“¡No hablamos de cuerpos ajenos!” es una de las frases con la que varias hijas (especialmente adolescentes) corrigen a sus madres y padres cuando osan decir a alguien más “Deberías ponerte a dieta” o “¡Qué bien te ves ahora que adelgazaste!”. Dos de las tantas frases que disfrazan al body shaming, o sea, a la humillación por la apariencia física con graves consecuencias a la autoestima y salud mental.
El problema es que esta concientización pone en jaque a madres y padres que, quizá, detectaron a su hijo “tantito subidito de peso” o a su adolescente más delgada de lo normal. Ahí la duda es clara: ¿Hablar o no a mi hijo o hija de su cuerpo?
Carla Rivadeneyra, psicóloga y socia fundadora del Centro Integral de Consciencia (CIC), señala que la respuesta a esa inquietud no está en pensar “si es bueno o malo” hablar del cuerpo de mi hijo, sino en “¿para qué hablar de su cuerpo?”.
“El mensaje debería ir sobre lo que puede hacer su cuerpo (lo rápido que puede correr, la cantidad de personas que puede abrazar, qué tan alto puede saltar, etc) y no en si algo les falta o les sobra. (...) Nuestros comentarios deben ser para que tengan una relación de respeto y responsabilidad, y no de miedo o vergüenza.
(...) Ningún ser humano nace odiando su cuerpo, sin embargo, lo aprende”, explicó en entrevista con MILENIO.
“Habitar su cuerpo desde el respeto”
No sólo es válido querer hablar con tus hijos sobre sus cuerpos, también es necesario. Sin embargo, esas pláticas deben hacerse con un sólo objetivo: que aprendan a habitarse desde la responsabilidad y el respeto.
Para entenderlo, Rivadeneyra evoca una de las analogías que aplica en sus sesiones con niños: “Yo lo manejo como si nuestro cuerpo fuera una conchita de mar. Nunca vas a encontrar una exactamente igual a otra. (Por ende), cada cuerpo es diferente como es: no hay mejores ni peores, pero sí hay estereotipos de belleza que nos hacen creer que sí hay cuerpos más bonitos que otros”.
Así, hablar de “habitar el cuerpo desde el respeto” significa enseñar a niños y a niñas a agradecer lo que pueden hacer; y que eso puede estar por encima de cualquier apariencia física. Y ello implica cuidarlo, moverlo y hacer cosas que le hagan sentir bien.
“Es agradecer que es una máquina increíble que puede hacer millones de cosas más que verse bonita o bonito; que verse guapo o guapa. Y que es importante tratarlo con respeto”.
Sin embargo, destaca Rivadeneyra, hablar de actividad física también debe hacerse con pincitas, pues “estar sano se ha agarrado como la excusa para disfrazar la gordofobia”.
La manera más adecuada de sugerir al niño o la niña un nuevo deporte o animarlo a unirse a un club es haciéndole entender que esta actividad es una fuente de felicidad, diversión, bienestar, salud e incluso un curita para que “algo triste” nos duela un poquito menos.
“Entonces fíjate cómo cambia: en vez de hacer ejercicio para que no estés gordo o flaco, hacerlo para estar más fuerte o sano.
(...) Decirles: ‘Mi amor, haz ejercicio porque después te vas a sentir bien; para que cuando nos vayamos de viaje, tus rodillas no te truenen y tengas fuerza para poder escalar; para que puedas vivir la vida de manera divertida”.
¡No hay comidas buenas ni malas!
Como dice el popular refrán, “cualquier cosa en exceso es malo”. Y los alimentos no son la excepción, pues sean papas fritas, garnachas, chocolates, verduras o lácteos… si se exagera su consumo, serán dañinos.
Por esa razón, en lugar de hablar con etiquetas, Rivadeneyra sugiere enseñar qué aporta cada alimento a nuestro bienestar físico y emocional. “No sólo son nutrientes, hay alimentos que nos aportan placer. Como si fueran un apapacho y eso está padre”.
Otras maneras de explicarles pueden ser: “las mandarinas nos ayudan a sentirnos mejor y enfermarnos menos porque la naturaleza nos la da en época de gripe”; “hay que comer proteína para que nuestros músculos estén bien”, o “podemos comer grasas y ‘chatarra’ para darnos un apapacho”.
En esencia, enseñarles a comer de todo.
“El comer sano no se trata de comer muchas verduras o mucha proteína (...) más bien, el comer sano es poder comer de todo; poder comer con balance; priorizar lo que nuestro cuerpo necesita en cuestión de vitaminas, pero también de paz mental; el comer con goce y flexibilidad. Si no estamos comiendo con flexibilidad, ya de sano no tiene nada”.
ASG