M+.- Hay historias que desaparecen cuando mueren quienes las vivieron.
En Guanajuato todavía quedan personas capaces de contarlas.
A sus 100 años, Timoteo Rodríguez Camarillo, conocido como don Camarillo, recuerda cuando recorría las calles de León para recoger ropa y llevarla a una tintorería. Entre esas casas estaba la de las hermanas González Valenzuela, conocidas como Las Poquianchis, una vivienda que también funcionaba como casa de citas y que años después sería intervenida por la Policía Judicial.
Él estuvo ahí primero como tintorero y después como policía.
“Yo le lavaba la ropa a Las Poquianchis”, recuerda en entrevista con MILENIO.
A más de nueve décadas de distancia, Juana González Rodríguez, de 107 años y considerada la persona más longeva de Guanajuato, conserva otro recuerdo de un país violento: cuando tenía nueve años y la Guerra Cristera llegó hasta la puerta de su casa.
“Enfrente de donde yo vivía había un árbol de mezquites, ahí les echaban el lazo y colgaban a los cristeros, y nadie debía de recogerlos, porque al que los recogía lo mataban”.
Aurora Romero García tiene 103 años y su historia es distinta, pero igual de dura. Nació en Celaya, se casó a los 12 años con un joven de 17 y pasó buena parte de su vida trabajando en distintas casas para ayudar a mantener a una familia que llegó a tener 12 hijos.
Tres personas. Tres vidas que comenzaron hace más de un siglo.
Y tres memorias que conservan episodios de un Guanajuato marcado por la guerra, la pobreza, el trabajo desde la infancia, los matrimonios a edades tempranas y uno de los casos criminales más infames de la entidad.
Don Camarillo, Juanita y Aurora forman parte de las 151 personas que se registraron en la convocatoria del programa “Historias Centenarias, Recetas para Vivir”, impulsado por el DIF Estatal para preservar la memoria y reconocer la larga vida de quienes han superado el siglo.
Pero antes que centenarios, son testigos. Y sus recuerdos permiten asomarse a un Guanajuato que ya no existe.
El tintorero que terminó frente a Las Poquianchis
Timoteo Rodríguez Camarillo celebró sus cien años el pasado 15 de agosto.
Nació en 1926 en San Diego de la Unión y echó raíces en León, donde hoy es un personaje entrañable de la colonia Obrera.
MILENIO visitó su casa, donde vive acompañado por su hija, su nieta y un bisnieto. Entre todos lo cuidan sólo cuando es necesario porque, pese a tener un siglo de vida, todavía puede moverse con normalidad: sube y baja escaleras, cocina, plancha y lava su ropa a mano.
Hay, sin embargo, una dificultad que hace más lenta la conversación. Sus oídos ya no perciben todos los sonidos y no escucha bien.
La charla requiere paciencia. También memoria.
Rodríguez Camarillo dice haber tenido seis hermanos, quienes murieron alrededor de los 90 años. De ellos sólo queda él. Su padre, recuerda, murió a los 107 años.
Por eso considera que la longevidad “ya es de familia”.
También habla con orgullo de su descendencia: afirma tener 14 hijos, 40 nietos y 40 bisnietos, y asegura haber conocido a todos.
Pero cuando comienza a recordar su juventud, la conversación deja de estar en el presente.
En 1946 llegó a León. Tenía 20 años, estaba soltero y un primo le había ofrecido trabajo en la tintorería que tenía en su casa.
Se mudó a la ciudad zapatera para aprender un oficio que su pariente dominaba.
Desde las siete de la mañana salía de casa en casa para recoger la ropa de sus conocidos. La llevaba a la casa de su primo, ahí la lavaban y posteriormente la regresaba a sus dueños.
No recuerda con exactitud dónde estaba aquella casa.
Sí recuerda que se encontraba a unos 10 minutos de Chapalita y que todos los días visitaba una vivienda de esa colonia, ubicada sobre la calle Sonora, esquina con Bolivia.
Aquella casa era conocida también por ser una casa de citas.
Ahí conoció a las hermanas González Valenzuela: Delfina, María de Jesús, Carmen y María Luisa.
“Cuando llegaba a la casa de ellas, María de Jesús decía: ‘Muchachas, ahí está el tintorero, traigan la ropa’”, recuerda mientras imita su tono de voz.
El sitio operó entre 1950 y 1960.
No era solamente un lugar de explotación sexual. De acuerdo con el relato de don Camarillo, también funcionaba como un centro de secuestro, tortura y asesinato.
Muchas de las mujeres llegaron a enfermar y morir. Si alguna de las jóvenes retenidas quedaba embarazada, se le practicaba un aborto forzado o los bebés eran asesinados al nacer.
Don Camarillo pierde algunas partes de la historia conforme avanza la conversación. A sus cien años, los recuerdos aparecen por fragmentos.
Pero algunas escenas permanecen.
Recuerda que cuando los clientes llegaban a buscar a las menores, Las Poquianchis escuchaban despistadamente lo que los hombres les decían a las jóvenes.
No hace falta preguntarle demasiado. Él solo comienza a narrar lo que se le viene a la mente.
Al describir aquellos ambientes, se le eriza la piel.
Tenía años sin contar esta historia.
Del tintorero al policía judicial
En 1952, su vida tomó otro rumbo. Mientras trabajaba en la tintorería conoció a unos jefes de policía. Les pidió trabajo.
“De pura suerte me aceptaron y me fui a trabajar con ellos”, dice entre risas al recordar lo rápido que fue admitido.
Ya como Policía Judicial regresó a la casa de las hermanas Valenzuela.
Pero esta vez no llevaba ni recogía ropa. Llegaba para realizar rondines e inspecciones.
Recuerda que la primera vez que volvió como agente, María de Jesús les gritó a las jóvenes:
“Muchachas, les habla el policía Camarillo, tráiganle la ropa”.
Lo dijo en tono de broma.
A ella le dio gusto verlo de regreso por la zona, aunque ya no llegara como tintorero.
“Cuando estaba trabajando con los demás agentes (de policía), entrábamos a inspeccionar nomás. Había gente bailando, y (Las Poquianchis) nos invitaban una cheve o tequila. Nos lo tomábamos y ya nos salíamos”, recuerda el centenario mientras ríe nerviosamente.
Durante un tiempo, esas visitas formaron parte de su trabajo. Hasta que una de las muchachas logró escapar. Después vino la denuncia. Y el operativo.
“A mí me mandaron a agarrar a Delfina, a la María de Jesús y a su marido”, contó don Camarillo.
Los agentes también tuvieron que entrar a la casa para rescatar a las muchachas.
“¡Nombre! Sacaron 17 muertas y como 18 vivas”, dice sorprendido, como si aquella escena hubiera ocurrido ayer.
Recuerda incluso la conversación con una de las jóvenes que encontraron con vida.
“A una de las muchachas vivas le dije: ‘Diga la verdad; al fin y al cabo ya no pasa nada’, y me dijo: ‘Nos estaban matando allá adentro’, así dijo la muchacha”.
Don Camarillo asegura que ninguno de los policías con los que realizó aquel operativo sigue vivo.
Sólo queda él.
“Bendito sea Dios que sigo vivo… sea como sea pero estoy vivo”, dice alegremente mientras deja escapar una ligera risa.
A sus cien años, aquellos recuerdos regresan cuando está “echando una cheve”.
Y si también toma tequila, responde sin dudar:
“Sí, ahí tengo, si quieres lo saco”.
Debajo de una cama durante la Guerra Cristera
Juana González Rodríguez tiene 107 años. Es considerada la persona más longeva de Guanajuato.
De acuerdo con el sistema estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), en la entidad hay 151 personas que sobrepasan el siglo de vida y doña Juanita encabeza esa lista.
Pero su historia comienza mucho antes de llegar a esa edad.
Creció en una familia de tres hermanos y fue la hija de en medio. Con el paso de las décadas, la familia se multiplicó hasta llegar a 40 nietos, aunque reconoce que no los conoce a todos.
El cansancio propio de los años le impide mantener una vida social activa.
No padece ninguna enfermedad crónica, pero requiere cuidados constantes.
Sus 10 hijos se turnan semanalmente para acompañarla en su casa de la colonia Obrera y asegurarse de que nunca se quede sola.
Hablar la agota rápidamente.
Aun así, recuerda.
Nació en San Miguel el Alto, Jalisco, y llegó a León a los 19 años, después de casarse con un joven leonés seis años mayor que ella.
Su esposo murió pocos días antes de que cumplieran 50 años de matrimonio, las llamadas Bodas de Oro.
“A él le salió un tumor en la cabeza, lo operaron y ahí murió”, platica con nostalgia.
Pero hay otro recuerdo que todavía pesa más.
Tenía nueve años cuando la Guerra Cristera irrumpió en su infancia.
“Uno sufría mucho porque llegaban los cristeros pidiendo tortillas, pero ya se las habían llevado los soldados. ¿De dónde les daba uno? A varios hombres los ahorcaban nomás porque no hallaban qué comer”, relata.
Cuando su madre escuchaba que venían los cristeros o los soldados, los refugiaba para que no presenciaran los desastres que ocurrían en las casas.
Juanita se escondía debajo de la cama.
Desde ahí escuchaba las peleas, insultos y golpes de los soldados que entraban de casa en casa buscando comida y a los cristeros.
“Los soldados llegaban buscando a los Cristeros, llegaban entrando a las casas y sacando lo que tenían de comida y se lo llevaban”, recuerda con miedo, mientras sus ojos se inundan de lágrimas.
Después aparece en su relato aquel árbol.
“Enfrente de donde yo vivía había un árbol de mezquites, ahí les echaban el lazo y colgaban a los cristeros, y nadie debía de recogerlos, porque al que los recogía lo mataban”, platica.
Es hasta ahí donde quiere llegar. No desea profundizar en aquella época.
Fue un episodio que la afectó profundamente y no quiere revivir vivencias ocurridas hace más de 90 años.
La guerra quedó atrás. El trabajo, no.
Desde los siete años trabajó en distintas casas.
Lo hizo hasta los 19 años, cuando se casó y comenzó a dedicarse al cuidado de su familia.
“Yo siempre trabajé en las tareas domésticas porque no sabía hacer otra cosa”, dijo doña Juanita.
Antes de despedirse, la centenaria comparte lo que considera uno de sus secretos para superar el siglo de vida: comer sanamente y evitar los productos enlatados.
“Antes todo era hecho a mano y era saludable, hoy todo eso cambió”.
Casarse a los 12 años y trabajar para alimentar a 12 hijos
Aurora Romero García tiene 103 años.
Nació en Celaya y recuerda que se casó cuando apenas tenía 12 años. El joven con quien contrajo matrimonio tenía 17.
No fue una decisión que pudiera pensarse demasiado.
“En ese entonces así se acostumbraba y una tenía que decir que sí”.
Cuando le preguntan si quería casarse a esa edad, responde:
“Ni piensa uno eso... hasta que suceden las cosas”.
Después comenzó otra etapa.
Tuvo que trabajar como empleada del hogar en distintas casas para ayudar con los gastos de una familia que llegó a tener 12 hijos.
“Antes tenían los hijos que Dios te mandara”.
A sus 103 años depende de una silla de ruedas y hablar le demanda un gran esfuerzo.
También le cuesta precisar fechas.
Pero hay un recuerdo que conserva con claridad: el día en que consiguió reunir a sus 12 hijos.
Ellos ahora se encargan de cuidarla y, con el paso de los años, la familia ha crecido hasta darle cerca de 45 nietos.
Aurora nunca tuvo la oportunidad de acudir a la escuela. Tampoco aprendió a leer ni a escribir.
Su vida estuvo marcada por el trabajo y el cuidado de su familia.
Ahora, desde los 103 años, tiene un consejo para las nuevas generaciones:
“Que se porten bien, que vivan bien para que no tengan problemas con su familia ni con nadie, y puedan ser muy felices”.
Un siglo contado desde tres vidas
Don Camarillo conserva en su memoria el camino que lo llevó de una tintorería a un operativo contra Las Poquianchis.
Juanita recuerda una guerra que comenzó cuando apenas era una niña y las imágenes de hombres colgados de un mezquite frente a su casa.
Aurora conserva la historia de una niña que se convirtió en esposa a los 12 años y después tuvo que trabajar para sacar adelante a 12 hijos.
Sus vidas transcurrieron en épocas distintas, pero tienen algo en común: los tres pertenecen a una generación que conoció un Guanajuato muy diferente al actual.
Sus recuerdos no están en los libros. Están en sus voces.
Y mientras puedan contarlos, ese Guanajuato —el de las guerras, las casas de citas, los oficios aprendidos desde jóvenes, los matrimonios tempranos, el hambre y las familias numerosas— todavía tendrá quién lo recuerde.
