La primera vez que nos vimos (pero no hablamos) fue en el madrileño Círculo de Bellas Artes. Era la primavera de 2003 y, al final de un diálogo entre Elvira Lindo y Xavier Velasco sobre Diablo Guardián, novela galardonada ese año con el Premio Alfaguara, comenzaron a formarse los corrillos típicos de los actos literarios. A él lo vi a lo lejos, con una grabadora del tamaño de un tabique, haciéndole preguntas al escritor Arturo Pérez-Reverte. Una norma periodística no escrita dice que cuando un reportero está solo teniendo una conversación con un personaje es “su entrevista” y los demás hemos de respetarlo. Pero si hay más de un periodista preguntando en torno a alguien, entonces se trata de un “chacaleo” (una palabreja carroñera que designa la aglomeración de reporteros alrededor de una persona pública para entrevistarlo de forma apresurada y desordenada).
Otra periodista, sin embargo, se pasó por el arco del triunfo el código profesional y no tardó en “unirse” a la conversación. Encendió su grabadora y poco le faltó para metérsela en la boca al autor de La Reina del Sur. Yo me di cuenta enseguida, me dije a mí mismo: “esto ya es chacaleo” y unos cuantos pasos después ya estaba junto a ellos con mi grabadora, captando las declaraciones del entonces recién elegido académico de la lengua. Al instante noté cómo los ojos del periodista que comenzó la entrevista improvisada se clavaron en mí, afilados y reprobatorios, pero al final no me reclamó nada.
Unos meses después, ahora en el mexicano Palacio de Bellas Artes, al término de una mesa redonda sobre los suplementos culturales, en donde él había contado las características del recién nacido Laberinto, me le acerqué para ofrecerle una entrevista que le acababa de hacer al poeta Rubén Bonifaz Nuño. Durante unos segundos se me quedó viendo, tal vez recordando mi insolencia en Madrid, aunque no hizo alguna alusión al respecto, y se limitó a compadecerse de un muchachillo en busca de una oportunidad.
Le mandé el texto y un día después me respondió: “¿puedes venir mañana a la redacción de MILENIO?”. Fui a una casona de la colonia Tabacalera (una redacción que, francamente, me decepcionó porque no se parecía en nada a las diáfanas y enormes instalaciones de los periódicos que yo había visto en las películas) y subí a su despacho, cuya decoración sí me encantó. Recuerdo una foto en la que estaba él, con una abundante melena ochentera, brindando con Gabriel García Márquez, y una estupenda caricatura, también de él, que, cómo no, destacaba ese melenón de tiempos sicodélicos. Me dijo: “vamos a publicar tu entrevista el próximo sábado, cuando puedas me pasas tu recibo. Y me gustaría que me mandaras más cosas”. ¿Un recibo?, le pregunté sorprendido. Entonces me dio la primera de muchas lecciones: “claro, acostúmbrate a cobrar siempre por tu trabajo”. Salí de ahí chapoteando en un charco de felicidad: iba a publicar en un periódico de a de veras, iba cobrar por ello y, lo más importante, ya tenía un mentor.
Su aspecto era (es) muy serio, pero enseguida descubrí que, además de editar, escribía una extravagante columna, titulada “El Santo Oficio”, en la revista Milenio Semanal, en la que, bajo el hábito de un monje y desde la celda de un monasterio, dirigía sus comentarios y reflexiones, ilustradas con mujeres de cuerpos esculturales y escasos de ropa, a sus queridos cinco lectores.
Veintitrés años después no se ha librado de mí y me acordé de todo eso al enterarme de que este año el “Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez” es para él, José Luis Martínez S.
La disciplina, vocación, pasión y entrega de José Luis han guiado a los equipos y colaboradores de las publicaciones por las que ha pasado. Además, desde hace más de dos décadas dirige Laberinto, uno de los pocos suplementos culturales vigentes en el país, y durante todo ese tiempo su generosidad, profesionalismo y calidad humana han sido determinantes para gente como yo (y otros tantos). Sepan, por cierto, que es “una especie en extinción”, un editor elegante y exquisito que, cuando es un jíbaro, hace cortes de cirujano y no de carnicero y que, como decía Walter Benjamin, es un acompañante, un “segundo cerebro” de sus colaboradores que tiene la capacidad de ser a la vez autor y lector, alguien que describe y prescribe (algo, ahora, dificilísimo de encontrar en cualquier medio). Por eso ya era hora de que añadieran el nombre de José Luis Martínez S. a la distinguida lista de periodistas culturales homenajeados en la FIL de Guadalajara.
AQ / MCB