“¿Quién es Ella Fitzgerald?”, se pregunta el periodista y escritor Eric Felten en The Wall Street Journal. Y ensaya algunas respuestas contenidas en otras interrogaciones: “¿La joven cuya prístina vocecilla emergía en cursis canciones infantiles o acaso la más poderosa voz de la Gran Cantante Americana, de impecable dicción y entonación e infalible afinación? ¿La incondicional apologista del swing a lomos de un groove hechizante servido por Chick Weeb o Louis Armstrong, cuando no por Duke Ellington, o la feroz bebopper y primera espada del scat negociando las cambiantes armonías de Dizzy Gillespie? ¿Acaso todo lo anterior y muchas otras cosas más? La cantante de jazz que, muy posiblemente, fuera la más grande ha sido también la más desconocida… hasta hoy”.
Eric Felten escribe bajo el influjo de Ella Fitzgerald. La cantante de jazz que transformó la canción norteamericana (Libros del Kultrum, 2024), la monumental biografía elaborada por la historiadora y musicóloga estadunidense Judith Tick, una de las mayores especialistas en la participación de las mujeres —sobre todo de su país— en la música. Son más de 500 páginas que recogen una investigación de diez años siguiendo todas las pistas sobre la cantante que nació el 25 de abril de 1917 en Newport News, Virginia, y murió hace casi treinta años, el 15 de junio de 1996 en su casa de Beverly Hills, en Los Ángeles, California.
La vida familiar y profesional de Ella, su infancia pobre en Yonkers (Nueva York), la muerte de su madre, el año que pasó en el reformatorio, “institución donde pese a ser víctima de toda suerte de abusos, empezó a destacar en su reputado coro y a soñar también en probar suerte como bailarina”. Su llegada a la orquesta de Chick Webb, donde al fallecimiento de éste ella asumió el mando durante casi dos años, sus primeras grabaciones, y el éxito que le garantizaban todos aquellos que la escuchaban embelesados, entre quienes se encontraban otros músicos y cantantes.
En 1963, cuando estaba en la cumbre con sus discos y conciertos dentro y fuera de Estados Unidos, un amigo, el disc-jockey Fred Robbins, le preguntó sobre su éxito en todos los lugares donde se presentaba. Respondió con los pies en la tierra, sin falsa modestia: “No creo que nadie llegue nunca a la cima por completo, porque no creo que haya nadie que realmente esté siempre en buena forma. Cualquier cantante puede resfriarse, ponerse nervioso cuando otro compañero de la canción entra a la sala o interpretar mal el sentimiento del público”.
En la misma entrevista habló del racismo en Norteamérica, no le gustaba hablar de política, pero lo hizo con gran sensibilidad. “Te hace sentir tan mal pensar que no podemos ir a ciertas partes del Sur y dar un concierto como hacemos en el extranjero y que todo el mundo sencillamente venga a escuchar la música, a disfrutar del espectáculo y a sentarse y gozar de los unos a los otros debido a los prejuicios que existen”, dijo convencida.
“La Reina del Jazz”, como también era conocida era renuente a las etiquetas, a quedarse en el pasado, atrapada por la nostalgia, por eso apreciaba las nuevas tendencias, se interesaba por lo que estuchaban por los jóvenes e interpretó baladas, rock y otros géneros.
En un momento determinado, en la segunda parte de los sesenta, sus discos dejaron de venderse, su disquera no le renovó su contrato, pero ella siguió adelante, renovándose siempre, fiel a su espíritu. “Ella es genial”, dijo en alguna ocasión John Lennon. “Me llevó años, no podía entender lo que a la gente le gustaba de ella. Y entonces escuché uno de sus discos y pensé que era genial”. Tan genial que Ella introdujo en su repertorio “A Hard Day’s Night”, uno de los mayores éxitos de los Beatles.
Ella siguió adelante, en Francia la veneraban y Michel Berger le dedicó la canción “Ella, elle l’a”, que dice en una de sus estrofas:
La alegría es como Ella
Es toda la historia completa
de los negros
que baila un swing
entre el amor y la desesperación.
Murió en su casa, un viernes, rodeada de su familia; tuvo un sepelio privado en North Whittier Drive, “seguido de un cortejo hasta el cementerio de Inglewood Park”. Oscar Peterson supo la noticia de su muerte cuando le llamó Norman Granz y solo pudo decirle: “Se ha ido”.
AQ / MCB