Murió Alfredo Bryce Echenique y dos, entre sus muchos amigos, lo recuerdan en las páginas de Laberinto. Murió el 10 de marzo, a los 87 años, en Lima, su ciudad de siempre; deja una obra extraordinaria —que incluye títulos como La vida exagerada de Martín Romaña— y la imagen de un hombre alegre, divertido, generoso. Su compatriota y colega Alonso Cueto le dedica una carta que comienza de esta manera: “Querido Alfredo. El hecho de que hayas partido esta semana no debe ser un obstáculo para que sigas conversando con tus amigos y tus lectores. En realidad, sabemos que los ponías en lo alto de ese altar barroco de los afectos que ha sido tu vida y tu obra. La amistad para ti era un culto”. Por su parte Xavier Velasco evoca una parranda con él en los días sin tregua de la FIL de Guadalajara, después de siete horas en el bar, “y a saber cuántos tragos”, Bryce acudió al llamado del deber. “¿Cómo fue que logró presentarse ante el público con una sobriedad irreprochable?”, se pregunta el autor de Mala espina, quien aventura una respuesta: “Misterios de la práctica, supongo. En todo caso no fue menos divertido que en el bar, y al cabo de una hora regresó a la parranda con un vigor digno de exaltación”. Con absoluta admiración, en su misiva Cueto le dice: “Qué bárbaro para querer y para escribir, querido Alfredo. Qué bárbaro para recordarte”.
Manifiesto por la democracia de la imaginación es un documento que surge de la preocupación de Jennifer Clement, presidenta emérita del PEN Internacional, y de Paul Muldoon, premio Pulitzer de poesía 2003, por la intolerancia que se extiende por el mundo ante la creación artística y provoca historias silenciadas, en ocasiones por autocensura. En esta edición, en un diálogo con Julio Villanueva, ambos creadores reflexionan y narran el origen de este manifiesto que se opone al hecho de que solo pueda hablarse de determinados asuntos si se cuenta con credenciales identitarias. Clement comenta: “Si no se te permite escribir fuera de tu grupo o fuera de tu identidad o lo que sea, ¿cómo vas a estar abierto al misterio, al misterio de la imaginación?” ¿Cómo escribir, entonces, sobre mujeres siendo hombre o sobre animales siendo humano? Cuando el reportero pregunta: ¿Cuándo se volvió importante la imaginación? Muldoon responde: “Usamos la palabra imaginación por falta de un término mejor, para la capacidad de fantasear cómo es ser otra persona o ser un caballo. Y si no se nos permite hacer eso, ¿qué se nos permite hacer? Está conectado con lo que se podría describir como sentimientos de solidaridad. Entender lo que es ser otra persona”.
Giorgio Agamben, uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo, participa en este suplemento con un breve ensayo que surge de una afirmación de Heidegger: “Solo un Dios nos puede salvar”. Ante el avance irrefrenable de la técnica y la tecnología, mientras la filosofía, la religión, el arte, la política se muestran incapaces “de sacudir o cuando menos de orientar la vida de los pueblos de Occidente”, es evidente, ante tantos desastres y desaliento, que perdimos un dios. Sin embargo, dice el gran filósofo italiano, traducido por Juan Manuel Esquivel: “Más allá de los nombres, queda la cosa más importante: lo divino. Mientras seamos capaces de percibir como divinos una flor, un rostro, un pájaro, un gesto o una brizna de hierba, podremos prescindir de un Dios al que es posible nombrar”.
Estas son algunas de nuestras propuestas de lectura para esta semana. Esperamos que las disfruten.