Policía
  • Los topos del Cártel de Sinaloa. Catorce hombres cavaron tres meses para sobrevivir

Durante décadas, el subsuelo de la Garita de Otay se convirtió en el corredor de drogas favorito dle Cártel de Sinaloa | Milenio

Les prometieron trabajo o cruzarlos al otro lado; terminaron secuestrados mientras cavaban un túnel para el narco en Tijuana. Esta es la historia de los topos del Cártel de Sinaloa.

DOMINGA.– En la parada de camiones de la Calle 5 y 10 de Tijuana y en el otro extremo de la ciudad, en la zona industrial de Otay, las víctimas se encontraron con el mismo hombre. Era moreno, robusto, de unos 35 años, cachetón, con poco bigote que se hacía llamar El Carlitos. Recuerdan que llegaba en una panel azul o en un carro blanco viejito y preguntaba lo mismo a la gente que veía en la banqueta: “¿Andas buscando trabajo? ¿Quieres cruzar al otro lado ve’da?

Identificaba bien a sus víctimas y con su acento norteño medio inentendible les lanzaba sin más el ofrecimiento. Lo recuerda un joven que llenaba su solicitud de empleo en la banqueta de la pizzería Mamá Mía, en el crucero de la 5 y 10.

Carlitos se le acercó y le dijo fanfarrón que para qué quería trabajar haciendo pizza, que él se dedicaba a limpiar bodegas de Oxxo, donde tenía seguro social y le pagaban mil 200 pesos a la semana. El joven lo rechazó porque no lo conocía pero Carlitos le dejó su número confiado en que algún día le regresaría la llamada. Y así fue porque de la pizzería nunca llamaron. Dos días después se subió a la panel azul.

Los reclutados no se percataban de los engaños del miembro del Cártel de Sinaloa
Las víctimas no se percataban del engaño hasta la llegada al destino | Milenio
“Platicaba tanto conmigo que no puse atención en el camino”, declararía unos meses después. “Hasta que llegamos a la bodega no supe cómo”.

Otro hombre, del que no se revela su nombre para protegerlo, lo encontró en el Nido de las Águilas, una colonia al este de Tijuana. Llevaba cuatro días separado de su esposa y estaba deprimido tomando afuera de una tienda, cuando Carlitos llegó, compró cigarros y le hizo la plática. En el cotorreo el hombre le preguntó si no sabía quién cruzaba gente para el otro lado, pues su esposa lo había abandonado y en la ciudad ya no quedaba nada para él.

Carlitos le dijo que sí conocía y que incluso lo podía llevar a donde estaban los coyotes. Pero antes lo llevó a comer unos tacos y le dijo que tenía que hacer una paradita antes de presentarlo con los polleros. Dice que así fue que llegaron a la bodega muy cerca de la Garita de Otay, el cruce fronterizo con Estados Unidos. Carlitos levantó la cortina metálica, donde estacionó el vehículo, lo cual le pareció raro pues le había dicho que tenía que parar rápido.


Unos dos o tres minutos después llegó una van y una panel más grande, de donde se bajaron un grupo de hombres encapuchados y armados. “Me asusté y cuando me quise bajar, Carlitos me dijo que me valía más quedarme quieto”, recordó.

Esta es una colaboración de ARCHIVERO para DOMINGA, que reconstruye el caso de los topos del narco de 2013, gracias a expedientes olvidados entre cajones y viejas oficinas públicas. Casos como éste revelan que en México la verdad oficial siempre está en obra negra.

No podían escapar de una bodega

Hombres de diversas partes del país fueron reclutados forzosamente para cavar el corredor subterráneo del Cártel de Sinaloa
Hombres de diversas partes del país fueron reclutados forzosamente para cavar el corredor subterráneo del Cártel de Sinaloa | Milenio


Otro joven recuerda que había llegado de Nayarit buscando a alguien que lo cruzara. En la tienda Centenario de la colonia Terrazas del Valle conoció a Carlitos, que le dijo que cobraría diez mil pesos y que le daría facilidades para pagar. Lo citó a las ocho de la noche y le pidió que llevara un cambio de ropa, lonche y agua. No paró durante el trayecto hasta que llegaron a la bodega. Adentro, Carlitos le ordenó que entregara todo lo que traía. Le quitó el celular, que tenía los números de su tía.

Otros tres hermanos llamados Lucio, Fernando y Leopoldo Carrera Gallardo llegaron juntos desde Sinaloa con la intención de llegar a Estados Unidos. En la central de autobuses había un hombre de unos 44 años que gritaba que quién se quería cruzar al otro lado. Era de noche y no lo vieron bien pero subieron al carro blanco.

El hombre los llevó a una bodega y les dijo que por ahí los iba a cruzar, pero primero tenían que trabajar. “No podíamos salir de ese lugar”, declaró uno de los hermanos. “Si salíamos nos iban a hacer algo a nosotros o a nuestras familias porque ya los tenían ubicados”.


Adentro, Carlitos era claro y había reglas. Les pedía sus credenciales de elector para tener la dirección de sus familias. Les decía que si intentaban escapar, primero matarían al que corriera y después irían por los suyos. Para que nadie dudara, a uno lo sacaron una noche a ver a sus padres. Llegaron a la puerta de su casa sin que él les hubiera dicho la dirección. “Cuando entré, les dije que estaba trabajando en un rancho”, declaró ante el juez. “No les dije la verdad porque tenía miedo que los mataran a ellos y a mí”. Recuerda que pensó que era la última vez que los vería.

A las cuatro de la mañana le pidió a su padre que lo llevara a la Comercial Mexicana de Los Pinos. El carro blanco de Carlitos ya estaba ahí esperando. “¿Qué les dijiste?”, preguntó cuando subió. Respondió que nada, que lo juraba. Le ordenaron que se callara y agachara la cabeza y así llegó de vuelta a la bodega. Todavía estaba oscuro cuando volvió a cavar.

Cavar un narcotúnel en la oscuridad

14 hombres fueron reclutados forzosamente por el Cártel de Sinaloa
Las víctimas fueron obligadas a trabajar en condiciones precarias | Milenio


El hoyo tenía diez metros de profundidad y 370 de largo, ochenta centímetros de ancho, luz eléctrica, ventilación y rieles de metal con plataformas para sacar la tierra.

Una canastilla de fierro hacía las veces de elevador, accionada eléctricamente, con una tapa hidráulica que sólo se abría desde arriba aplastando un botón. Nadie podía salir solo. Diecisiete hombres trabajaban en turnos: de seis de la mañana a seis de la tarde, los de día, y de seis de la tarde a seis de la mañana. los de noche. Los que terminaban su turno subían a dormir sobre costales vacíos en el segundo piso de la bodega. Los que bajaban al túnel no salían hasta que el turno terminaba.

La tarea era siempre la misma: llenar costales de tierra y pasárselos al compañero de al lado, que se los pasaba al siguiente, que los subía al elevador. Pico, pala, cubetas, rotomartillo. Uno de los esclavos, del que el expediente no revela su nombre, operaba el aparato del elevador, un cuadro de fierro con un pedazo de madera abajo y un cable gris, que servía para subir y bajar los costales. Nunca supo cuánto medía el túnel hacia adelante. Sólo veía lo que tenía enfrente.


Carlitos no siempre estaba. Pero cuando llamaba por teléfono, llegaban los encapuchados. Llegaban sin avisar, a revisar si los catorce hombres estaban trabajando. Si encontraban a alguien sentado, los pateaban y los levantaban.

“A veces nos ponían a trabajar sin oxígeno y hasta vomitábamos”, declaró uno ante el juzgado. “Les dolía la cabeza. Si los encontraban sentados, los pateaban”. A uno que ya no pudo más le dieron tres tablazos con una tabla. A otro le pegaron con un barrote de madera en la espalda y en el hombro. A Lucio Carrera Gallardo le golpearon la cabeza con la cacha de una pistola porque se puso al brinco cuando vio que su hermano estaba también encerrado ahí.

Les prometieron mil 500 pesos a la semana. Nunca pagaron completo. A veces 500, a veces nada. Y ese dinero tampoco llegaba a sus manos: Carlitos se los quitaba y decía que era para la comida. “Padecíamos de hambre. Nos estábamos muriendo de hambre”, declaró uno de los esclavos en su ampliación ante el juez. A veces bajaban dos o tres tortillas para todo el turno.

Los pasadizos subterráneos eran operados por trabajadores reclutados a la fuerza
Los trabajadores reclutados a la fuerza padecían maltratos físicos por parte de sus captores | Milenio


Hacían sus necesidades en bolsas de plástico que después sacaban al exterior
. Se bañaban con cubetas cuando podían. Uno llegó a durar quince días sin bañarse porque le dolía todo el cuerpo. Dormían sobre costales vacíos, con la misma ropa que traían puesta desde que llegaron. Nadie intentó escapar. Sabían que Carlitos tenía gente afuera cuidando. Y que ya tenían los números y las direcciones de sus familias. Uno de los esclavos lo explicó:

“Me daba de patadas y amenazas. Me dijo que me iban a matar con todo y familia. No teníamos escapatoria”. Otro agregó: “Nunca nos hablaron de forma normal. Siempre fue con golpes y con palabras insultantes que también dolían. Uno de mis compañeros está hoy día afectado en su mente por todo lo que pasó ahí”.

Así pasaron tres meses. La única vez que uno de ellos salió a la superficie fue cuando los llegaron los militares.

El corredor favorito del Cártel de Sinaloa

En Tijuana el Cártel de Sinaloa cavó múltiples pasadizos subterráneos.
En la zona autoridades federales ya habían ubicado múltiples narcotúneles del Cártel de Sinaloa | Milenio


El 4 de febrero de 2013, a las tres y media de la tarde, elementos del 28 Batallón de Infantería respondieron a una llamada anónima en Fray Junípero Serra 17603. Carlitos se había ido una hora antes.

Era la zona industrial de Garita de Otay, el corredor favorito del Cártel de Sinaloa para cruzar droga a Estados Unidos desde hacía ya dos décadas. El terreno arcilloso facilitaba la excavación, las bodegas eran la fachada para cubrir las drogas que más tarde serían cruzadas.

Desde 1993, cuando agentes federales encontraron el primer supertúnel del Chapo Guzmán –que la DEA bautizó como el Taj Mahal de los narcotúneles–, la organización sinaloense convirtió a Otay en su laboratorio de ingeniería subterránea: rieles, elevadores eléctricos, ventilación, iluminación.


Para cuando el Ejército entró a la bodega de Fray Junípero Serra, las autoridades mexicanas contaban ya con más de quince túneles descubiertos en ese corredor. Lo que no habían visto antes era lo que encontraron adentro.

Los cinco soldados del 28 Batallón que ingresaron al inmueble encontraron primero, en un cuarto con puerta de madera, nueve paquetes rectangulares de cinta gris con hierba verde y seca. Olían a marihuana. Después encontraron el elevador. Bajaron. Gritaron hacia el fondo del túnel: “¡Ejército Mexicano!”.

Les preguntaron si tenían armas. Cuatro hombres esperaban en la oscuridad sin saber qué estaba pasando. Cuando por fin escucharon voces y vieron focos desde arriba, uno de los esclavos recordó lo que sintió al declarar ante el Ministerio Público: “Nos dijeron que estábamos detenidos, que no corriéramos. Pero al contrario, nos alegramos. Porque nos habían salvado”.

​Los sacaron de tres en tres por el elevador. Catorce hombres en total, cuatro elevadores. Arriba los esperaba el resto: otros tres detenidos que los soldados ya habían encontrado cargando costales en la planta baja.

Los pusieron a todos de cara a la pared. Fue entonces cuando los militares vieron con sus propios ojos lo que los expedientes judiciales recogen con frialdad: el perito médico que los examinó esa misma noche constató que al menos cinco de los catorce hombres presentaban lesiones recientes en el cuerpo, con menos de quince días de haberse producido. No eran marcas de trabajo. Eran marcas de golpes.

Un esclavo, del que no se revela el nombre en el expediente, declaró ante el juez que en una ocasión no quiso trabajar y que llegó un hombre encapuchado y lo golpeó en la cabeza. “Era chaparro y gordo pero no lo vi bien porque iba encapuchado”, dijo. Otro contó que una vez se negó a seguir porque ya no podía más del cansancio. “Me golpearon con un barrote en la espalda y en el hombro”, declaró. “Las otras veces nos amenazaban con pistola. Desde el principio les dijeron que teníamos que trabajar a fuerza porque si no nos iban a matar”.

Los que estaban despiertos, cuando llegó el Ejército, tenían el cuerpo cubierto de tierra. Los que dormían en el segundo piso los sacaron del cuarto y los pusieron boca abajo en el piso, tapados con su propia camisa para que no vieran. Así los tuvieron varias horas, hasta que los subieron a un camión Mercedes Benz que los llevaría a la Procuraduría General de la República.

“Gracias por habernos liberado del lugar donde estábamos aún vivos”

El Ejército Mexicano rescató a los 14 topos reclutados por el Cártel de Sinaloa
El Ejército Mexicano rescató a los 14 topos reclutados por el Cártel de Sinaloa| Milenio


Dentro del camión, cuatro militares los custodiaban. “Les decían que no querían estar en su lugar”, recordó uno. Llegaron a la Procuraduría ya de noche. Fue ahí, en la oficina donde rindieron su declaración, donde vieron por primera vez los paquetes de marihuana que los militares habían encontrado en la bodega donde ellos estaban encerrados. Ninguno los había visto antes. Ninguno sabía que estaban ahí.

Llegó un médico militar a revisarlos antes de subirlos al camión. Los soldados les dieron de comer de sus propias provisiones. En los careos celebrados después ante el juzgado, el soldado Alfonso Rosas Villalba lo confirmó:

“Efectivamente, se encontraban hambrientos, motivo por el cual de nuestras propias provisiones los alimentamos y nos agradecieron”. Lo mismo registraron en sus testimonios Elibaldo Hernández Méndez y Manuel Molina Guerra.

Uno de los catorce, que dijo haber sido militar en otra vida, le aceptó las gracias directamente al que lo liberó: “Quiero darle las gracias por habernos liberado del lugar donde estábamos aún vivos”. Otro esclavo dijo que estaba agradecido con los soldados porque los rescataron de ahí, donde sentía que de todos modos los iban a matar.

Esta historia fue reconstruida con las constancias del proceso penal 24/2013 de un juzgado federal en Tijuana, Baja California.


GSC/ATJ

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Laura Sánchez Ley
  • Laura Sánchez Ley
  • Es periodista independiente que escribe sobre archivos y expedientes clasificados. Autora del libro Aburto. Testimonios desde Almoloya, el infierno de hielo (Penguin Random House, 2022).
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