DOMINGA.– Cuando llegué a Ecuador, creí que me enfrentaría a algo ya conocido. Durante más de una década he trabajado como productor de documentales y series sobre narcoviolencia en distintas ciudades de México. La egolatría, que se adhiere al oficio con los años, iba por delante de mí: ¿qué podrían mostrarme aquí que no haya visto? Ecuador, pensaba, es el cuarto país más pequeño de América. Su violencia no podía compararse con la de México. Pero la soberbia y ese “yo” siempre se equivocan.
Antes del viaje, leí informes, revisé cifras, seguí pistas. Poco a poco, el telón se abría y dejaba ver un escenario de riesgo, peligroso, teñido de sangre. Aun así, lo minimicé. La incredulidad insistía. La soberbia, también.
En 2025, el país que gobierna el presidente Daniel Noboa registró más de nueve mil homicidios intencionales. Ni siquiera Tijuana –declarada una de las ciudades más violentas del mundo, en 2017, con mil 700 homicidios producto de la disputa entre el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el Cártel de Sinaloa– se acercaba a esos números. Ecuador, con un territorio comparable al de Chihuahua, triplicaba esa cifra.
¿Cómo había ocurrido un giro tan abrupto? ¿Cómo un país que en el mismo año, 2017, presumía una tasa de cinco homicidios por cada cien mil habitantes, había mutado para convertirse en un Ecuador en guerra. El “yo” soberbio, el periodístico, quería verlo. Quería sentirlo.
Era diciembre de 2025. El país estaba a punto de romper sus propios récords de violencia con homicidios múltiples, como el ocurrido a la medianoche del 29 de abril en Manabí, cuando hombres vestidos de militares asesinaron a 12 espectadores que asistieron a una pelea de gallos; o la ocurrida el 9 de agosto, en la que hombres a bordo de autos y motos dispararon y mataron a ocho personas en una discoteca en la línea de guerra entre dos bandas rivales; o las dos masacres en la Cárcel de Machala efectuadas en noviembre y diciembre del mismo año, dejaron más de 40 muertos, asfixiados con bolsas de plástico, los criminales usaron drones explosivos para crear distracciones.
Aquí la guerra se libra por territorios y rutas marítimas: la salida de cocaína hacia Estados Unidos y Europa. Las bandas locales –Los Choneros y Los Lobos– se disputaban el control pero el “efecto tequila”, entendido como la internacionalización de la cárteles mexicanos, llegó también aquí: detrás de estas bandas se proyectaban sombras mayores: el Cártel de Sinaloa y el CJNG. La crisis de seguridad llegó rápido. Demasiado rápido. Y quienes más la resienten fueron los jóvenes.
En 2025, el promedio era brutal: 25 asesinatos diarios. Cada día. Sin excepción. Con esas cifras, ningún territorio es seguro. No importa de dónde vengas.
La costa pacífica de Ecuador se ha convertido en una de las más peligrosas del continente: de acuerdo con datos oficiales el crimen organizado controla toda la región portuaria. Los delincuentes asesinan, extorsionan y secuestran con total ausencia del Estado. Nada pasa por aquí sin que ellos registren y cobren cuota. Quien no paga es ejecutado. Este escenario ha colocado a Ecuador como el sexto país más peligroso del mundo, según el Índice de Conflictos del Proyecto de Datos sobre Localización y Eventos de Conflictos Armados (ACLED), que evalúa cada país mediante cuatro indicadores: letalidad, peligro para civiles, difusión geográfica y grupos armados.
Y Guayaquil –su ciudad portuaria, atravesada por corredores invisibles de cocaína– es hoy un punto de alto riesgo para cualquiera que se acerque a investigar.
Cifras oficiales hablan de más de 300 secuestros al mes en Ecuador
En la víspera de Navidad de 2025, la violencia estaba en todas partes: flotaba en el agua, caminaba en las calles, gobernaba en las cárceles. Los pescadores aceptaban hablar pero de manera muy sigilosa, varios de ellos ya tenían antecedentes de familiares asesinados; los vecinos se resistían a participar en una filmación por miedo a represalias. Ingresar a la cárcel resultaba arriesgado. El temor se respiraba en los barrios, donde el paisaje parecía una mezcla de favelas brasileñas, comunas colombianas y la colonia Morelos de la Ciudad de México.
En las zonas de manglar –donde la ciudad se sostiene sobre agua y salidas ocultas al mar– las miradas no eran de curiosidad, sino de acecho. Y el acecho, en ese nivel, desorienta, confunde: a veces ya no sabes de quién cuidarte.
El poder del crimen organizado llegó de golpe, sin proceso de adaptación. Sin códigos claros. Y cuando no hay códigos, todo puede desbordarse.
En México, en estados como Michoacán, Guerrero o Sinaloa, no es común que alguien ataque a un periodista extranjero sin una orden directa. Lo confirmé muchas veces. Los grupos criminales evitan “calentar” una plaza con un asesinato mediático. No les conviene. Por más misterio o terror que quieran expandir los productores locales eso no ocurre. Es mentira. Aquí, en cambio, esa línea parece no existir.
—No quiero ir a esa zona después de las seis de la tarde —me dijo una colega camino a una entrevista con un jefe policial en Guayaquil.
“Exagera”, pensé. Todo parecía tranquilo. Pero no lo era.
—¿Puedo acercarme a ellos? —pregunté al ver a un par de hombres que cobraban extorsión a un lanchero que nos llevó a un pueblo pesquero. Varias personas me habían hablado de esto, pero lo vi con mis propios ojos.
—No puedes. Primero te dirán que sí. Luego te secuestrarán.
Las cifras oficiales hablan de más de trescientos secuestros al mes. Las cifras se imponen y confirman que verdaderamente estás en una zona de riesgo.
Nadie quiere un acceso aquí de cámaras de filmación. Hay mucho, mucho dinero en juego: un kilo de cocaína, aquí, cuesta mil 700 dólares. En México alcanza más de 6 mil dólares y en Estados Unidos llegará a los 20 mil dólares. A eso se suma la diversificación criminal ecuatoriana: secuestro, extorsión, control territorial. La escuela proviene del vecino más cercano: Colombia. Aquí la mayoría de los sectores pagan el derecho de piso o la “vacuna” como le nombran. Un cóctel perfecto para el terror.
Más del 70% de la cocaína que llega hoy a Estados Unidos y Europa pasa por Ecuador, aseguran informes de seguridad y reportes de inteligencia y lo reconoció el presidente ecuatoriano. Las incautaciones respaldan: en 2024 fueron decomisadas 22 toneladas de cocaína en un solo operativo. Con ese flujo, resulta lógico –y devastador– que jóvenes ecuatorianos se integren a estas redes. No sólo trabajan para cárteles mexicanos, sino también para mafias rusas y albanesas.
Más de 500 reclusos han sido asesinados en cárceles de Ecuador
Los muertos aparecen en tierra y en el mar por igual. Recorrimos pueblos costeros: se sentía la desconfianza. Entramos a barrios como el Suburbio o Nueva Prosperina, tierras de nadie y, a pesar de lo que nos dijeron las autoridades, el Estado no gobierna aquí. Las que gobiernan son las bandas. Ellos imponen, mandan, instalan toques de queda sin escribir o decir una sola palabra. Cada quien decide caminar por las calles bajo su propio riesgo.
Caminamos mercados, el control era absoluto: hombres parados en puntos estratégicos de observación se secretean y dan órdenes. Fuimos a los alrededores de las cárceles de Guayaquil, dominadas por facciones rivales. Nos dispararon.
Nunca había visto a alguien apuntarme de frente. Mucho menos disparar. Grabábamos a bordo de un auto pequeño con el celular, registrando posibles locaciones. Me acompañaban dos compañeros locales que conocían bien la provincia de Guayas, en la zona metropolitana de Guayaquil, donde se encuentran las cárceles, cuando comenzaron los tiros. Los escuchamos incrédulos. Hubo un silencio total. Al principio pensé que venían desde el interior de la prisión.
Pero al alejarnos, lo vi: un hombre, desde una casucha al otro lado del muro, disparaba directamente hacia nosotros. La compañera que iba en el lugar del copiloto sólo se sumió en su asiento. El conductor se enfocó en salir de la zona. Un camión de basura que pasaba nos sirvió de protección.
No pensé en mi vida. No hubo imágenes finales. Sólo lo miré. Y esperé el sonido de las balas rompiendo el cristal y la fibra de vidrio. Pero no ocurrió. Fue como si una burbuja invisible nos protegiera.
Entonces lo entendí, con un respeto nuevo y áspero: esto no es México.
Desde 2021, más de quinientos reclusos han sido asesinados en cárceles ecuatorianas. Muchas de esas muertes se filman y se difunden como propaganda. Las prisiones no contienen la violencia: la administran.
Hablamos con pescadores, con vecinos, con gente de los barrios. Todos compartían lo mismo: miedo.
—Le podemos comentar, a ver si le gustaría participar en el documental, pero no creo que va a querer —dijo una mujer cuando buscábamos testimonios.
Las bandas locales ya no son pequeñas estructuras; ahora disputan rutas multimillonarias. Antes, Ecuador era una ruta secundaria. Pero en 2009, Estados Unidos cerró su base en Manta. Luego, en 2016, los cultivos de coca crecieron en la frontera con Colombia. Producción cercana. Rutas abiertas. El resultado fue inevitable.
Hoy Ecuador es el punto de salida más importante de cocaína en Sudamérica. Un nodo donde confluyen intereses globales, violencia local y miles de millones de dólares en juego. Y en medio de todo eso, la certeza más incómoda:
Yo no sabía nada.
GSC/ATJ