Los signos de puntuación y escritura se usan como se pueda, se quiera o se entienda. Algunas personas lo hacen bien; muchas otras, mal, pero casi siempre hay una voluntad de acatar las formas de uso que llamamos correctas. No son adornos tipográficos sino funciones para articular el entendimiento. Todos son signos con usos gramaticales específicos...
Pero están las comillas que, de suyo, cumplen varias funciones, como lo dice el artículo correspondiente del Diccionario panhispánico de dudas. Sin dejar de ser signos de puntuación, se han convertido en un universo de sobreentendidos, silencios, énfasis, burlas que hace tiempo trascendió la escritura y la tipografía para ocupar un lugar en la mímica de quien mueve dos deditos como si escribiera sobre el aire, como si lo punteara. No me voy a ocupar de esas maneras de farmear el aura.
Las comillas tienen varias funciones lingüísticas (reproducción, denominación, señalamiento…) y algunas otras metalingüísticas (distinguir entre una palabra usada como vehículo y otra, usada como objeto, cosa que tanto gusta a los filósofos modernos). La primera es la reproducción de una cita textual, un diálogo, un pensamiento; fue su función primera. Aristarco de Samotracia, en el siglo II a. C., utilizó un signo que llamó diple; lo escribía en forma de punta de flecha: > , y lo colocaba en el margen izquierdo del texto para señalar un pasaje digno de atención: una variante, un lugar disputado, un verso que merecía comentario.
En la cristiandad y su Medievo hubo distintos modos de distinguir lo que se dice y lo que se cita. Isidoro de Sevilla, en las Etimologías (I, 21, 13), describe la diple como figura que ponen los escribas eclesiásticos “para distinguir o demostrar los testimonios de las Santas Escrituras”. La función es de autoridad: esto no es mío; esto es la Escritura. La demarcación entre lo humano y lo sacro se hacía con los signos angulares de la diple. Siempre cita, como si las diples defendieran la sacralidad, preservándola de las palabras profanas de la gente escribidora.
Hacia la segunda mitad del siglo XVI, con la imprenta, se da un cambio importante en el uso y una división de preferencias. El cambio: las comillas van dejando de ser signos puestos junto al texto, en el margen, para colocarse en el texto. En el siglo XVIII quedan ya como las conocemos nosotros. La división: buena parte de la Europa continental sigue prefiriendo las comillas angulares (« »), mientras los impresores anglosajones eligen las curvas y sobreescritas (“ ”). Ganaron ellos porque hoy escribimos en computadoras; los signos de las comillas de dos grafos, rectas o curvas, sobreescritas son muy fáciles de teclear y no conozco a nadie que sepa el ferrocarril de teclas requerido para poner las comillas angulares. Existen («aquí están»), pero hay que ir al visor del teclado. Sin embargo, la Academia insiste en que la jerarquía correcta y anidación es, en orden: angulares, curvas, curva singular. Así: « “ ‘ ’ ” ».
Este signo doble sirve para introducir y delimitar un segundo discurso que se inserta en el primero. El problema es que el signo lingüístico se convierte en un signo semiótico; es decir, deja de atribuir y empieza a opinar: gestos, sobreentendidos, énfasis, burla… y depende de que el lector comparta con el autor un código cultural complejo.
Pero no es el mismo uso, por ejemplo, en: “el ‘honesto’ presidente”, que el letrero del mercado: “Pescado ‘fresco’”. Las primeras comillas refutan; las segundas, subrayan. La Academia, por cierto, admite el primer uso como “sentido irónico o especial”, pero desautoriza el segundo, cuyo objetivo es como decirle al lector: “sí, mira. Es en serio”. Es el mismo signo: unas veces dice: “no es verdad”; otras: “es más verdad”.
Convengamos en que el uso de las comillas como énfasis es ingenuo y da un poco de lástima, por más que sea mucho más cercano al sentido original de Isidoro de Sevilla. Pero no es la única inversión. El diccionario inglés de Oxford, incluye las scare quotes, que, según Keith Houston (Shady Characters. The Secret Life Punctuation, Symbols, and Other Typographical Marks), parecen convertir las comillas en una suerte de tenazas para citar algo sin ensuciarse las manos.
Citar y refutar, ensalzar y satirizar. Las comillas no dicen: tocan o trastocan el sentido de lo dicho. Al verlas, uno piensa en atribuciones precisas. Y esa sospecha de precisión las vuelve ambiguas.
AQ / MCB