M+.- Es casi inevitable pensar en la muerte cuando hablamos de “enfermedades terminales”. Y, en cierto punto, es entendible, ya que se trata de una afección irreversible o incurable, la cual se espera que termine en el fallecimiento de la persona.
Aunque no hay una reacción generalizada, es común que la noticia genere miedo, tristeza y conmoción tanto en el paciente, como en su familia. Pero aunque “nadie se prepara” para recibir un golpe tan fuerte de la vida, hay claves que el psicólogo especialista en cuidados paliativos, Abel Domínguez, señaló para enfrentar este proceso.
Aceptar no es igual a resignarse
Para Abel, el diagnóstico de una enfermedad terminal viene acompañado de una experiencia universal: pensar, casi por default, en la muerte.
Esta reacción pone sobre la mesa los conceptos de aceptación y resignación; los cuales, pese a ser utilizados como sinónimos, sí marcan una clara diferencia respecto a cómo la familia o personas cercanas reciben y procesan la noticia.
Según explicó en entrevista con MILENIO, resignarse no es sólo ver el lado negativo de la situación, también adoptarlo como el único resultado que puede haber. “Es cuando la persona sale con el: ‘Pues ya ni modo. Ya fue’. (...) y la familia y la persona empiezan a pensar algo como: ‘Me iba a meter a la escuela, pero ya sé que me voy a morir. Entonces ya para qué’”.
A diferencia de ello, aceptar la noticia “es decir: ‘bueno, esto lo que es’”, sin asumirla como un fin o el único resultado que puede haber tras el diagnóstico. O sea, reconocer y dar valor al intervalo entre el día del diagnóstico y la fecha final.
“No significa que a partir del día del diagnóstico, yo ya esté muerto o inservible. Puedo hacer muchas cosas en ese inter. Todavía puedo vivir experiencias y seguir dándole sentido a lo que estoy haciendo.
(...) El que se haya puesto una fecha límite, por decirlo de alguna manera, no significa que ya, desde hoy, se tiene que actuar como ese punto final”.
“Hay que hablar con las familias”
El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Para Domínguez, esa frase retrata lo que un gran número de familias experimentan tras el diagnóstico de una enfermedad terminal: un cambio en la manera de tratar o refererirse al paciente.
Guiados y guiadas por el pensamiento de "se va a morir", las y los familiares comienzan a tomar decisiones sin consultar a la persona afectada por la enfermedad. Asimismo, algunas familias llegan a tratar al paciente con conductas infantilizadoras, o sea, hablar y cuidarlo como si fuera un niño y una niña, al asumirlo incapaz de realizar ciertas tareas o tomar decisiones —incluso si la enfermedad no amerita dichos cuidados.
"Empezamos a tomar directivas creyendo que es lo mejor para la persona enferma, sin tomarla plenamente en consideración: se les habla de cierta manera, no queremos que enfrente dificultades o le damos el sentido que nosotros creemos a ciertas cosas. Básicamente, es sentir lástima".
ASG