Cultura

Pelados, pero igualados

Aficionado toca el cielo en el Zócalo. JAVIER RÍOS
Aficionado toca el cielo en el Zócalo. JAVIER RÍOS

Mentiría si dijera que los triunfos mundialistas de la Selección Nacional no han despertado en más de una ocasión al mandril que se oculta en mis entrañas. No conozco, de hecho, licencia más espléndida para la sinrazón y el desenfreno que el festín callejero después de una victoria sobre la cancha. No hay límites, recelos ni lugar a complejos. Es como un sortilegio intempestivo del que todos son víctimas eufóricas, gritonas y exultantes. Quién no haya estado allí, imagine un festín de niños de 30 años beodos y desatados.

“¿Estás loco? ¿No ves que va a estar lleno de pelados?”, exclamó mi papá, volviendo hacia la casa desde el Estadio Azteca, en mitad del guateque multitudinario que sucedía en todos los carriles de Insurgentes Sur. ¿Eran unas peladas aquellas cuatro mamacitas piernudas que bailaban encima del toldo de su coche? ¿Dónde entonces podía uno inscribirse para ser parte de tan selecto club?

Para cuando la vida me dio oportunidad de pasar lista en mi primer fiestón post futbolero, ya se había el país apeladado lo suficiente para contar aquellas noches desquiciadas entre las más gloriosas de mi existencia. Si la Ciudad de México es comúnmente hosca, indiferente, cábula, tramposa y agobiante, me consta que también sabe ser generosa, amigable, festiva y ciertamente muy ancha de manga. Los chilangos solemos ser desconfiados, pero a veces nos gusta darle ventaja al diablo, nada más por el gusto de embarrarle en la jeta nuestra audacia. O, si se quiere, nuestra rampante inconsciencia.

Sabría el diablo como llegué la noche de ese sábado a la esquina de Insurgentes y Xola, por qué dejé mi coche estacionado a diez kilómetros de allí o qué diablos hacía dirigiendo las porras entre el carril izquierdo y el central. ¿Qué había sido, por cierto, de mis amigos? ¿Dónde habían quedado las nuevas amistades que en mi estadazo había reclutado? Recuerdo que los autos avanzaban apenas unos metros y se detenían, de modo que abundaban los samaritanos prestos a compartirme un magnánimo trago de lo que fuera que vinieran tomando. Habían pasado ya doce horas desde la calificación del entonces llamado equipo tricolor y caía un gran chubasco sobre la ciudad, pero igual el desmadre seguía en su apogeo. Nunca, que yo recuerde, vi a tanto embotellado tan contento. Aunque, a decir verdad, en tal medida disfruté esa noche que es posible que no recuerde nada.

Somos legión quienes echamos pestes cada cuatro años contra el Mundial que viene, armados de argumentos pesimistas con los que pretendemos sustraernos del magno hechizo colectivo. “¡Yo a esas cosas no voy!”, rezongó en el teléfono un amigo hasta entonces asqueado por la fiebre del Mundial, de modo que tomé la decisión de lanzarme a su casa y sacarlo a chaleco de ahí. Ya en el coche conmigo, se quejaba de la enajenación, la manipulación, el fanatismo y varias otras taras que a su entender explicaban la fiebre mundialista. Cuando menos pensé, ya mi amigo amargado abandonaba el coche para echar una cascarita con media docena de desconocidos en Insurgentes y Álvaro Obregón. Como cualquier pelado, dirían mis papás.

Para muchos, el Mundial de Futbol es la gran oportunidad de apeladarse. Por una vez no importa quienes son, de dónde vienen o qué piensan del mundo quienes cantan y bailan y beben y brincan a tu lado a media calle. Somos todos pelados, de pronto celebramos las peladeces cual si fuesen verdades reveladas. Como lo hicimos cuando éramos niños y tocaba sacarle la lengua a tus mayores buscando palabrotas en el diccionario.

“Los pelados tus iguales”, se refería mi padre a mis amigos, como asumiendo lo ya irreversible. ¿Pero quién no disfruta el privilegio de correr a igualarse con cualquier pelagatos, siempre que hay un motivo para dejar brillar su lado más sincero? ¿Quién me dice que no soy más pelado que aquellos que me iban a apeladar? Y a fin de cuentas, si otra vez pierde México, ¿quién me quita lo pelado? 


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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