Del futbol se han escrito muchas cosas, tanto de sus fervientes seguidores, como de sus detractores. Algunos le reconocen como un fenómeno social, “una pasión popular y una expresión artística”, escribió Eduardo Galeano. Otros, como Jorge Luis Borges, lo castigaron con las críticas hasta llamarlo “uno de los mayores crímenes de Inglaterra”, por ser ahí donde se crearon las reglas de juego.
Desde el nacimiento de la Copa del Mundo, en 1930, solo interrumpida por la Segunda Guerra Mundial, por casi un siglo, este magno evento ha ido creciendo tanto, que hoy trasciende a lo deportivo.
Si bien podríamos emplear miles de caracteres para hablar de sus pros y contras, hoy el Mundial es una oportunidad para los organizadores de generar una activación económica y social impresionante.
Dentro de 37 días, Norteamérica será escenario de este evento, y en especial en las tres principales urbes de México ya está casi todo listo para vivirlo.
Aunque esto no desaparece los problemas sociales, de seguridad, económicos y políticos que enfrentamos, el evento pretende dejar un legado y puede servir de motivación para usar el soccer como vehículo o motor de cambio.
Por cada habilitación de campos deportivos, organización de torneos o convivencias con el futbol como factor de unión, ganamos todos los que preferimos a los jóvenes reunidos en torno a un balón que a una pistola o a las drogas.
También surgen sucesos como el de un grupo de jóvenes estudiantes del Tec de Monterrey, que creó un proyecto urbano que despertó el interés de una prestigiosa firma dedicada a la arquitectura global, que con el “pretexto” de la próxima justa mundialista, planea convertirlo en un desarrollo innovador.
Lo que se diseñó fue un espacio de 40 hectáreas para la zona de San Bernabé, al norponiente de Monterrey, que incluye áreas verdes, un jardín botánico, andadores, zonas recreativas para niños y una plaza pública para que vean los partidos de futbol.
De nuevo, el futbol no es responsable de desviar ninguna atención a los problemas, ni es en sí mismo un alienador de nadie, pero si lo tomamos como un “pretexto bueno” para un momento lúdico, o incluso para motivar a los niños a soñar, podemos tener una mejor sociedad.
Tanto que hablamos del tejido social, y quién no prefiere un niño pateando un balón que siendo víctima de un entorno negativo o, de plano, esclavo de un celular. Que la vida le sonría, y adelante.