El organismo que distribuye agua a más de un millón 300 mil familias en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) no tiene la certificación legal para analizar lo que vende. Los laboratorios del Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) no cuentan con el aval de la Entidad Mexicana de Acreditación (EMA), el requisito que la ley exige para que un organismo pueda certificar la calidad del agua de consumo humano en México.
No es un estándar imposible de alcanzar. La Comisión Estatal del Agua (CEA) de Jalisco sí lo tiene. Para el consultor especialista en hidrología Josué Daniel Sánchez Tapetillo, la ausencia de esa certificación no es un detalle administrativo, explicó a MILENIO.
“Es un claro ejemplo de que el SIAPA no está preparado para dar el servicio como debe ser. Su razón de ser es proporcionar agua dentro de norma, pero no está preparado para asegurarse de que está cumpliendo su función primaria”.
Ocultan análisis del agua desde 2023
Esto no es todo. En 2023, el investigador Juan Pablo Macías Salazar obtuvo del propio SIAPA, vía transparencia, los análisis de laboratorio de sus tres plantas potabilizadoras. Los resultados eran inequívocos. El agua que distribuían no cumplía con la norma oficial vigente.
Desde entonces, ni este organismo, ni el gobierno del estado, ni la Comisión Estatal del Agua han hecho públicos nuevos análisis. La Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ) tuvo que exigírselos hace apenas días. Nadie ha respondido.
Para monitorear la calidad del agua en una ciudad de más de cinco millones de personas, con más de 8 mil 500 kilómetros de red de distribución, el SIAPA destina cuatro muestreadores. Cuatro personas.
Y sus laboratorios, sin acreditación independiente, son juez y parte de un producto que cobra, pero no puede garantizar.
“Un organismo que vende agua no puede garantizar que lo que entrega cumple la norma”, resume Sánchez Tapetillo. “Mucho menos tiene autoridad para facturarlo y cobrarlo”.
Ciudadanos viven entre tambos y cubetas
Todo esto ocurre mientras Yuliana Álvarez, vecina de la colonia Fovissste Miravalle, organiza su vida alrededor de la escasez. El agua llega tres días a la semana, a veces menos, sin aviso, sin explicación. Cuando llega en la madrugada, ella se levanta a llenar tambos y cubetas.
“No sabemos en qué momento se vaya a ir el agua”, dice. Lleva dos años así: “Desde que me cambié aquí siempre hay mucha escasez de agua, siempre oigo que se quejan”. No lo dice con indignación. Lo dice como quien describe el clima. Ya no le sorprende.
Para entender por qué el agua de Yuliana llega sucia y la de sus vecinos del poniente llega limpia, hay que seguir el agua desde el principio. Hay que hacer el viaje.
El Lago de Chapala, el más extenso del país, con una capacidad de 7 mil 897 millones de metros cúbicos, aporta entre 60 y 65 por ciento del agua que consume el AMG.
La presa Elías González Chávez, conocida como presa Calderón porque su cortina está cerca del sitio donde Hidalgo fue derrotado por Calleja en la Guerra de Independencia, aporta otro 14 por ciento.
El resto viene de más de 200 pozos profundos que extraen agua de acuíferos que tienen decreto de veda y que están sobreexplotados. En números redondos, la ciudad recibe alrededor de 11 metros cúbicos por segundo de todas sus fuentes combinadas.
Dos rutas, dos calidades de agua
De Chapala, el agua llega a la ciudad por dos rutas. La primera es el acueducto cerrado: una tubería de poco más de dos metros de diámetro que sale de la localidad de San Nicolás de Ibarra, en la ribera norte del lago, viaja 42 kilómetros por bombeo hasta Tlajomulco y, de ahí, desciende por gravedad hacia la ciudad.
Fue construido entre 1984 y 1991. Fue diseñado para conducir 7 mil 500 litros por segundo. Hoy conduce 5 mil 500. Los otros 2 mil litros van por la segunda ruta.
La segunda ruta tiene 70 años y es la razón de que el agua salga café.
Desde Ocotlán, una estación de bombeo extrae el agua del lago y la manda al río Santiago. Por el río Santiago, uno de los cuerpos de agua más contaminados del país, el agua recorre decenas de kilómetros hasta la presa Corona, que la desvía al canal de Atequiza.
Desde Atequiza, el agua llega a la presa La Calera, en Tlajomulco, de donde se bombea al canal Las Pintas, otro canal a cielo abierto de entre 20 y 25 kilómetros, hasta la presa Las Pintas, en el cruce de carretera Chapala y Periférico Sur.
De ahí, cuatro tuberías llevan el agua a la planta potabilizadora número uno, en Miravalle.
Una planta rebasada por la contaminación
Esa planta tiene 70 años. Fue diseñada para tratar el agua de hace 70 años. No tenía contemplado remover microplásticos, residuos farmacéuticos ni los niveles de contaminación industrial que el río Santiago y sus canales tributarios acumularon durante décadas. Hoy los recibe todos. Y ya no puede con ellos.
El 12 de marzo de este año, el municipio de Tlaquepaque detectó cinco descargas irregulares de aguas residuales en el Arroyo El Seco.
Las tomas clandestinas, de entre seis y ocho pulgadas, vierten directamente al arroyo, que termina mezclándose con el canal que trae el agua de Chapala. Alrededor del 30 por ciento del agua que corre por ese canal es residual.
Tlajomulco culpó a Tlaquepaque. Tlaquepaque culpó a Tlajomulco. El SIAPA culpó a los municipios. Se presentaron 11 denuncias. Hasta hoy, ningún sancionado.
Sánchez Tapetillo lleva años documentando esto.
“Estas descargas tienen cuando menos lo que va del presente siglo. Lo que me llama la atención es que ahora el SIAPA y el gobierno del estado estén sorprendidos. Han sido veinte años de omisión. Los municipios se lavan las manos diciendo que es zona federal. La realidad es que es una tarea conjunta que nadie ha querido asumir”.
Mientras tanto, en el poniente y norte de la ciudad, básicamente Zapopan, el agua llega de pozos profundos. La razón es geológica: el suelo volcánico de La Primavera, formado por tobas volcánicas porosas y ligeras, funciona como una coladera natural que filtra y purifica el agua antes de acumularla en los acuíferos.
El agua de esos pozos es de excelente calidad. Casi no necesita tratamiento. Una dosis de cloro y está lista.
“De repente se tiene la creencia de que a los pobres, de la Calzada para allá, se le manda el agua sucia”, dice Sánchez Tapetillo. “La realidad es que es más bien por el tipo de fuente”.
Tiene razón en lo técnico. Pero el resultado es el mismo. Hay dos ciudades dentro de Guadalajara cuando se abre la llave. En una, el agua llega limpia. En la otra, Yuliana y miles de personas más llenan tambos en la madrugada y sus hijos se bañan con agua de garrafón.
Esta historia no empezó en febrero de 2026. Viene acumulándose desde hace décadas, en capas.
Las últimas grandes obras de infraestructura hídrica en la ciudad se realizaron entre 1989 y 1995. Desde entonces, tres décadas de promesas y ninguna acción estructural.
El exgobernador Enrique Alfaro prometió que, con la presa El Zapotillo, la ciudad tendría agua garantizada por 50 años.
“Una mentira muy vil”, dice Macías, “porque no es solo hacer la obra de abastecimiento, sino cómo traer el agua a la ciudad. ¿Se hicieron las plantas de bombeo, los acueductos, las subestaciones eléctricas? Pues no”.
El SIAPA un organismo debilitado
Este organismo, que nació en 1978 como una asociación técnica con visión metropolitana, se convirtió en lo que Macías llama “una agencia de colocación para dar empleo a amigos y conocidos de los políticos en turno”.
Los expertos que acumularon décadas de conocimiento fueron desplazados: “El sexenio donde se vino a romper todo fue el de Emilio González Márquez, cuando se designó a Rodolfo Ocampo como director del SIAPA. Desde ahí comenzaron una serie de decisiones para usar al SIAPA como caja chica”.
Ocampo terminó meses en la cárcel por un desfalco. El organismo nunca se recuperó.
“La gestión de Carlos Enrique Torres Lugo y la actual de Antonio Juárez Trueba evidencian que parece que no se quieren cambiar las cosas. Hay una ineficiencia e ineptitud evidentes”.
El acueducto actual lleva más de 30 años operando. Ya superó su vida útil. No ha sido posible diagnosticarlo internamente porque hacerlo requeriría detener su operación, y detenerlo dejaría sin agua al 60 por ciento de la ciudad.
Lo que se sabe, por la edad de la tubería y por lo que reportan quienes la operan, es que hay tramos donde las raíces de los árboles ya han afectado las uniones entre segmentos. Hay riesgo de falla por fatiga del material.
En 2011, una constructora que hacía un colector pluvial le abrió un agujero pequeño al acueducto. Fueron dos días. Dos millones de personas sin agua. Un agujero pequeño, reparado rápido. Si colapsara un segmento completo, los especialistas hablan de cuatro o cinco días.
El 60 por ciento de la ciudad sin agua. No hay sistema de pipas que pueda reemplazar ese volumen. “El riesgo es latente”, dice Sánchez Tapetillo.
La ciudad también creció sin planear el agua. Cada fraccionamiento nuevo trae más demanda al mismo sistema. Los municipios tienen incentivos económicos para aprobar más construcción aunque no haya agua suficiente.
Cobran por conectar a los desarrolladores a los servicios públicos. “Nos conviene que haya más fraccionamientos porque vamos a poder cobrar más dinero”, explica Sánchez Tapetillo.
El resultado es lo que él llama la cobija corta: “Tenemos la misma cobija desde hace más de treinta años, pero cada vez somos más los que nos queremos cobijar con ella”.
El segundo acueducto Chapala-Guadalajara lleva más de 40 años siendo prometido. Desde 1984, cuando se diseñó el primero, estaba prevista una segunda línea.
No se construyó entonces por presupuesto. No se ha construido desde entonces por algo más difícil de resolver.
“Por cuestiones políticas, principalmente”, dice Macías. Hay grupos que se oponen argumentando que el nuevo acueducto extraerá más agua del lago. El argumento es técnicamente falso.
La concesión del SIAPA es de 7 mil 500 litros por segundo y la ley federal impide extraer más. El nuevo acueducto serviría para conducir esa misma agua por un tubo cerrado, sin las pérdidas del sistema antiguo.
Sin evaporación, sin robos clandestinos, sin descargas residuales en el trayecto. Pero la oposición política tiene sus propios cálculos:
“Si no se construye y ellos estuvieron en contra, se anotan un triunfo. Me parece gravísimo cantar victoria impidiendo una obra que va a beneficiar a la ciudad”.
Presa Solís amenaza que llega desde León
La amenaza viene también del exterior. El Plan Nacional Hídrico 2024-2030 incluye un acueducto desde la Presa Solís hacia León, que dotaría de 3.8 metros cúbicos por segundo a esa ciudad, la mitad de lo que Chapala aporta al AMG.
En años de buena lluvia el impacto podría ser manejable. En años de sequía, los cálculos cambian.
“No podemos cantar victoria y creerle a un político que dice que no va a afectar. Demuéstrelo. Esperemos un año de mala lluvia y hagamos los números”, advierte Macías.
Crisis financiera del SIAPA otro factor
El SIAPA acumula una cartera vencida que supera los 19 mil millones de pesos, más de la mitad incobrables. Como organismo público descentralizado, no puede recibir presupuesto del gobierno del estado.
No tiene refacciones para las camionetas de sus cuadrillas. No tiene recursos para cambiar válvulas.
“La gente no quiere pagar porque no recibe un servicio de calidad. Y no hay servicio de calidad porque no hay recursos para mejorar la infraestructura. Estamos ante un círculo vicioso que nadie quiere asumir el costo político de romper”.
El responsable constitucional del agua son los ayuntamientos, de acuerdo con el artículo 115. El SIAPA es quien presta el servicio. El gobierno del estado debe asegurarse de que eso ocurra. En la práctica, cuando el agua llega sucia o no llega, nadie responde.
“Si el gobierno del estado no empieza a dar resultados pronto, el problema va a escalar a ser un movimiento social”, advierte Macías.
“Estamos metiendo con algo con lo que no podemos prescindir. El agua se necesita para vivir, para desarrollarse. El agua es vida. Y creo que, si no lo resuelven pronto, les va a estallar algo socialmente muy grande”.
Desigualdad también entre empresas y ciudadanos
La desigualdad no es sólo entre colonias ricas y pobres. También es entre ciudadanos y empresas. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario, doce inmobiliarias controlan 36 mil 735 millones de litros anuales de agua en la zona metropolitana.
Cuatro desarrollos de lujo extraen 7 mil 860 millones de litros al año, suficientes para el consumo de 215 mil personas. Cuatro cerveceras y refresqueras consumen 8 mil 319 millones de litros, equivalentes al consumo de 227 mil habitantes.
Algunas de estas empresas pagaron cero pesos en ciertos años por sus concesiones, de acuerdo con datos de la Conagua. Mientras tanto, familias como la de Yuliana, cinco personas en una casa rentada en Miravalle, gastan mil pesos al mes en garrafones para bañarse. Sin contar el recibo del SIAPA. Sin contar los médicos.
Entre 2019 y 2023, la satisfacción ciudadana con la calidad del agua potable en Jalisco cayó del 62.6 al 40.7 por ciento.
Y las tarifas, en ese mismo periodo, subieron. En 2025, el incremento fue de 12.5 por ciento. La tarifa base mensual para consumo mínimo llegó a 85.85 pesos.
El SIAPA cobra más por un servicio que funciona cada vez peor, con laboratorios sin certificación para probar que lo que vende cumple la norma.
Para este 22 de marzo, Día Mundial del Agua, la ONU recuerda que en dos de cada tres hogares sin agua potable en el mundo son las mujeres quienes cargan con el trabajo de conseguirla, una tarea que consume 250 millones de horas al día en 53 países.
En Fovissste Miravalle, Yuliana también se levanta en la madrugada cuando llega el agua.
“Sí, en las madrugadas, cuando llega, sí tengo a veces que levantarme y llenar los tambos y las cubetas”, dice.
Es ella quien baña a sus hijos con agua de garrafón, quien lava la ropa que, aun así, queda con olor a drenaje, quien llevó a sus hijos al médico semanas sin saber que era el agua.
¿Cómo solucionar sin recursos?
Las soluciones son conocidas. El segundo acueducto Chapala-Guadalajara, para retirar de operación el sistema antiguo de canales.
La renovación de la planta potabilizadora número uno de Miravalle, que tiene 70 años y ya no puede con lo que recibe.
La renovación de la red de distribución, 8 mil 500 kilómetros de tuberías, muchas con décadas de antigüedad, algunas con hasta 90 años de servicio.
El costo calculado del acueducto oscila entre 7 mil y 11 mil 500 millones de pesos. No hay dinero. La renovación de la planta también requiere miles de millones. Tampoco hay dinero.
Y, aunque existiera, los especialistas hablan de tres años como mínimo para ver resultados. Si los recursos llegaran mañana, Yuliana seguiría llenando tambos hasta 2029.
¿Mantener o transformar?
Sánchez Tapetillo plantea algo más profundo que el dinero: si se invierte para renovar, ¿se renueva para mantenerse igual o para dar el salto que la ciudad necesita?
“En ciudades como Seúl, las redes de agua son de acero inoxidable grado alimenticio porque conducen agua que la gente puede tomarse. ¿Aquí queremos solo mantenernos igual o aspirar a que en las próximas décadas puedas beber agua de la llave?”.
Por ahora, la respuesta es que no hay dinero ni para lo urgente.
Y, mientras la ciudad debate si puede aspirar a ser Seúl, Yuliana aspira a algo mucho más modesto: que el agua llegue, que no huela a drenaje, que sus hijos no se enfermen. “Es muy difícil vivir así”, repite.
Lo dice con la resignación de quien lleva demasiado tiempo esperando algo que no llega.
Hay dos ciudades dentro de Guadalajara cuando se abre la llave. En una, el agua llega. En la otra, el SIAPA cobra por un servicio que no puede certificar, oculta los análisis que prueban que falla, y Yuliana espera despierta en la madrugada.
El SIAPA fue contactado para este reportaje y no respondió al cuestionario enviado.
JVO
