Esteban Arce tenía los ojos deformados de tanto odio. Su séquito de conductores subordinados salía a cuadro con los cachetes incómodos y la mirada baja y solapada; uno que otro comentario se les atoraba en la garganta... pero el miedo, por no decir pavor, a contrariar la necedad santurrona de su jefe titular les impedía opinar. Optaron por la tortícolis en picada, mientras Arce se empeñaba en acorralar a su invitada, una psicóloga que defendía el matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho a adoptar hijos. Arce la interrumpía, altanero y prepotente, con infamias morales. Entonces remató: "Hay mucha droga en ese mundo gay".
Hace varios años ya de ese homofóbico montaje en horario matutino, pero puede resucitarse gracias al álbum videográfico de YouTube.
Varios medios digitales reprodujeron una supuesta confesión del comunicador Mauricio Clark, en la que aseguraba que llegó a consumir hasta 30 gramos de cocaína al día. Pinche Clark mamón, fanfarrón y argüendero: "De acuerdo a los cánones de compra-venta establecidos para Latinoamérica por nuestros expertos en mercadotecnia, un usuario habitual es aquel individuo que consume en forma semanaria un promedio de entre 2 y 6 gramos. Todo consumidor por debajo de ese margen apenas si alcanza el calificativo de cliente; en cambio, quien lo rebasa se convierte casi siempre en un moroso. Por breve lapso... "es que no duran", dice Julián Herbert en el cuento Manual de usuario, que forma parte de su libro Cocaína (Manual de usuario), un compendio de 15 cuentos de gran impresión, con una prosa que se desarrolla a apasionante velocidad, donde el polvo blanco es el antagonista principal y la mezcla de ansias de placer kamikaze y una paranoica esperanza por renunciar a esnifarla, no dan espacio a moralejas genéricas ni buscan el soso perdón del lector. Gran libro.
¿Arce tenía razón? ¿Es que hay mucha droga en el mundo gay? La incoherente confesión de Clark pareciera confirmar dicha teoría.
Mauricio Clark perdió su trabajo como conductor de la sección de espectáculos del noticiario de Carlos Loret de Mola. Los chismes de la farándula aseguran que su despido (o renuncia, según los comunicados oficiales adornados de simulada cordialidad) fue consecuencia de una recaída en su adicción a la coca.
Más allá de la comidilla y morbo (que es a lo que se reduce la mayoría de los programas de espectáculos), la tragicomedia de Clark pone en evidencia, una vez más, el efecto boomerang de jugarle a la heteronormatividad (término que pasó de lo básico a lo insufrible, lo acepto, pero que, en términos prácticos, funciona para marcar distancia con las expectativas bugas promedio), como ejercicio de igualdad.
En 2013, Clark hizo público frente a las cámaras no sólo su adicción a las drogas: salió del clóset (¿moríamos por saberlo?) aprovechando la emisión de su segmento. Prometió rehabilitarse. Infló sus canalículos lagrimales, se tiró al piso... y el resto de sus compañeros se unieron al drama de redención. Después, apenas tenía un micrófono a su disposición, hablaba de los idílicos planes de su bodorrio. En épocas como ésta, Clark describía postales de familias reunidas alrededor de un árbol navideño y lo único faltante era un pequeño adoptado para completar la corrección en su estado más estable, con unos padres homosexuales pero casi asexuados.
"Estos individuos creen, o les hicieron creer que, porque 'salieron del clóset', ya se pueden descarar y romper las normas de la sociedad y de las empresas donde les dan la oportunidad de ejercer el oficio de reportero; pero se descaran y no respetan las reglas y terminan de patitas en la calle por sus enormes defectos y vicios... Bien por Loret de Mola", (sic) dice un comentario sobre la noticia del despido de Clark, el cual relacionan con la cocaína. La homofobia de siempre. Mientras más se aproximaba al imaginario de matrimonio y monogamia, más eco positivo tenía en la audiencia buga. Cuando salta la homosexualidad fuera de los usos y costumbres heteronormadas, digamos, la de siempre, de inmediato somos unos descarados que no respetan las reglas, bugas, supongo.
"Mauricio no recayó en la drogas. Nunca las dejó", dijo René Franco en su espacio radiofónico. Quizás es que, parte de la inclusión del lado buga, radica en llevar una doble vida... y Mauricio lo entendió perfectamente.
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