La historia se desarrolló en menos de 11 minutos y es un reflejo de lo peor del covid-19: a las 11:24 una mujer ingresó grave a la sala de urgencias del Hospital Juárez en Magdalena de las Salinas.
"¡Apenas puede respirar!", clamó uno de sus familiares.
Su nivel de oxigenación en sangre era de 70%, 25 puntos por debajo de lo recomendable y ya en terreno francamente peligroso. Solo ayer, ya muy grave y pese a que mostraba desde el viernes señales que las autoridades han pedido atender cuanto antes -labios y uñas azules, por ejemplo- se decidieron por hospitalizarla. Era tarde.
La mujer, que ingresó en silla de ruedas, provenía de uno de los puntos más rojos en materia de infecciones por covid-19: la colonia San Felipe de Jesús, en la alcaldía Gustavo A Madero, la segunda con más casos de coronavirus en la ciudad de México.

Su historia es un relato precautorio de lo que no se debe hacer y un consejo sobre la importancia de la premura cuando se trata de covid-19. De acuerdo a su familia, que pidió el anonimato, al verla ya con posibilidades limitadas para respirar, sus hermanos la llevaron al hospital Ángeles de Lindavista, pero les negaron la atención, argumentando que no contaban con equipo para tratar su condición crítica.
“Ni siquiera le dieron oxígeno”, contó su hermana.
Pero la historia no termina ahí: todo apunta a que la infección se ha esparcido al resto de sus familiares. “A mí hace una semana que no me sabe la comida, pero no he tenido temperatura ni tos, mi hermana es la que está peor, porque le hemos medido el oxígeno y tiene como 70, le cuesta mucho trabajo ya respirar, por eso la trajimos”, relató.
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El hospital Juárez amaneció ayer a punto de rebasar su capacidad. Desde el viernes, se encuentra al 95 por ciento de su disponibilidad hospitalaria para atender a pacientes de delicados a graves por covid-19. Se estima que en esta semana se quedará sin camas.

Afuera, unos cuantos familiares mantienen guardia, a la espera de información. Todas las mañanas, son testigos y partícipes del mismo ritual: el personal del hospital encargado de dar los informes comienza la transformación en su vestimenta. Se colocan trajes blancos o azules, caretas, guantes y cubrebocas. Lo hacen detrás de la reja del hospital que habilitó una puerta específica de atención a urgencias respiratorias.
Afuera, por lo menos cinco policías resguardan la seguridad del hospital, el personal médico y a los familiares de los pacientes ahí hospitalizados.
Las caras entre quienes esperan son largas y las horas pasan lentas a la espera de escuchar el nombre de su paciente.
-"¡Familia de Juan M!"
-"¡Familia de Angélica G!"
-"¡Familia de Esther M!"
En la puerta se ha instalado un precario campamento de quienes tienen a alguien ahí, entre los pasillos del laberinto hospitalario. Entre hules que sirven de techo, dos pequeños completamente desnudos son bañados por su mamá a jicarazos. Observan, indiferentes, el ir y venir de la gente que detrás de un cubrebocas oculta el rostro de su desesperación.
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Pese a la saturación, la mujer del relato logró acceder al hospital. Por su estado crítico, se le permitió el ingreso a urgencias. "¡Pásele, pásele!", ordenó un policía en la entrada, quien antes de dar paso al vehículo, abrió la puerta trasera para cerciorarse de qué tan grave estaba. Constató rápidamente que lucía mal.
Su hermano ingresó con ella, ayudando a los enfermeros a empujar la silla de ruedas. Afuera, el resto de la familia ya había descendido de otro vehículo que los siguió desde el primer hospital.
El receso no fue demasiado largo.
A las 11:35 estaba muerta.
"¡Mi hermanita, mi hermanita!, sollozó la mujer que no pudo siquiera despedirse.