M+.- Antes de una agresión hay señales. Antes de un abuso suele existir un proceso silencioso en el que pequeñas conductas dejan de cuestionarse hasta parecer normales. La violencia contra niñas, niños y adolescentes rara vez aparece de un día para otro. Se instala lentamente entre justificaciones, omisiones y prácticas que durante años se disfrazan de disciplina, formación o exigencia.
Para la criminóloga y criminalista Mercedes Rivas Méndez, el error más común consiste en creer que la violencia comienza cuando ocurre el hecho más grave. Desde la criminología preventiva, sostiene que toda crisis suele estar precedida por una cadena de advertencias que no fueron atendidas.
"La violencia no empieza cuando ocurre el delito; comienza cuando las primeras conductas dejan de sorprender", subraya a MILENIO la especialista en criminología preventiva, comportamiento humano, ética institucional y fortalecimiento organizacional.
La violencia se instala antes de los golpes
Ese proceso de normalización también aparece en la experiencia clínica del psicólogo Gabriel Rubio Badillo. A su juicio, la violencia rara vez inicia con una agresión física. Antes existe un periodo en el que ciertas conductas dejan de verse como incorrectas y empiezan a interpretarse como parte de la educación o de la formación del carácter.
"No necesariamente todos los adultos que hoy actúan con violencia tuvieron una historia de violencia física en su infancia", expone el terapeuta.
Sin embargo, explica que muchas personas crecieron en ambientes donde el maltrato, la humillación o la exigencia extrema fueron entendidos como formas normales de relación.
Desde esa perspectiva, la violencia no sólo puede reproducirse mediante los golpes. También se transmite a través de creencias profundamente arraigadas: pensar que imponer autoridad equivale a educar, que controlar significa formar o que el sufrimiento fortalece el carácter.
"Hay personas que piensan que esa manera de educar es la correcta porque es lo único que conocen", explica. Pero esa normalización no sólo transforma la conducta del adulto, también deja profundas huellas en quien la vive.
Cuando educar se convierte en violentar
Para la psicóloga Magda Rodríguez Gutiérrez, el punto de ruptura aparece cuando el adulto deja de reconocer al menor como un sujeto de derechos y comienza a verlo como alguien sobre quien puede ejercer control absoluto.
"Ese es uno de los mayores riesgos: creer que se está educando cuando en realidad se está violentando", expone la máster en psicología clínica.
Señala que la violencia psicológica suele ser la más difícil de identificar, precisamente porque no deja huellas visibles.
"Ignorar deliberadamente a un niño, ridiculizarlo frente a otras personas, retirarle el afecto como mecanismo de castigo, amenazarlo constantemente o hacerlo sentir incapaz también constituye una forma de maltrato".
Las consecuencias, advierte, trascienden el momento de la agresión. La autoestima, la seguridad, el desarrollo emocional, la capacidad para establecer relaciones de confianza e incluso el desempeño escolar pueden verse afectados durante años.
La obediencia también puede abrir la puerta al abuso
Y mientras el daño se instala en la víctima, también existen condiciones que permiten que la violencia permanezca.
Mercedes Rivas advierte que cualquier organización entra en una zona de riesgo cuando la obediencia se coloca por encima del criterio ético.
Cuando las personas dejan de preguntarse si una práctica es correcta y simplemente la reproducen porque "siempre se ha hecho así", aumenta la posibilidad de que conductas incompatibles con la dignidad humana terminen normalizándose.
Por ello, explica, el análisis no debe centrarse únicamente en quien agrede directamente.
"También es necesario revisar qué condiciones permitieron que esa conducta persistiera, quiénes conocían lo que estaba ocurriendo, por qué nadie intervino y qué mecanismos fallaron para impedir que la violencia escalara".
Ese razonamiento, agrega, también puede trasladarse a los espacios donde niñas, niños y adolescentes conviven diariamente. Detectar las primeras señales y actuar antes de que el problema crezca representa, en su opinión, la herramienta preventiva más eficaz.
El silencio también permite que la violencia continúe
Rubio Badillo coincide en que el problema deja de ser exclusivamente individual cuando una familia, una escuela o cualquier institución comienza a aceptar determinadas prácticas como parte de su funcionamiento cotidiano.
Es ahí donde aparece uno de los factores que considera más peligrosos: el silencio.
En los casos de violencia contra menores, afirma, no sólo debe analizarse a quien agrede directamente, sino también a quienes conocen la situación, la presencian y deciden no intervenir.
"La omisión puede convertirse en un factor que permite que el daño continúe".
Para Magda Rodríguez, ese silencio también modifica la forma en que el menor entiende su propia realidad.
Uno de los fenómenos que más preocupa a la especialista es la llamada indefensión aprendida. Cuando un niño o adolescente crece en un entorno donde la violencia forma parte de la vida cotidiana, puede llegar a asumir que ese trato es normal o incluso creer que lo merece, lo que dificulta reconocer el abuso, pedir ayuda o romper el ciclo.
Prevenir antes de que ocurra una tragedia
Los tres especialistas coinciden en un punto: la prevención comienza mucho antes de que ocurra una tragedia.
Frases como "a mí me educaron así", "la letra con sangre entra" o "es por su bien" reflejan una cultura donde, durante generaciones, el castigo físico y emocional llegó a confundirse con disciplina.
Sin embargo, advierten que establecer límites nunca debe implicar humillar, intimidar o violentar.
Gabriel Rubio enfatiza que haber crecido en un ambiente violento no condena a una persona a repetir esos patrones. Muchas logran romper el ciclo al reconocer el daño que vivieron y construir nuevas formas de relacionarse basadas en el respeto, el diálogo y la regulación emocional.
Rodríguez Gutiérrez sostiene que la autoridad puede ejercerse con firmeza sin recurrir al miedo, mientras que Rivas Méndez insiste en que las instituciones tienen la obligación de construir culturas donde cuestionar una conducta indebida sea una responsabilidad y no un acto de deslealtad.
Las primeras señales pueden revelar una escalada
La coincidencia entre las tres miradas permite observar un mismo fenómeno desde distintos ángulos.
Mientras la criminología preventiva identifica las condiciones que facilitan la violencia, la psicología explica cómo esas conductas terminan incorporándose a la vida cotidiana y cuáles son las consecuencias emocionales para quienes las padecen.
En conjunto, los especialistas observan que el problema no radica únicamente en la agresión visible, sino en el proceso que la hace posible.
Ese proceso suele avanzar de forma casi imperceptible. Una humillación que se justifica como corrección, un castigo desproporcionado presentado como disciplina, una amenaza que nadie cuestiona o un grito que termina siendo parte de la rutina pueden convertirse en los primeros escalones de una escalada de violencia.
Conforme esas prácticas dejan de generar rechazo, disminuyen también las posibilidades de que alguien intervenga a tiempo.
Romper el silencio para proteger a la niñez
Los expertos advierten que esa normalización no sólo protege a quien ejerce la violencia. También modifica la percepción de quienes la observan.
Compañeros, docentes, familiares o integrantes de una institución pueden terminar aceptando determinadas conductas como inevitables o propias del contexto, lo que reduce la capacidad de reconocerlas como formas de maltrato y favorece que permanezcan ocultas durante largos periodos.
Por ello, sostienen que la prevención no depende exclusivamente de identificar a un agresor, sino de construir entornos donde cualquier señal de abuso pueda ser cuestionada desde el primer momento.
La capacidad de escuchar una denuncia, atender una alerta o romper el silencio antes de que aparezca una tragedia constituye, coinciden, uno de los mecanismos más eficaces para proteger a niñas, niños y adolescentes.
JETL
