Cultura

Una novela es como ir al cine | Gustavo Sainz: Padre y cuñado/ Parte II

Mis días con Gustavo Sainz

Rupturas, reconciliaciones, el ir y venir de una relación entre el autor y Gustavo Sainz, quien al final perdió esa capacidad para recordar y contar historias que animaron su vida y la de tantos otros.

En 1968, le llegó la invitación para que se publicara Gazapo en inglés. Gustavo fue por dos semanas a Nueva York para firmar el contrato con los gastos pagados. A su regreso, llegó con un montón de discos, libros; sobre todo, con un entusiasmo contagioso de relatarnos todo lo que descubrió y lo maravilloso de la ciudad. Nos relató sobre dos obras de teatro que lo dejaron impresionado: Hair y Cabaret. Puso el disco de Hair y nos iba explicando lo que sucedía en el escenario, y de repente nos dijo: Y es aquí donde salen todos los actores ¡desnudos!

En 1968, Gustavo, Jorge y yo nos integramos a las marchas estudiantiles. Nos divertían las consignas: ¡Ho-Ho-Chi-Min. Díaz Ordaz, chin-chin-chin! O ¡Granadero, granadero, cuídate el agujero! ¡Se ve, se siente, el pueblo está presente! En contraste a esa algarabía fue la Marcha del Silencio, que los tres la vimos pasar en el Ángel de la Independencia. Fue impresionante que nadie hablara, y fue tan grande que parecía que toda la ciudad estaba marchando. Ese mismo año, Gustavo recibió la Beca Guggenheim, una invitación para vivir en Iowa, Estados Unidos durante un año. Fue entonces cuando Jorge y yo nos quedamos al cuidado de la casa: él tenía 14 años y cursaba el segundo de secundaria, yo tenía 13 y estudiaba el primer año en la secundaria Niños Héroes de Chapultepec.

Para cubrir la renta del departamento durante ese año, Gustavo le pidió a Joaquín Diez Canedo, un adelanto por la novela Obsesivos días circulares, la cual terminaría en Iowa. Yo era el encargado de ir a las oficinas de la editorial para recoger el cheque mensualmente, mientras que Jorge falsificaba la firma de Gustavo para depositar el cheque en el banco y pagar la renta. Recuerdo que Gustavo nos dijo:

Es una gran oportunidad que se presenta; podré terminar mi novela y puede abrir otras puertas. Sé que pueden irse a vivir a Los Ángeles, pero creo que será una experiencia increíble que se queden a vivir aquí solos. Gabriel Careaga se quedará con ustedes.

Como Rosita acompañaría a Gustavo nos empezó a enseñar a cocinar. Nos preguntó qué nos gustaba comer, y, obviamente, respondimos que enchiladas suizas.

Pero en menos de un mes, Gabriel decidió que era demasiada responsabilidad y regresó a vivir con su mamá. Así fue como, por casi once meses, Jorge y yo vivimos solos en Río Nazas 77.

Y durante un año Jorge y yo solo nos cocinamos enchiladas suizas.

Antes de su partida, Gustavo nos había pedido que le escribiéramos una carta cada semana. Jorge lo haría los lunes y yo los viernes; él, por su parte, respondería a cada una. Así nos enteramos de que había descubierto una compañía que vendía todas las películas de Charly Chaplin en formato Super8 y que, cuando regresaran, podríamos verlas juntos. También nos contó sobre un club de música en el que, al inscribirse, te regalaban doce discos Long Play si comprabas uno; luego, debías adquirir uno cada mes. Esa condición le parecía absurda, pues él quería todos los discos del catálogo. Nos comentó que el invierno era muy frío. Y que ya había visto su primera nevada, tan intensa que cubrió toda la ciudad. Las cosas electrónicas eran muy baratas, y ya estaba filmando con su cámara de cine Super8; prometió que veríamos las películas a su regreso.

Por mi parte, le relataba lo que hacíamos: le conté que las Olimpiadas del 68 transcurrían sin mayores problemas, aunque la policía mantenía el orden mediante la intimidación y nadie se atrevía a protestar. También le mencioné que Balmori nos había llevado al estadio de la UNAM para ver las finales de atletismo, y que ese día dos atletas afroamericanos ganaron las medallas de oro y plata. Cuando comenzó el himno nacional de Estados Unidos, hicieron el saludo de las Panteras Negras, lo que llenó los titulares de todos los periódicos y puso al país tenso.

Estos dos acontecimientos —su estancia en Iowa y las manifestaciones estudiantiles— le proporcionaron el material necesario para escribir dos de sus novelas. Sin embargo, conviene destacar que la chispa detrás de la novela A la salud de la serpiente fue la visita de Jorge Aguilar Mora, quien aún no había terminado su novela Cadáver lleno de mundo. Una tarde, Jorge llegó al departamento temeroso. Nos comentó que debía abandonar el país, pues corría el riesgo de ser encarcelado por formar parte de la mesa directiva estudiantil. Nos dijo que se iría a París a la mañana siguiente y le preguntó a Gustavo si podía prestarle algo de dinero.

A su regreso de Iowa, Rosita y Gustavo volvieron cargados de libros, discos, películas del cine mudo en Super8, cámaras, pósteres, móviles y un sinfín de historias. Y con la novela que Gustavo llevaba tiempo luchando por terminar, pues la pregunta que siempre le hacían era: “¿Cuatro años sin publicar otra novela?” Así, en 1969 salió a la venta Obsesivos días circulares. Nemorio entintó y realizó la maqueta de la portada. Una tarde, fuimos a Copias Económicas a recoger las últimas cinco páginas de la novela, donde la última frase se repite y se repite, y comienza a agrandarse hasta formar una gran “g”. Le pregunté a Gustavo por qué había hecho esa secuencia.

—Mira, Pollo, una novela es como ir al cine. Tú proyectas en la mente del lector algo y ellos se lo imaginan. Al final, quiero que los lectores se sientan como si estuvieran aterrizando.

Los primeros meses tras su regreso fueron algo complicados: Gustavo llegó sin dinero, tuvo que restablecer sus contactos, pero cualquier trabajo que conseguía se lo pagaban después. Para aliviar la carga, recordó las muchas veces que el doctor José Ceballos Maldonado, autor de Bajo la piel y Después de todo nos había invitado a visitarlo en Uruapan, Michoacán, donde tenía una huerta de aguacates. También era dueño y fundador del hotel Pie de la Cuesta, y poseía una bonita casa. Para Jorge y para mí, fue un mes de nadar, comer, pasear por la plaza. Visitamos la famosa Rodilla del Diablo que, según cuenta la leyenda, el Demonio tenía bloqueada el agua del manantial. Tras un exorcismo de Fray Juan de San Miguel, en 1533, el diablo huyó, tropezó y dejó marcada su rodilla en una roca, lo que liberó el agua que da origen al río Cupatitzio.

Los siguientes años transcurrieron casi con la misma rutina: Gustavo seguía escribiendo; Jorge y yo, en la secundaria. Gustavo y yo jugábamos ajedrez a la hora de comer o en la tarde. De vez en cuando, sacábamos el pequeño proyector Super8 y la pantalla, y veíamos las películas que había traído; íbamos al cine, salíamos los viernes al atardecer y recorríamos las librerías: Librería del Prado, Porrúa, Librería del Sótano, Zaplana… A veces, íbamos a la calle Dolores, donde cenábamos unos riquísimos tacos de puerco en la Casa Dolores, con un delicioso tepache. Todo esto lo hacíamos caminando desde Río Nazas hasta San Juan de Letrán.

Pero algo inesperado surgió. Rosita, sin esperanzas de obtener el trabajo, hizo la solicitud para ir a la Feria Mundial en Japón, representando al contingente mexicano. Le dieron el puesto. Gustavo le dijo que sería una experiencia que valoraría toda su vida. En 1970, Rosita empacó las vestimentas auténticas mexicanas que le habían confeccionado y viajó a Japón, donde estaría viviendo doce meses.

Pero ese mismo año, mi madre llegó a México con la intención de reunir a la familia. A Jorge y a mí nos atrajo la idea de asistir a conciertos de rock, estudiar en una nueva escuela, aprender inglés y vivir experiencias como las de la película El graduado o Woodstock, las cuales pudimos ver porque Gustavo trabajaba en la Cineteca; esta última fue censurada y se exhibió en México años más tarde. Además, mi madre había recibido una carta del gobierno en la que se nos informaba que debíamos hacer nuestro servicio militar o podríamos perder la ciudadanía.

La despedida fue triste; nunca había visto a Gustavo llorar como ese día. Jorge y yo llenábamos el vacío de la paternidad, de enseñarnos e inculcarnos un compás moral que aún seguimos. Para él, éramos los hijos que abandonaban el nido, y con las alas que nos había dado, podíamos volar libres. Tanto Rosita como él habían decidido y prometido nunca tener hijos; promesa que Gustavo rompería.

Cuando llegamos a Los Ángeles, el sábado 29 de agosto de 1970, nos despertamos con la noticia de la Marcha Chicana. En las noticias de la televisión, se veía cómo la policía agredía brutalmente a familias con niños. Aquella marcha protestaba contra la guerra en Vietnam, y fue convocada para congregarse en el Parque Laguna. Ese día asesinaron a Rubén Salazar, un periodista chicano que publicaba sus artículos en contra de la invasión y defendía los derechos de los mexicoamericanos en el periódico Los Ángeles Times. La primera carta de Gustavo incluía todos los encabezados de los periódicos mexicanos, los cuales expresaban la indignación de aquellos días. En honor de ese líder, el parque lleva su nombre.

En el verano de 1972, Jorge y yo nos graduamos de Belmont High School. Por supuesto, fuimos a varios conciertos de rock y marchamos contra la guerra en Vietnam; quemamos nuestra cartilla militar en señal de protesta. Yo compré mi primera moto, una Honda 350, y Jorge manejaría un Mustang del 69. Los viernes paseábamos por Hollywood Boulevard, donde comprábamos discos. Nos uníamos a la comunidad hippie, íbamos al cine y llevábamos el pelo largo, con pantalones de campana y camisas de cuello largo y estampados floreados. Todo esto lo hacíamos juntos. Sin embargo, ese año todo cambiaría.

Jorge continuó sus estudios en Northrise University, donde terminó su carrera y se graduó en Periodismo. Yo admití el sufrimiento que me causaba la dislexia. La conversación interior que mantenía me decía que si continuaba yendo a la universidad no podría soportar la exigencia académica. A pesar de haberme graduado con honores y recibido una beca para la Pepperdine University, la cual había conseguido gracias a que mi maestra de arte vio que yo tenía una fuerte pasión por la pintura y había ganado premios importantes, tanto locales como estatales. Ese verano, me senté a platicar con mi mamá y le comuniqué que no pensaba continuar yendo a la universidad. Ella, preocupada, me preguntó: “¿Y qué piensas hacer?”. Yo le contesté que quería ser pintor, que quería ser como Picasso. Hablé por teléfono con Rosita y Gustavo, quienes me invitaron a vivir con ellos.

Al final del verano de 1972 regresé a México; tenía 18 años. Comencé a trabajar en Equipo Creativo, una oficina donde se diseñaba la revista Siete y las portadas para la Colección Sepsetentas, donde Gustavo fue uno de sus creadores. De vez en cuando, hacíamos carteles publicitarios. Por las mañanas, salíamos muy temprano para ir a la UNAM. Su vocación docente era, en esencia, un diálogo permanente que enriquecía a todos los que compartimos ese camino con él.

Para entonces, Gustavo ya tenía un automóvil y, económicamente, estaban muy bien. Los muebles de corte colonial combinaban perfectamente con los nuevos muebles modernos de reconocidos diseñadores. El departamento, que originalmente tenía dos recámaras, se transformó en un espacio que ocupaba todo el tercer piso: se unieron dos departamentos al derribar la pared que los separaba. Quien desee conocer cómo era su departamento, puede consultar el video realizado por José Luis Sainz, su hermano; disponible en YouTube.

Tuve el privilegio de estar presente y disfrutar del proceso creativo de La Princesa del Palacio de Hierro como de Compadre Lobo. Ser testigo de la gestación de estas obras me permitió comprender la pasión, esfuerzo y dedicación que Gustavo le imprimía a cada proyecto. Más allá de la técnica y el talento, lo que más me marcó fue la atmósfera de colaboración y entusiasmo que siempre fomentó, como invitar a amigos pintores para ilustrar sus novelas. Gustavo me dio la oportunidad de incluir uno de mis cuadros en la primera edición de La Princesa del Palacio de Hierro y fue incluido en la exposición de la galería “G de A” con motivo de su publicación. Estas experiencias enriquecieron mi visión artística y fortalecieron mi admiración por Gustavo como creador y ser humano, al mostrarme el valor de la creatividad compartida y el impacto positivo de trabajar en comunidad.

Cuatro años más tarde de mi llegada a México, renté un departamento en Antonio Caso, a una cuadra del parque de La Madre. Para entonces, la revista Siete había perdido el apoyo económico de la Secretaría de Educación Pública, y tuvimos que cerrar. Mi comunicación con Gustavo comenzó a ser únicamente por teléfono.

Un día, en 1974 o 75 fui al departamento de Río Nazas. Fue entonces cuando me enteré de que Gustavo y Rosita se estaban divorciando. Gustavo fue un poco cortante y me dijo que sería mejor que dejara de llamarlo. Me sentí confuso y herido porque yo lo consideraba como mi padre. Observé que estaba cerrada la puerta que conectaba a los dos departamentos. Sin decir palabra, me fui. Y toqué la puerta del otro departamento; Rosita me abrió.

Al poco tiempo, Alfonso Tovar, director artístico de la revista Eros —cuyo último número apareció en noviembre de 1975; tanto la versión estadunidense como la mexicana fueron censuradas y solo se publicaron unos cuantos números—, me contrató como diseñador. Fue en esas oficinas, de Río Neva 46, donde vi a Gustavo por última vez antes de que yo emigrara a Estados Unidos, nuevamente.

Al cierre de la publicación, Alfonso y yo decidimos abrir una oficina de diseño y publicidad. Pensábamos que podríamos atraer varios clientes; incluso, obtener algunos contratos con el gobierno. Durante los primeros meses la pasamos mal económicamente, aunque poco a poco comenzamos a estabilizarnos.

Un día, Alfonso recibió una llamada de Vicente Leñero, quien le informó que tenían un nuevo proyecto y lo invitaba a dirigir el departamento de arte. Nos encargó el diseño del logotipo de la revista Proceso. Recordé que, en Estados Unidos, yo compraba una revista deportiva de futbol americano, PRO! La tipografía del título lo utilicé como referencia e inspiración para diseñar las letras del logotipo.

Posteriormente, Alfonso recreó el contorno de las letras en papel, sobre una cartulina blanca, que después iluminaríamos y fotografiaríamos, generando sombras para darles volumen. Si mal no recuerdo, el tema de la primera portada aludía al “flote” del peso, imagen que también fotografiamos sobre un fondo blanco.

Así fue como, sin recibir crédito alguno, diseñé el logotipo de la revista Proceso, cuyo primer número salió a la venta en noviembre de 1976.

Regresé a Los Ángeles a finales de 1976, ya casado con Lorena, quien estaba a punto de dar a luz a mi primer hijo, y sin un quinto. La vida de pintor no me daba ni para comer. Fue entonces cuando recordé a Sergio Aragonés, a quien había conocido en Río Nazas; yo lo admiraba mucho. Me comuniqué con él, estaba muy bien asentado en Los Ángeles. Me dio el nombre de Tony Seiniger, dueño de una agencia de publicidad que creaba campañas para promover el cine de Hollywood. Así fue como comencé mi carrera de diseñador y publicista. Posteriormente fundé mi propia agencia de publicidad.

Para algunos, la vida transcurre desde el nacimiento hasta la muerte sin muchos percances. Esa vida no me tocó a mí. He atravesado episodios en los que, a veces, morir parecía el único alivio ante la profunda tristeza que me provocó la muerte violenta de mi primogénito. Sin embargo, cada recuerdo reforzaba la necesidad de evocar y revivir. Esa memoria se convirtió en la fuerza que me permitió continuar en lo que llamamos estar vivos. En los días más difíciles, comprendí que necesitaba llenar mis venas de un aire nuevo, renovar mi visión y encontrar esperanza para el futuro.

Decidí comunicarme con las personas que habían tocado mi vida. No sé cómo logré obtener el número de teléfono de Gustavo, de quien sabía que se había casado, tenía dos hijos, había tenido problemas en México, se había mudado a Nuevo México e impartido clases en la universidad de esa ciudad. Posteriormente, se trasladó a Bloomington, Indiana, donde era profesor en el Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Indiana. Marqué y una mujer me respondió. Cuando pregunté si podía comunicarme con Gustavo; ella, en tono muy cortante, me preguntó quién hablaba. Al darle mi nombre, con actitud poco amistosa, me dijo que yo no era nada para él y que dejara de buscarlo. Y me colgó. Deduje que era su nueva esposa.

No puedo entender que, sin conocerme, pudiera despreciarme solo por ser hermano de Rosita. Dejé pasar unos días y marqué de nuevo. Cuando oí la voz de Gustavo, me identifiqué. A partir de esa conversación telefónica pudimos restablecer una amistad fundada en el amor, respeto y recuerdos.

Años después, tuve la oportunidad de visitar a Gustavo en Bloomington. Vivía con su novia, Laura Rojas Herman. Me quedé con ellos un par de días. Sentí una profunda alegría dormir en el cuarto de huéspedes; fue como regresar a mi infancia. Pude ver a Gustavo feliz de tener una pareja que lo apoyaba y lo quería. El motivo principal de mi visita era entregarle mi pequeño libro infantil, el cual escribí e ilustré en español e inglés. Su creación me ayudó a sobrellevar la tristeza de la pérdida de mi hijo.

De regreso a Los Ángeles, Gustavo y yo comenzamos a tener una comunicación frecuente, por teléfono; yo le llamaba dos veces por semana, cuando menos. Cuando Laura y él terminaron su relación, sentí que le había afectado mucho. Me contaba que su día consistía en levantarse, comer un poco de cereal y sentarse a ver películas. Tenía toda una lista de las películas que había visto. Le maravillaba tener tanto material disponible en la televisión. Me comentó que casi no salía y que sus hijos solo lo visitaban de vez en cuando.

También me mencionó sus planes de abrir el Centro Gustavo Sainz en Saltillo, donde donaría toda su biblioteca y ya estaban buscando una casa colonial para instalarlo. Me pidió ayuda para buscar una mudanza que pudiera ir a Bloomington y a la bodega en Nuevo México, para trasladar todos los libros y llevarlos a Saltillo. Le pregunté si estaba escribiendo algo, y me respondió que, por el momento, lo único que hacía era tomar nota de lo que vivía día a día y plasmarlo en su diario.

Un día, muy preocupado, me comentó que no entendía cuál era el problema con su bodega en Nuevo México. Había recibido una carta informándole que, durante cuatro meses, no se había recibido el pago. Me pidió ayuda y me proporcionó el teléfono de contacto. Llamé de inmediato y me confirmaron que, efectivamente, no habían recibido el pago, pero que la dueña había decidido no hacer nada, pues: “El señor Sainz ha sido un cliente de muchos años y no harían nada hasta saber algo de él”. Le aseguré que todo se pagaría, y así lo hice; le di las gracias y dejé mi información. Ella me dijo que sería conveniente que Gustavo me autorizara, formalmente, como la única persona con permiso para abrir la bodega o para ser informado si el pago mensual no se había realizado. Gustavo aceptó sin ningún inconveniente.

Este episodio me puso a pensar y preocuparme cómo cubría sus gastos. Porque ya sabía que el dinero no le importaba mucho. Como si el cajón del dinero en el departamento en Río Nazas estuviera siempre lleno. Su desinterés por lo económico me lo trasmitió. Me comentó que tenía una cuenta de cheques donde recibía su pensión de la universidad y que le llegaban regalías de sus libros, que no me preocupara. En ese tiempo, yo ya estaba recibiendo mi pensión gubernamental, así que le pregunté a Gustavo si él ya había solicitado la suya. Me respondió que no, pero que en realidad no la necesitaba. Le expliqué que ese dinero se lo habían estado descontado desde el día que comenzó a trabajar en Estados Unidos. Le comenté que podía acudir a las oficinas de esa dependencia, que estaban a unas cuantas cuadras de su departamento, y que ahí podrían asistirlo.

Me aseguró que lo haría. Incluso le mandé un mapa con las direcciones para llegar a la oficina y le sugerí que pidiera a uno de sus hijos que lo acompañara, pero tampoco lo hizo.

Finalmente, le pedí su número de su Social Security, el nombre de su banco, el número de cuenta y el nombre que aparecía en su tarjeta del Social Security. Con estos datos, llamé a la oficina; afortunadamente, una señorita muy amable entendió la situación. Me dijo que yo no podía hacer el trámite directamente, pero que podía marcar al número telefónico de Gustavo y tener una conferencia entre los tres.

Cuando contestó Gustavo, la señorita comenzó a hacerle preguntas en inglés. Yo la interrumpí y le sugerí hablarle en español; ella aceptó y entonces le expliqué a Gustavo lo que estábamos haciendo. Cuando la señorita me dijo que ya tenía todo lo que necesitaba, nos informó que en un mes recibiría su cheque. Le pregunté si el pago comenzaba desde ese día o desde que se había jubilado. Ella me respondió que sería retroactivo, en un solo cheque. Gustavo ya tenía como cuatro años jubilado; recibiría una pensión de $2 500 dólares mensuales. Así que habrá recibido un cheque por $120,000 dólares. Semanas después, en una de nuestras llamadas, Gustavo me comentó que con ese dinero se había comprado una casa.

Sin embargo, la conversación no giraba únicamente en torno a él. Su interés genuino por saber cómo me encontraba era evidente. Le compartí que me estaba reencontrando conmigo mismo, que había sido un proceso doloroso divorciarme de Melinda, mi segunda esposa, con quien tuve a mi hija Zoé y a mi hijo Miles, quienes también habían sentido la pérdida de su hermano Fernando. Poco a poco, sin embargo, estábamos saliendo de ese túnel de depresión.

Le conté que estaba pintando y que volvía a experimentar esa felicidad que sentía cuando pasaba las noches pintando en la azotea de Río Nazas, donde tenía mi estudio. De vez en cuando me llamaban para trabajar en campañas publicitarias, aunque ya solo lo hacía por el dinero. También le mencioné que, ocasionalmente, salía a cenar con amigas y pasábamos un buen rato, pero que no deseaba entablar una relación más estable.

En una de esas conversaciones, me invitó a que lo acompañara a la Feria del Libro de Guadalajara; acepté de inmediato. Tuve el privilegio de caminar con él, en dos ocasiones, por los pasillos de libros y presenciar su reencuentro con amigos, editores y escritores, y la enorme cantidad de exalumnos de la UNAM. Fue muy impresionante y conmovedor ver que Myrna Ortega, una de sus exalumnas, pudo organizar lo que sería la última conferencia de su vida. Para entonces, ya me había dado cuenta de que tenía problemas de memoria. Esa noche, en el cuarto del hotel, antes de la conferencia, me confesó que se sentía un poco preocupado por presentarse sin tener nada preparado. Le dije que todo saldría bien y que hablara de su vida. Todo marchó muy bien.

En esa última ocasión, llegó Alejandra Peat, una mujer muy bonita y con mucho espíritu emprendedor. Ella era la persona que estaba detrás de la idea de llevar adelante el proyecto Saltillo. Desafortunadamente, el capital y el respaldo económico nunca se concretaron.

La última noche que pasamos juntos, observé que a veces me repetía lo que me acababa de decir; además, no sabía dónde estábamos y, de repente, tomaba libros que no pagaba. No me quedó más remedio que confrontarlo y mencionarle lo que había notado, y le dije que debíamos actuar pronto para obtener un diagnóstico y tratamiento. Le ofrecí que viniera a Los Ángeles a vivir conmigo, ya que mi hermano Miguel era uno de los gerentes financieros del hospital de UCLA y, con su ayuda, podríamos conseguir una cita médica. Además, le aseguré que yo me encargaría de todo.

Me contestó que él sentía que algo andaba mal, pero que primero debía regresar a Bloomington a resolver unas cosas y que me avisaría cuándo podría venir conmigo. Después de esa conversación, lo vi como lo había visto toda la semana y todos los años que viví con él: antes de dormirse, abría su diario y comenzaba a escribir, lo que podía recordar de los eventos del día.

Gustavo nunca llegó a Los Ángeles, ya que dejó de contestar el teléfono. Angustiado, le mandé una carta, pero no obtuve respuesta; decidí entonces enviar una postal a su hijo Claudio, tampoco hubo respuesta. Finalmente, Laura Rojas fue quien me llamó para informarme de su muerte.

Unas cuentas semanas después, recibí una llamada de la bodega de Nuevo México donde me comunicaron que su exesposa y su hijo habían llegado con un camión y se habían llevado todo.

Admito, sin duda alguna, que la influencia de Gustavo fue —y sigue siendo— el compás moral que me dio la claridad para vivir, crear, reír y atreverme a buscar al sol en días grises. Nunca pude decirle cuánto me alegra seguir creando en la pintura, escultura y escritura. Tampoco alcancé a comentarle que he encontrado una felicidad inmensa con mi nueva pareja, Jennifer Holscher, a quien el destino me unió y que, por esas vueltas de la vida, me trajo a Vincennes, Indiana: una ciudad pequeña que está, literalmente, a una hora y 45 minutos de Bloomington, donde él vivía.

Al final, el destino le dio a Gustavo un garabato que no pudo descifrar. Una ironía absolutamente cruel porque toda su vida usó palabras que enlazaba para formar oraciones, las cuales creaban párrafos que se convertían en novelas. Hasta que un día se le olvidó escribir nuevos capítulos en su vida.

Este texto forma parte de un libro en preparación con testimonios sobre Gustavo Sainz, compilado y editado por Josefina Estrada.
AQ / MCB
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