las veces solo ofrece una mirada estrecha. He escuchado en tantas ocasiones: “no te dejes dominar por tus emociones”, “haz caso a la razón”, “eres demasiado intensa”. A veces le concedemos supremacía al juicio, le permitimos doblegar a la voluntad de conciliar. Después intentamos reparar las consecuencias de fragmentar la experiencia: buscamos salud sin descanso, comunidad sin diferencia, productividad sin cuerpo, paz sin conflicto. Edgar Morin insistió: uno de los grandes desafíos contemporáneos consiste en reconocer aquello que está “tejido en conjunto”. Ningún conflicto es un episodio aislado, tiene capas afectivas, materiales, históricas y simbólicas. Está hecho de gestos cotidianos, hábitos, percepciones, también de estructuras institucionales, mecanismos de la cultura y el Estado.

América heredó de Europa la idea de los opuestos como contrarios. El pensamiento mesoamericano no veía contradicción o antagonismo en la diferencia. En el náhuatl no se usa el género gramatical, como en español: él o ella. Sin embargo, sí se pueden hacer distinciones biológicas y semánticas, pero los sustantivos son neutros, para distinguir el sexo se utilizan palabras cuya función es indicar el origen, por ejemplo: la palabra piltontli significa "niño/niña" de forma neutral. Si se quiere especificar, se dice okichpiltontli (niño varón) o siwapiltontli (niña).

En el pensamiento mesoamericano los dioses, lo vivo, son fuerzas, no realidades monolíticas; nada está separado, todo es parte de un tejido. Las fuerzas cambian, mutan, se fragmentan, fisionan y fusionan, integran femenino y masculino. Los seres estamos habitados por multitud de fuerzas en interacción, no somos un ente indiviso. La conciencia equilibra, sin someter, sin dominar, concilia. El mundo es una red de correspondencias y disonancias, como una sinfonía. Alfredo López Austin, en su obra mayúscula: Cuerpo humano e ideología, hilvana fino esa complejidad.

En la filosofía náhuatl vivir no es imponer, crear o inventar una realidad. Vivir es aprender, identificar y fluir en relaciones de reciprocidad, alternancia y cuidado. En ese entorno, disolver la violencia, tener una actitud de no violencia, ante nosotros mismos y los demás, no consistiría en reprimirse o abstenerse de dañar, sino en restaurar equilibrios rotos entre cuerpo, comunidad, naturaleza e historia. Comprender para respetar y así mantener un equilibrio, una de las deidades donde se integra ese complejo tejido es Quetzalcóatl.

El arte una vía poderosa para catarsis y conciliación

Quetzalcóatl era el gran conciliador. Motiva la civilización y la paz, promueve el conocimiento. Fomentó el arte, la agricultura y la astronomía. Rechazaba los sacrificios humanos sangrientos, prefería en su lugar ofrendas de serpientes, flores y mariposas. Dio su sangre para dar vida a la humanidad. Es parte de una dualidad antagónica: representaba al viento (Ehécatl) y la luz, ante su hermano Tezcatlipoca (la oscuridad y la guerra). Ambos dioses mantenían una tensión cósmica constante por el control de las eras o los Soles.

En los códices y cantares, las palabras de Quetzalcóatl descienden a la Tierra como “lluvia de flores”, cantos de aves preciosas (como el quetzal), la poesía, el arte son revelación divina. La verdad solo puede expresarse cómo metáfora, en el fluir de nuestra totalidad. El mundo material es efímero, perecedero, “Flor y Canto” es la única manera de alcanzar algo trascendente, es la fusión de individuo y unidad. La flor simboliza la belleza, la Tierra, lo femenino; el canto es la palabra, el viento, lo masculino. Juntos, son el equilibrio cósmico: Quetzalcóatl. El dios no es un ser, es una vía para comprender.

La vida es movimiento, cambio, transformación. Nada es fijo. El pensamiento mesoamericano tiene grandes afinidades con la teoría del caos, el pensamiento complejo, la psicología y neurociencias contemporáneas.

Reconocer lo complejo da herramientas para no mutilar la realidad; la memoria mesoamericana manifiesta cómo la vida depende del equilibrio entre fuerzas en conflicto; el arte abre opciones para transformar la percepción del mundo. Disolver la violencia atraviesa por devolvernos de manera íntima la palabra, para expresarnos sin temor y así preservar la dignidad. Reprimir, someternos, nos convierte en sombra, deshumaniza, somos una olla de presión, la violencia estallará de modos insospechados.

Quizá por eso la no violencia no es una doctrina, sino una forma de presencia, de estar conscientes: una ética de cuerpos atentos a sí mismos, inteligencia relacional, palabras sin ímpetu. La comunidad no necesita causar destrucción para una existencia plena, es posible aunque suene a utopía. En tiempos de estridencia y fractura, quizá la tarea más difícil y urgente sea aprender a habitar la complejidad. Comprender desde la ternura y la compasión a nosotros mismos, antes de recriminarnos.

Uno de los tantos factores de la violencia contemporánea es el olvido de algo elemental: somos uno con lo demás.

AQ / MCB

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.
Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto