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Jueves , 25.04.2019 / 11:44 Hoy

Comunicar la política y algo más…

Autoplagio

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Se considera autoplagio cuando un autor repite, por lo menos, una parte de lo escrito anteriormente, redundando textos ya publicados por parte del mismo autor (Culebras, García de Lorenzo, Sanz-Valero, 2009).

En este sentido, en México el autoplagio según los derechos de autor, no es un delito, pero desde el punto de vista de la honestidad académica, se considera una falta de ética o mala conducta (Bird y Sivilotti, 2008). El autoplagio se encuentra en la lista de los diez tipos de plagio más frecuentes a nivel mundial (iThenticate, 2013).

Si autoplagio es usar una investigación propia anterior y presentarla a publicar como algo nuevo y original, entonces, ¿Por qué es una práctica común entre los investigadores? ¿Por qué las universidades y Centros de Estudios, entre otros, no la combaten con la misma rigurosidad como lo hacen las editoriales de las revistas científicas? La primera razón obedece a la ignorancia, que de manera formal pertenece a la clasificación del “plagio sin intención” (Soto, 2012), predominando durante el proceso formativo a nivel de pregrado y posgrado (Belalcazar, op. cit.) y la segunda razón, es más frecuente entre docentes-investigadores universitarios, inmersos en climas académicos que se pueden resumir con la frase anglosajona de dominio popular “publish or perish”. Se exige al investigador una cierta productividad que se relaciona directamente con el salario que percibe, motivándolo a realizar publicaciones salami (una sola investigación publicada en varias partes), autoplagio y colaboraciones no éticas (investigadores que se citan mutuamente aunque no hayan trabajado), entre otras prácticas deshonestas (Wiwanitkit, 2014).

A partir de la aparición de nuevas políticas institucionales de organización, gestión y generación de conocimientos, las universidades se contaminaron de valores y principios propios del ámbito empresarial que comenzaron a regir en el campo de la investigación académica. El cambio de normas se estructuró en universidades privadas, en las que actualmente el combate al autoplagio forma parte de sus reglamentos. La intensificación de los vínculos de la universidad con la empresa generó una serie de cambios en la propiedad intelectual de los productos de investigación. Mientras la investigación académica se sustenta en el libre flujo de información mediante congresos, publicaciones, entre otros, los laboratorios o empresas privadas requieren de la investigación que patrocinan altos niveles de confidencialidad. Esta demanda se debe a que la empresa busca un retorno de la inversión realizada. Con la premisa del capitalismo académico, Andrea Lunsford, experta sobre derechos de autor en el posmodernismo, considera que el autoplagio es un constructo de un sistema confuso de propiedad intelectual y economía capitalista. En contraparte, Pamela Samuelson, experta en leyes sobre derechos de autor en Estados Unidos (Gard, 2009), expone varios factores que justifican el uso de trabajos publicados previamente.

Ambas autoras invitan a analizar y explicar el autoplagio por diferentes razones. Sin embargo, como señala Rusell, ¿debe ser enunciado el juicio ético de modo optativo, imperativo o indicativo? Es decir, “prohibido el autoplagio” es imperativo, pero “el autoplagio es un acto de deshonestidad académica” es indicativo.

SAGRARIO LOBATO

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