Voy a marchar mañana en defensa del Instituto Nacional Electoral porque no creo en un pueblo dócil y homogéneo, sino en una ciudadanía exigente y compleja.
Porque nací y crecí en un país sumido en la mentira, donde el gobierno en turno era contendiente y árbitro en cada pantomima electoral.
Porque todavía no pasan ni treinta años desde que el presidente de la República era el único de los electores cuyo voto tenía auténtico valor.
Porque los mexicanos conocemos de cerca la prepotencia infame de los influyentes y la peste pringosa de los lambiscones.
Porque, como decía Frank Zappa, la política es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de los políticos.
Porque el poder es una droga dura y el ansia de obtenerlo –ya no digamos el miedo a perderlo– despoja a sus adictos de buen juicio y escrúpulos, y una fiera con hambre nunca será imparcial.
Porque estoy hasta el gorro de las ráfagas de odio de los ultras juzgones, rústicos y agresivos que a huevo han de imponer sus catecismos a fuerza de chantajes, abusos e invectivas de talante fascista y tufo clerical.
Porque creo que la bifurcación entre autoritarismo y libertad ocupa hoy el lugar del antiguo dilema entre izquierda y derecha, y no estoy a favor de los mandones.
Porque nadie me paga, ni me obliga, ni me pasa lista, ni me ha comprometido a salir a la calle y protestar por aquello que encuentro inaceptable.
Porque no quepo en generalizaciones, ni hablo en nombre de colectividad alguna, ni me siento aludido cada vez que me insultan quienes no me conocen.
Porque entre los políticos hoy en día resueltos a retorcer las reglas de nuestra democracia menudean los protagonistas de innumerables fraudes y zafarranchos en sus elecciones internas, y nada de eso ayuda a creer en ellos.
Porque quienes se oponen a que marchemos en favor de la imparcialidad y la transparencia lo hacen rabiosamente, prodigando improperios, injurias, calumnias y amenazas que gritan un desdén irracional por la opinión ajena.
Porque, contra lo que suponen los pastores y exégetas del pueblo tan mentado, ser ciudadano es ser mayor de edad. Tenemos el derecho, incluso el deber cívico, de cambiar de opinión sin su permiso.
Porque no me las doy de opositor y me avergonzaría ser oficialista. Jamás he militado en un partido ni hablado en nombre de otro que no sea el fulano cuyo rostro aparece en mi siempre confiable credencial de elector.
Porque el INE ha probado ser digno de mi crédito y es un árbitro que me representa.
Porque a lo que me opongo es al abuso, venga éste de quien venga y así albergue querúbicas intenciones, pues creo con Camus que los medios justifican al fin, y jamás al revés.
Porque al crimen organizado le es más fácil lidiar con un árbitro turbio y proclive a las trampas que con uno acotado e imparcial.
Porque esto de empeñarse en reparar lo que funciona bien es la manera ideal de descomponerlo.
Porque el poder se ha vuelto doctrinario y la última vez que asistí a la doctrina tenía siete años y mantenía correspondencia con Santa Claus.
Porque dejar morir la democracia es ser un esquirol del despotismo, y ya bastantes rondan por ahí.
Porque para sorpresa del oscurantismo y a pesar de los síntomas reinantes, ya no estamos en el siglo pasado.
Xavier Velasco