Hay días en los que México parece caminar con la respiración contenida. Días espesos, ásperos, en los que la inconformidad se enreda con la inseguridad y los gritos por justicia se pierden en la bruma política.
No es exageración decir que este sexenio vive uno de sus momentos más tensos: campesinos sin agua, transportistas desaparecidos, médicos sin insumos, ciudadanos reclamando lo básico.
Todos empujados hacia la calle porque la calle, paradójicamente, se volvió el último espacio donde el gobierno parece escuchar.
Y ahí surge la pregunta que arde: ¿por qué tuvimos que llegar otra vez a los bloqueos, a las pérdidas millonarias, al encono social?
¿Por qué el país tiene que ponerse de cabeza para que la autoridad gire apenas el cuello?
El Frente Nacional para el Rescate del Campo no tomó las carreteras por capricho. Las tomó porque antes hubo puertas cerradas, visitas pospuestas, promesas flotantes y ese aire de menosprecio que se cuela cuando el poder asume que los reclamos caben en una carpeta que puede esperar.
Y sí, parece que solo al borde del colapso se destraba lo que llevaba meses atorado. Como si el gobierno hubiera normalizado la protesta extrema; como si solo respondiera cuando la presión social llega al punto en que la economía chilla y el país se frena.
Una dinámica peligrosa, casi retorcida, pero real.
Entonces surge la duda incómoda:
Si ya vimos que así funciona, ¿este es el camino?
¿Las carreteras como antesala al diálogo?
¿Los bloqueos como llave maestra?
¿El daño a terceros como el precio inevitable de ser escuchado?
Quizá la sociedad empezó a ver una rendija, un resquicio en el muro.
Si los campesinos lograron mover al gobierno… ¿qué impide que otros sectores de la sociedad sigan la ruta?
No es un llamado al caos. Es un retrato del país tal cual es.
Un país donde la protesta pacífica se ignora, la institucional se diluye, y la desesperada… funciona.
Y ahí está el verdadero dilema nacional:
¿seguiremos dependiendo de la fractura para lograr cambios?
¿O llegará el día en que las instituciones vuelvan a ser suficientes sin que el ciudadano tenga que empujar al límite?
La respuesta, hoy, se escurre como agua entre los dedos.
Pero si algo reveló este episodio, es que México ya entendió que el poder escucha… pero solo cuando el silencio se rompe a gritos.