Sobre la cama se encuentra Alina, una mujer de 53 años con el cuerpo tan delgado que parece ser menor; por eso, doña Josefina Álvarez Acevedo le dice “mi niña”, porque es su hija y la luz de su vida, a quien atiende a pesar de que cada paso a veces representa un dolor tan insoportable en su columna que le hace rodar lágrimas por las mejillas.
Doña Josefina, quien habló con MILENIO, habita la vivienda que tiene marcado un 5 en la puerta, justo al lado de unas calcas que indican que fue visitada por el personal de Bienestar Federal para sumarlas al programa “Salud Casa por Casa”. Su amiga y vecina, Marina de León, le toca la puerta y desde adentro le gritan: “¡Ya voy, espérenme tantito!”.
El dolor que no la detiene
En abrir la puerta se demoró casi cinco minutos, pero su amiga ya la conoce: “A veces tarda porque no se puede mover muy rápido, el dolor que le da en la columna es muy fuerte”, asegura Marina, que tiene su casa en el mismo edificio marcado con el número 100, en el Andador D de la colonia Jesús Elías Piña, en el occidente de Tampico, Tamaulipas.
Josefina camina lento, usa una faja y se apoya con un bastón que parece de cristal, pero es de plástico transparente. Recuerda que su hija Alina Mireya nació normal, por cesárea, hace 53 años; sin embargo, cuando era apenas una bebé, pasó una situación de salud que cambiaría la vida de toda la familia.
El origen de la enfermedad
“Un día la estaba bañando, se estaba bañando solita en la bañera, la saqué para secarla y empezó a convulsionar, a dar temperatura, vómito y diarrea. Rápido me la llevé con mi mamá porque estaba sola y terminamos en el Canseco, donde me dijeron que se estaba deshidratando”, recordó.
La voz se le quebró a Josefina, que lidia con el recuerdo y con el dolor en su columna, que dice no le quitan las pastillas y mucho menos las inyecciones. “La llevé al IMSS; ahí los médicos me rodearon y me bombardearon de preguntas. Me dijeron: ‘Tiene que venir a verla cada 10 minutos porque su niña va a morir, le pegó la meningitis’”, recordó.
Una vida de cuidados constantes
Su hija tiene ya 53 años de vida; está acostada en la cama, no habla y no camina, pero Josefina no da tregua. Ella sola, a veces con la ayuda de Marina, va a la farmacia Simi más cercana a comprar gasas para hacerle curaciones a su hija, además de lo que necesiten para el día a día.
La mujer de 82 años dice que “ella no está vieja”, como le han dicho doctores particulares cuando la han atendido del dolor intenso en su columna vertebral, quienes tampoco han querido operar porque, asegura, tienen miedo de que “se quede en la plancha”, al considerar que ya no soportaría una intervención y la anestesia.
El cuerpo al límite
Sabe que la causa del dolor, el cual comenzó a hacerse insoportable hace cuatro meses, no es por la vejez, sino por el trabajo que ha tenido que hacer al cuidado de su hija, de Alina: cargarla, moverla, además de subir y bajar escaleras en una zona habitacional en la que hay subidas y bajadas, así que a veces solamente quiere descansar.
Asegura la mujer de la tercera edad que su cuerpo tiene 12 cirugías, está muy enfermo y en el Seguro Social le dicen: “Doña Jose, usted tiene mucho desgaste físico, mucho agotamiento y mucho cansancio porque tiene una niña discapacitada; en ese tiempo tenía 51 años, ahorita tiene 53, es toda una vida”.
El sueño de un asilo
Álvarez Acevedo cuenta que tiene un plan: poder estar en un asilo tranquila junto con su hija. Es lo que le dijo a una trabajadora social del DIF Tampico cuando la fueron a visitar: “Les dije que quiero ir al asilo y me preguntaron si tenía dinero. Les dije que sí, que tenía la pensión que me dejó mi esposo y la del gobierno, así que sí tengo para pagar”, refiere.
“Yo quiero ir a un asilo, pero me doy cuenta de que ahí no quieren batallar con enfermos. Hemos recorrido asilos, pero nadie me quiso aceptar por la niña, por mi hija. Fui al asilo de las Madres Adoratrices, un padre me llevó, pero la respuesta es negativa”, aseguró la ciudadana tampiqueña.
Puertas cerradas
La mayoría de los espacios que atienden a los adultos mayores en Tampico y Ciudad Madero no atienden a personas enfermas, y mucho menos con alguna discapacidad; es por eso que Josefina ha encontrado una serie de trabas para poder llegar a un asilo, un sitio en el que pueda tener una vida más tranquila, porque lo que es un hecho es que se quiere ir de su vivienda con el número 5, edificio 100, de la colonia Elías Piña.
“Fui al asilo de San Vicente de Paul, fue el primero que visité, y una religiosa me dijo, después de platicar con ella sentadas en una banca: ‘Nosotros no estamos capacitados para cuidar a los niños especiales’, porque atienden a puras personas de la tercera edad con Párkinson”, recordó.
El ángel en su camino
Hay quien dice que Dios te pone ángeles en el camino, y Josefina tiene uno: Marina, su vecina de abajo. Nunca la deja sola, porque sabe lo difícil que es vivir con sus dolencias y hacerse cargo de una persona con discapacidad; por eso, la ayuda y el apoyo son incondicionales.
Por ende, a pesar de sus dolencias, Josefina no para: camina de la mesa al cuarto de su hija para cambiarle pañales y darle de comer, aunque eso le genere un dolor que ninguna medicina calma, pero que a veces el amor de madre aplaca y motiva para no tirar la toalla, aunque la vida haya pegado duro, muy duro.
Promesas sin cumplir
Hace más de ocho meses que acudieron a sus domicilios para darlas de alta en el programa “Salud Casa por Casa” y el compromiso fue visitarlos mes tras mes, pero en todo ese tiempo nadie ha acudido a revisar su salud, refieren adultos mayores de Tampico.
En las puertas de las viviendas de las unidades habitacionales que se encuentran en la colonia Jesús Elías Piña tienen la estampa que informa que ya se hizo el censo de uno de los programas insignia del actual sexenio; destacan los colores guindas y aún conservan un tono colorido porque son relativamente nuevos.
Sin visitas médicas
Sin embargo, en el andador D, en el edificio 100, hay por lo menos cuatro adultos mayores que fueron visitados por las autoridades que echaron a andar el programa federal que forma parte del plan presidencial, pero ninguno ha tenido visitas.
“Ellos nos vinieron a levantar el censo hace como unos ocho meses y en ese tiempo nunca hemos recibido la ayuda que nos prometieron. La revisión es mensual y no, a ninguno de nuestros vecinos, a nadie han visitado”, aseguró la vecina Marina de León, de 71 años, que no tiene Seguro Social y estaba ilusionada por dicho programa del gobierno.
Necesidades y carencias
En el edificio, en el cual, por cierto, los adultos mayores ya tienen complicaciones por los accesos, “está doña Jose, don Francisco, está doña Socorro y yo; somos cuatro, pero a ninguno de nosotros nos han venido a visitar, ya pasó mucho tiempo. Por eso yo tengo que ir al Simi y comprar la medicina”, aseguró la vecina.
Lo que están buscando los ciudadanos que tienen diversidad de enfermedades, desde afectaciones (amputaciones) por la diabetes, problemas de presión y hasta afecciones crónicas en la columna, es que los médicos y enfermeras que conforman dicho programa los puedan visitar lo más pronto posible.
“Yo nomás sufro de presión alta y me duelen mucho mis rodillas, también. Lo que queremos es que nos apoyen y nos visiten, exactamente, porque entonces, ¿para qué prometen lo que no van a cumplir?”, externó la ciudadana.
Infraestructura inconclusa
En los edificios, a los cuales llegaron hace aproximadamente 40 años, hay una serie de necesidades que pudieran hacerle la vida más fácil a los adultos mayores, que es la gente que los habita en su gran mayoría.
Detallan que en el Andador D, en la colonia Jesús Elías Piña, el cual está de bajada, hace años les hicieron una rampa para que pudieran bajar con un poco más de facilidad y evitar accidentes, pero todo quedó inconcluso: faltaron los barandales.
“Ya estaba todo listo, se tenían los materiales, las varillas y los tubos, pero se los robaron. Fue la gente mala que hay por aquí, así que sí queremos que nos puedan colocar los barandales porque aquí está bien empinado y ya estamos viejitos”, recalcó.
JETL
