El rompecabezas criminal de Michoacán ha tenido múltiples protagonistas, uno de ellos: Carlos Rosales Mendoza, El Tísico. Su nombre y alias quedaron plasmados en la historia del narcotráfico en México al ser el responsable de sentar las bases de la Familia Michoacana, una organización delictiva que en su momento fue considerada como la tercera más poderosa del país.
Sobre El Tísico no pesa una fama similar a la de otros capos como Joaquín El Chapo Guzmán, sin embargo, su trayectoria declictiva fue clave para el reacomodo del hampa mexicano. Desde las operaciones logísticas que trazó para el tráfico de drogas y hasta las alianzas que forjó con otros grupos criminales explican parte del panorama criminal que Michoacán enfrentó en el pasado y cuyas consecuencias se han extendido hasta la actualidad.
Carlos Rosales Mendoza se perfilaba a convertirse en uno de los capos más notorios del país, si bien sus alcances operativos lo catapultaron al radar de autoridades de ambos lados de la frontera, fue una peculiar habilidad la que terminó por motivar la caída de El Tísico: las fugas de penales.
Antes de su caída, el fundador de la Familia Michoacana se dio a la tarea de responder a su alianza con el Cártel del Golfo a través de la liberación de miembros clave de su brazo armado, Los Zetas, pero también en un intento por el mismo Osiel Cárdenas Guillén.
La alianza con el Cártel del Golfo
Los primeros pasos de su trayectoria criminal, Carlos Rosales Mendoza los dió junto a Armando Valencia Cornelio, alias El Maradona, líder del Cártel del Milenio. Desde la década de los 80’s, el clan familiar de los Valencia había logrado legitimarse en Michoacán como empresarios aguacateros al tiempo que incursionaron en el lucrativo negocio del tráfico de drogas.
Carlitos -como también fue conocido- se sumó a las filas de la organización delictiva que, en contubernio con el Cártel de Sinaloa, ya había logrado marcar presencia en estados como Jalisco, Colima y Baja California. El líder criminal en potencia aprendió y colaboró en operaciones vinculadas al narcotráfico hasta que un inesperado y personal suceso lo orilló a romper relaciones con Los Valencia.
"Un triángulo amoroso puso fin a la colaboración de Carlitos con Los Valencia. Aunque estaba casado con una mujer hermosa, Rosales Mendoza se enfureció al descubrir que El Maradona había embarazado a su ex novia, Inés Hernández Oseguera, con quien Carlitos también había tenido un hijo", describió una investigación de George W. Grayson, académico y experto en política latinoamericana.
La furia del Tísico lo llevó a conformar su propio grupo criminal. Si dentro de Michoacán Los Valencia se convirtieron en sus rivales, fuera del estado también lo serían. De este modo, Carlos Rosales buscó aliarse con los enemigos jurados del Cártel de Sinaloa: Los Zetas y el Cártel del Golfo.
Su perfil y capacidad operativa no tardaron en ser aprovechadas por Osiel Cárdenas Guillén, quien para el año 2000 ya había convertido a Carlos Rosales en su socio y compadre. El objetivo de ambos era claro: potenciar las redes de tráfico de drogas y que su alianza fuera la fuerza criminal hegemónica en Michoacán.
Para lograrlo, Osiel Cárdenas Guillén permitió el despliegue de su brazo armado en el estado. Los Zetas enviados fueron encabezados por Efraín Teodoro -alias El Z14- y Gustavo González Castro quienes, a su vez, coordinaron el combate a El Maradona y miembros del Cártel del Milenio.
La llegada del brazo armado del Cártel del Golfo desató una cruenta disputa con el Cártel del Milenio que dejó a su paso una serie de enfrentamientos armados, homicidios, desapariciones pero también fugas de penales cuya autoría fue atribuída a El Tísico.
La fuga del penal de Apatzingán
La violencia que desató la rivalidad de ambos grupos criminales motivó también el aumento de operaciones por parte de autoridades para arrestar a sus integrantes. De este modo, miembros de todos los niveles de la estructura de Los Zetas comenzaron a caer, incluyendo a operadores clave de El Tísico, como fue el caso de Marco Aurelio Bejarano Hernández, Juan Carlos García Martínez, Alberto Guizar, Antonio Orozco, así como Cipriano Mendoza y Eleuterio Guzmán.
Algunas versiones sugieren que los últimos dos eran entonces integrantes de Los Valencia, sin embargo, tiempo después se les vinculó con Los Zetas. Independientemente de su afinidad, formaban parte del grupo de objetivos prioritarios para Carlos Rosales que se encontraban recluidos en el penal de Apatzingán en Michoacán.
Reportes de medios locales de la época refieren que miembros de alto rango de Los Zetas como Óscar Guerrero Silva -alias el Winnie Pooh-, Daniel Pérez Rojas -El Cachetes-, Manuel Alquisires -El Meme- y Enrique Ruíz Tlapanco -El Tlapa-, arribaron a Michoacán a reunirse con Carlitos quien ya tenía en la mira un asalto al centro penitenciario.
La operación fue quirúrgica. La madrugada del 5 de enero de 2004 diez camionetas con torretas encendidas arribaron de forma abrupta al penal. De los vehículos descendió un comando armado de alrededor de 40 personas que portaban uniformes militares, de policías municipales y de la Agencia Federal de Investigación (AFI).
En cuestión de minutos, el comando armado usurpó las funciones de autoridades federales y sometió a los custodios que resguardaban a los internos del Penal de Apatzingán. Se adentraron a la zona de población y celda por celda buscaron a los aliados de El Tísico y Los Zetas.
Crónicas del asalto recuperadas de prensa local refieren que, una vez asegurados los objetivos prioritarios, el comando armado dio al resto de reclusos dos minutos para escapar antes de que autoridades recuperaran el control del centro penitenciario. ¿El saldo? Un muerto y 25 prófugos, cinco de ellos de alto perfil.
Para cuando agentes federales arribaron al penal de Apatzingán, fue demasiado tarde. No obstante, durante los días siguientes hubo al menos 250 elementos buscando su reaprehensión, además de que se fincaron cargos en contra de los custodios y el director del centro penitenciario por haber facilitado la fuga, según informó la entonces Procuraduría General de la República (PGR).
Pese a que años más tarde algunos fueron arrestados, el éxito de dicho asalto al Penal de Apatzingán avivó la ambición de El Tísico quien, con el apoyo de Los Zetas y con sus colaboradores clave de regreso apostó por una misión más grande: la liberación de Osiel Cárdenas Guillén.
El intento de liberación de Osiel y la caída de El Tísico
Años antes de que la fuga de El Chapo Guzmán del Penal del Altiplano a través de un túnel se convirtiera en noticia internacional, la idea ya se había gestado en la mente criminal del fundador de la Familia Michoacana.
Era 2004 y en enero El Tísico y sus colaboradores habían logrado con éxito el asalto al penal de Apatzingán, por lo que ahora tenían como objetivo la extracción del líder del Cártel del Golfo, quien había sido arrestado en marzo de 2003 en Matamoros, Tamaulipas.
Un informe de la Secretaría de la Defensa Nacional recuperado por medios de comunicación locales describió que El Tísico preparaba la liberación de Osiel Cárdenas Guillén, así como de Benjamín y Francisco Arellano Félix utilizando el mismo método que usó en Michoacán, es decir, el ingreso de un comando armado.
El plan de Carlos Rosales Mendoza fue frustrado por autoridades, quienes lograron su arresto el 25 de octubre de 2004 en Morelia. Al fundador de la Familia Michoacana se le acusó de delitos contra la salud, acopio de armas de fuego, delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita y cohecho, por lo que pasó alrededor de una década recluido en el Penal de Puente Grande en Jalisco.
Algunos reportes apuntan a que El Tísico continuó coordinando desde prisión su disputa con el Cártel del Milenio, al tiempo que también dictaba instrucciones a algunos de sus pupilos que terminaron por operar y potenciar su legado criminal: Nazario Moreno, El Chayo; José de Jesús Méndez, El Chango; Enrique Plancarte, El Kike; y Servando Gómez, La Tuta.
En 2011, Carlos Rosales Mendoza fue liberado y, aunque se presume que salió de prisión dispuesto a dejar atrás su pasado criminal, otras versiones sugieren que reclamó el liderazgo de los Caballeros Templarios, una de las escisiones que surgió de su organización delictiva.
Cualquiera que fuera el caso, lo cierto es que El Tísico regresó a un Michoacán distinto al que conocía. Grupos delictivos habían proliferado, líderes que conocía habían sido arrestados o abatidos y las comunidades se habían armado para defenderse del crimen organizado.
Se desconocen los motivos por los cuales Carlos Rosales Mendoza acudió a una reunión celebrada en 2015 en Úspero, Michoacán, no obstante y de acuerdo con declaraciones del entonces procurador de justicia del estado, Martín Godoy, en dicho encuentro estarían presentes líderes de autodefensas y criminales. Aquel encuentro marcaría el fin de El Tísico.
Según refirió el procurador en entrevista con MILENIO, El Tísico tuvo una discusión con Ignacio Andrade, alias El Cenizo, un líder criminal local que buscaba consolidar su propia organización en la entidad. El desencuentro motivó a que el rival de Carlos Rosales Mendoza ordenara su secuestro, tortura y asesinato.
El fundador de la Familia Michoacana fue asesinado en algún lugar de Tierra Caliente y su cuerpo fue abandonado en el estacionamiento de la caseta de cobro Santa Casilda en el tramo de la autopista Uruapan - Cuatro Caminos. La trayectoria criminal de El Tísico terminó entre balas, sin fugas y sin brazos armados garantizaran su seguridad. Lo único que sobrevivió fue el daño ya hecho, las estructuras criminales que otros líderes criminales emergentes aprovecharon y que han mantenido a Michoacán sumergido en un espiral de violencia.
ATJ