Cultura

“El boxeo femenino, una historia a contracorriente”: Marina Porcelli

Al margen

La autora de ‘Boxeadoras’ destaca la presencia de mujeres en una disciplina de la que largo tiempo fueron invisibilizadas por prejuicios y una prensa deportiva misógina.

Marina Porcelli (Buenos Aires, 1978) es narradora y ensayista, ha radicado en México y es autora, entre otros libros, de Ciudad en dos, El tranvía que no paraba nunca. Crímenes, fantasmas y pesadillas y De la noche rota. Algunos de sus cuentos y ensayos han sido traducidos al inglés, alemán y chino. En 2024 recibió el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos por Ox (de la ansiedad). Desde hace muchos años escribe sobre boxeo, especializándose en la presencia de mujeres en esta disciplina que ha dado como resultado una columna sobre el tema en Playboy México, su participación en el colectivo que publica Fanzine de Boxeadoras. Boxeo femenil México-Argentina y el libro Boxeadoras (edición de la autora, 2025), que es el motivo de esta entrevista.

Escribe que su interés por el boxeo comenzó, antes de cumplir veinte años, con la lectura de la novela La balada del café triste y del cuento “Un pedazo de carne” (en México fue traducido como “Por un bistec”). ¿Cómo fue ese proceso? ¿Nunca abandonó su afición?

El primer recuerdo que tengo fue una tarde en la que pasé por el comedor de la casa de mis padres y estaba prendida la televisión: yo debía tener 13 o 14 años, y estaban pasando una pelea de boxeo. Era una pelea muy violenta, en Canal 9. Estábamos en la Argentina de los años 90, y esa época hubo una explosión muy fuerte de boxeo. Aparecieron muchos peleadores, se hicieron relatos épicos. No recuerdo bien qué fue lo que vi: pero tuve la impresión de que ahí pasaba algo que a mí me interesaba. Después, a los 20 años, leí esos libros que vos señalás y me impactaron muchísimo: siempre me interesó eso que el boxeo trae para decir, las historias de la gente anónima en gimnasios y clubes y sótanos y terrazas que lo practica, la narrativa sensible que está metida en las peleas. Ver las peleas y leer esas historias fue la puerta de entrada.

Afirma que la escritura tiene una deuda enorme con el boxeo femenino. ¿Cómo se inscribe su libro en este contexto? ¿Qué otros esfuerzos conoce para saldar esa deuda?

Una de las ideas centrales del libro es que “lo que se prohíbe viene sucediendo”. Quiero decir, nadie prohíbe algo que no sucede. El boxeo femenino en México se veta por decreto presidencial en los años 40; en Argentina, el argumento para que las mujeres no lo practiquen es que no existe reglamento para las damas. El caso es que hay prohibiciones explícitas y también prohibiciones tácitas: es muy común escuchar historias de mujeres que cuentan que los profes no las querían entrenar, o no les prestaban atención en los gimnasios, o no las dejaban entrar en los espacios, o se burlaban de ellas dentro y fuera de los clubes. En las escuelas, las desanimaban en las casas. Me refiero justamente a esta deuda de la escritura: a la tradición misógina en la prensa deportiva, en las instituciones, en la historia; el boxeo femenino se ha venido practicando en los márgenes de la historia del boxeo masculino, a contrapelo, como a contracorriente, existió y existe pero fue registrado de manera lateral, orillada. Esa deuda. De hecho, Lady Tyger, la púgil norteamericana, llega a decir, a mediados de los años 70, que “las boxeadoras están expuestas al mito de su no existencia”.

El libro traza, o intenta trazar, un recorrido posible de la historia del boxeo de mujeres. Que tiene a los nombres fundaciones de Elizabeth Wilkinson en Londres (1722), y después Helvecia Cheppi en Argentina (1926) y Margarita Montes, que nace en Mazatlán en 1907. Las boxeadoras sí existieron, la historia de las mujeres se narra de manera fragmentaria, y eso se distingue de la historia de los varones, que siempre se da y se escribe de forma plena. De lo que se trata, entonces, es de dar cuenta de ese registro. Por ejemplo, para marcar la complejidad de las fuentes del boxeo femenino, como aparecen los nombres de las mujeres. Aparecen los apellidos o los apellidos de casadas. Buscar a las boxeadoras en los márgenes de los relatos, como el caso de esa fotografía que apareció en un periódico español de los años 30, donde Luis Ángel Firpo, la licencia número uno masculina en Argentina, hace guantes con una mujer. Esa es una de las propuestas del libro.

Marina Porcelli, escritora argentina radicada en México, autora del libro ‘Boxeadoras’.
Marina Porcelli, escritora argentina radicada en México, autora de ‘Boxeadoras’. (Foto: Archivo MP)

¿Cómo observa la relación entre el boxeo femenino y su comercialización a través de los medios? ¿Cómo podrían las boxeadoras mejorar sus ingresos, siempre por debajo de los de los hombres?

Como dice la teórica mexicana Teresa Osorio Ochoa (ella, junto con Hortensia Moreno Esparza son las pioneras de estudios de boxeo de mujeres en el continente): la legalización del boxeo femenino no trajo un cambio radical en cómo se conciben los cuerpos de las mujeres. Vale decir, todavía predomina la concepción (en los gimnasios, entre directivos, entre lxs deportistas) de que el cuerpo de la mujer no es equivalente al del varón. No decimos que no haya diferencias, por supuesto, sino que los cuerpos están jerarquizados, y al cuerpo de la mujer se lo coloca siempre por debajo. Esto redunda en una serie de consecuencias: diferencias en la preparación, diferencias en lo que se cree que es la capacidad del cuerpo de la mujer, diferencias en los tiempos de combate, etcétera. Y, por supuesto, en la diferencia de bolsa. Hoy este tema se platica mucho en el ámbito boxístico. La diferencia de bolsa entre boxeadores y boxeadoras es inaceptable, entonces hay que gestionar cómo darle más promoción al box de mujeres, cómo hacer que “jale más gente”, como dicen acá. Mónica Dávila Arellano, boxeadora de la Ciudad de México, que ganó el campeonato de Guantes de Oro cuando era muy joven, me dijo cuando la entrevisté de manera remota: “Nosotras somos capaces de hacerlo y de demostrar que no hay ninguna diferencia que justifique la diferencia de paga”.

Ese es el punto central.

¿Cuáles fueron los hallazgos, las lecciones que encontró en sus conversaciones con boxeadoras que, además de deporte, asumen otros trabajos dentro y fuera de su casa?

La gran mayoría de las boxeadoras con las que conversé (en Argentina y en Ciudad de México), sobre todo acerca de los orígenes de su carrera, y ya muy adentrada la carrera, tienen su tiempo repartido entre el trabajo remunerado (el que les da de comer, digamos) y las horas de entrenamiento en el gimnasio. A eso hay que sumarle el tiempo requerido por las maternidad, en caso de que decidan tener hijxs.

Clara Lescurat, que es una peleadora magnífica, me comentaba cómo ella misma tuvo que ir forjándose la trayectoria de trabajo, que no hay un camino trazado para el desarrollo de esta mujer en la disciplina. Andrea Sánchez, la Cobrita, que tiene un boxeo súper agresivo, comentaba cómo el hecho de ser madre le cambió hasta el modo de concebir los golpes y las dinámicas de entrenamiento. Quiero aclarar: la maternidad no detiene la carrera de una boxeadora, la maternidad complejiza la carrera. Florencia Villalba y Nicole Morales, las dos hablaron de las diferencias que aparecen diariamente en los gimnasios a la hora de concebir a los varones que boxean y a las mujeres que boxean. Laura Escamilla, que es entrenadora en San Miguel de Allende, y trabaja en la gestión de torneos, puso mucho el acento en el involucramiento de las mujeres, no solo como boxeadoras, sino en todo el ámbito: que las mujeres sean entrenadoras, promotoras, traerá necesariamente un crecimiento positivo en el desarrollo de la disciplina. Y todas, a pesar de los puntos en que difieren, todas coinciden que es inaceptable la diferencia de bolsa.

Para que el boxeo se desarrolle tenemos que trabajar y acentuar políticas públicas, líneas de apoyo, subsidios a los y las deportistas, gestionar trayectorias donde el tiempo y el desarrollo de cada unx pueda alcanzar la excelencia deportiva. Y no funciona así en Argentina, donde el apoyo a trayectorias es muy errático. Y el comentario que sigue es de Clara Lescurat: ella cuenta cómo la preparación podía ser en condiciones precarias, pero después “todos te piden resultados”.

Boxeadoras, libro de Marina Porcelli
Portada de ‘Boxeadoras’, de Marina Porcelli. (edición de la autora, 2025)

¿Existe una boxeadora que le haya llamado especialmente la atención? ¿Quién y por qué?

Hay muchas historias en el boxeo, y es interesante qué se cuenta, qué se dice, qué se aprecia en cada pelea, o qué declara cada combatiente. Darle importancia a la palabra, aunque suene obvio. Qué narrativas operan y se activan a la hora de pensar la disciplina. Una de las conversaciones que más me impactó fue con Karen Carabajal, categoría súper pluma, cuando ella todavía entrenaba en el Almagro Boxing Club (después fundó, junto con Fernando Albelo, el Defensores de la Boca Boxing Club). Acá hago la aclaración de que todas las entrevistadas hacían sus prácticas en clubes de barrio, lugares míticos en Buenos Aires, como el club Comunicaciones o el Chacarita Juniors. El caso es que en septiembre del 2021, ya saliendo de la pandemia, conversé con Karen Carabajal, y ella contó que empezó a los 16 años. “Y que a mí, el boxeo, me permitió opinar”, así me dijo. Fue a partir del boxeo que ella pudo construir su identidad, ligada por supuesto al club de trabajo (“porque yo no subo sola al ring, me dijo también Karen, yo subo con todo mi equipo”) y estas dos claves, la importancia de la palabra y una idea colectiva, más comunitaria, de la práctica del boxeo se diferencian de cómo se venía narrando el boxeo masculino. Que, por ejemplo, siempre reivindicó la épica individual.

Pero el libro hubiera sido imposible, además, sin las fuentes orales. Sin el diálogo en los gimnasios con gente que sabe muchísimo sobre box, y tiene un caudal enorme de historias, como un recuerdo colectivo que preserva ciertas anécdotas y ciertas peleas, y que da cuenta de cómo, más allá de la palabra escrita, va forjándose desde hace más de cien años nuestro arte dulce de molerse los huesos a puñetazos.

Por último, ¿cuánto tiempo le llevó esta investigación y por qué eligió este formato de entrevista-ensayo para escribir el libro?

Suena un poco rimbombante, pero pienso que los libros se escriben con toda la vida encima, con todos los años que tenemos encima. Concretamente, el trabajo llevó siete años, de 2018 son las primeras notas, fue un ensayo largo que tenía el título de “Mirar peleas viejas es como leer”, porque justamente quería conectar esto de mirar peleas, la literatura histórica del box, y las conversaciones en los gimnasios con narrar historias. Y el debate entre género y boxeo, género y fuerza: qué ocurre cuando una mujer se corre de los moldes, de lo que la sociedad preestablece para ella: vale decir, qué pasa cuando las mujeres usan (usamos) la violencia y es una violencia regulada como la del boxeo. Eso necesariamente desestabiliza, borronea premisas de identidad, pone en cuestión: todo este material ensayístico, histórico, narrativo, de crónica, la hibridez de los géneros, siempre cercana a la oralidad, es la forma que encontré para escribir el libro. Que no es exhaustivo, ni académico. Busca la discusión sobre tópicos como deporte y mujeres y dar cuenta de las desigualdades, y así pensar opciones para el cambio. Además, por supuesto, la investigación no está terminada. Todavía hay muchos espacios que tienen historias para narrar.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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