Cultura

Renoir: amor es belleza

Poesía en segundos

Renoir construyó una pintura cargada de deseo, gestos y significados psicológicos que hoy pueden ofrecer nuevas formas de mirar la belleza.

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Del mismo modo que Rafael Sanzio ocupa un lugar en el gusto moderno, si no secundario —no puede serlo de ningún modo, dada su relevancia histórica-estética—, sí fuera del foco principal de la atención crítica, Pierre-Auguste Renoir también es un creador que no aparece con frecuencia relacionado con las formas más consideradas y atractivas del arte contemporáneo. ¿Por qué uno y otro pintor han evolucionado hacia una zona periférica del interés general? El efecto, intenso e inmediato de hermosura que producen sus obras, ¿juega un papel contraproducente? El clima suave, colmado de afabilidad y casi floral de sus cuadros, ¿resulta incomprensible en nuestro tiempo? ¿Hay en ellos una bonhomía insoportable? ¿Carecen, de manera absoluta, de oscuridad? ¿Para nosotros, a fin de cuentas, hijos de La tierra baldía, son fastidiosamente armónicos y mansos? ¿La belleza y la alegría espontánea están descartadas? ¿No tenemos forma de volver de un modo legítimo a ellas?

En la recientemente clausurada exposición Renoir y el amor (Museo de Orsay, 17 de marzo-19 de julio de 2026) podíamos encontrar una parte de los más significativos cuadros del pintor francés. Sin embargo, el curador puso el acento en las obras en las que nos muestra una aproximación psicológica al deseo, al amor y al color. En los cuadros más importantes de esta colección, lo que hallamos es un juego de gestos e intenciones en acción recíproca, revelados por tonos cálidos y trazos breves. Al destacar los cuadros con un evidente sentido subjetivo, en contraste con el objetivismo impresionista, el curador sugiere lo que puede hacer de Renoir un autor más relevante para la mirada contemporánea. Así, casi desde el principio, en el cuadro Mother Anthony’s tavern, todas las acciones en suspenso reflexivo (miradas fijas, manos detenidas, la copa en el aire entre los dedos del personaje principal —que no vemos— e, incluso, la vista concentrada del perro que mira hacia nosotros, como en el cuadro de Velázquez el pintor ve hacia afuera) constituyen un momento de atención plena, cargada de sentido. Los colores oscuros de la ropa acentúan la cavilación del momento y la blancura pura del mantel, por un lado, y la nieve amarillenta del delantal y el sombrero, por otro, establecen un punto luminoso que nos hace volver a ver, inevitablemente, las caras llenas de significado y descubrir, aunque permanezca de espaldas a nosotros, el rostro oculto del hombre que habla. Lo mismo ocurre en el cuadro The Swing, en la pareja de mujeres de Confidence, pero sobre todo en Dance at Bougival, en Dance at the Moulin de la Galette y en Luncheon of the Boating. La dispersión de la luz en las festivas escenas, sostenidas por el blanco de plomo y el azul cobalto (colores esenciales en la paleta de Renoir), exhiben el juego mágico de los ojos y de los movimientos del cuerpo en el impulso del deseo. Aunque en ciertas formas del arte contemporáneo la capacidad dramática, simbólica y psicológica ha sido abandonada, ¿en la pintura de nuestros días podríamos ver resurgir la idea del amor y del color que observamos en Renoir? Quién sabe, pero el Museo de Orsay, con la reciente exposición, propuso de modo decidido una reactualización de nuestra lectura del pintor francés.

AQ / MCB

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Víctor Manuel Mendiola
  • Víctor Manuel Mendiola
  • Víctor Manuel Mendiola, poeta, ensayista y editor, dirige desde hace cuarenta años Ediciones El Tucán de Virginia. Ha publicado Tan oro y ogro (poesía) y El surrealismo de Piedra de sol (ensayo).
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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