Aunque las mujeres aún enfrentan desafíos para conquistar más espacios en distintos ámbitos, su presencia en el sistema educativo mexicano ha crecido de manera patente en los últimos 100 años. A principios del siglo XX, alrededor del 78 por ciento de las mujeres no sabía leer ni escribir; para 2020, esta cifra se redujo a apenas 5 por ciento.
El acceso de las mujeres a la educación superior también ha registrado un crecimiento acelerado durante las últimas siete décadas. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), el número de mujeres inscritas en universidades pasó de apenas 3 mil en 1950 a 2.6 millones en 2020.
Entre 1970 y 1980, la matrícula total de educación superior aumentó 252 por ciento; sin embargo, el crecimiento de la matrícula femenina fue aún mayor, con un incremento de 487 por ciento en ese mismo periodo.
La expansión del sistema universitario también influyó en este proceso. Durante la década de 1950 el número de universidades públicas se duplicó y, en 1953, se inauguró Ciudad Universitaria de la UNAM, lo que amplió significativamente la oferta educativa para las mujeres.
Antes de 1975, cerca del 80 por ciento de las personas tituladas en la UNAM eran hombres; desde 1996, más de la mitad de las titulaciones corresponden a mujeres.
Sebastián Corona, investigador del IMCO, explicó que la ampliación de planteles de educación media superior y las mayores tasas de conclusión escolar entre las mujeres impulsaron su acceso a la universidad.
Expuso que la paridad en la educación superior se alcanzó en 2010 y, para 2020, las mujeres representaban el 53 por ciento de la matrícula universitaria, consolidándose como mayoría en este nivel educativo.
No obstante, persisten brechas en la elección de carreras. Las mujeres se concentran principalmente en áreas vinculadas al cuidado y la docencia, que suelen ubicarse entre las profesiones con menor remuneración. En contraste, los hombres predominan en carreras como ingenierías y ciencias computacionales, consideradas entre las mejor pagadas del país.
“La carrera con mayor proporción de mujeres en México es formación docente en preescolar: de cada 100 estudiantes, 97 son mujeres. En contraste, la carrera con mayor proporción de hombres es ingeniería en vehículos automotrices, una especialidad con alta demanda en el país”, señaló Corona.
El especialista agregó que solo dos de cada 100 universitarias en México estudian carreras relacionadas con ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas (STEAM), una proporción muy baja.
“Una mujer que estudió una carrera STEAM gana 45 por ciento más que una mujer que cursó otro tipo de carrera universitaria”, recalcó.
¿Qué ocurre después de la educación? El reto del mercado laboral
El crecimiento educativo de las mujeres también se ha reflejado en su participación económica. En 1900, apenas el 6 por ciento de las mujeres en edad laboral participaba en el mercado de trabajo; para 2020, esta proporción alcanzó el 49 por ciento, reportó IMCO.
El aumento más significativo se registró entre 1960 y 1970, en un contexto marcado por el proceso de industrialización del país durante el llamado “Milagro Mexicano”. Para finales de los años setenta, la industria empleaba a más de una quinta parte de la fuerza laboral nacional.
Además, la industrialización también facilitó el acceso a bienes manufacturados, especialmente electrodomésticos, lo que contribuyó a mejorar la calidad de vida de los hogares.
Trabajo doméstico en desigualdad
Sin embargo, la desigualdad en la distribución del trabajo doméstico y de cuidados continúa siendo una de las principales barreras para la participación económica de las mujeres.
En promedio, las mujeres dedican cerca de 40 horas semanales a estas tareas, mientras que los hombres destinan alrededor de 16 horas.
En 2005, las mujeres generaban el 80 por ciento del valor económico del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, frente al 20 por ciento aportado por los hombres. Para 2024, la participación femenina se redujo a 73 por ciento, mientras que la masculina aumentó a 27 por ciento, lo que implica una reducción de la brecha de 15 por ciento en los últimos 20 años.
Ese mismo año, el trabajo no remunerado en los hogares representó el 26 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), una cifra superior a la registrada en 2005, cuando equivalía al 19 por ciento.
Actualmente, según el IMCO este valor incluso supera al de sectores como la industria manufacturera (21 por ciento) y el comercio (19 por ciento).
De acuerdo con datos de la CEPAL, México es el país de América Latina donde las mujeres dedican la mayor proporción de su tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.
El investigador del IMCO expuso que la participación económica femenina ha crecido de forma gradual en las últimas décadas, su inserción en el mercado laboral sigue marcada por brechas estructurales en ingresos, informalidad y dificultad en el acceso a puestos de liderazgo.
En parte, debido a que las políticas laborales relacionadas con la maternidad y la paternidad aún son insuficientes.
“El periodo de licencia de paternidad es corto y, en muchos casos, ni siquiera se utiliza por completo. Desde el IMCO se ha propuesto, por ejemplo, la creación de un banco de días de licencia parental que pueda ser distribuido entre madre y padre, con el fin de evitar que toda la carga recaiga en las mujeres. Además, medidas dentro de los centros de trabajo, como esquemas de flexibilidad laboral o espacios de lactancia, que faciliten la permanencia de las madres en el mercado laboral. Existe un alto costo de oportunidad para muchas mujeres que, al tener un hijo, deciden no regresar a trabajar. Por eso, el desarrollo de un sistema de cuidados resulta fundamental para permitir que puedan continuar participando en el mercado laboral”, señaló el especialista.
Desigualdad salarial y trabajo informal
Por otro lado, aunque la igualdad salarial ya está reconocida en la Constitución mexicana, aún existen retos para su implementación, como la falta de mecanismos efectivos de transparencia, seguimiento y sanción.
La informalidad también continúa siendo un obstáculo estructural. Actualmente, el 54 por ciento de las mujeres trabaja en empleos informales, lo que limita su acceso a seguridad social y afecta tanto sus ingresos como sus oportunidades de desarrollo profesional.
Los avances en materia educativa no siempre se traducen en mejores condiciones laborales: más de la mitad de las mujeres que participan en el mercado de trabajo en 2025 lo hacen en condiciones de informalidad.
LG
