La forma en la que los mexicanos procesamos el horror es peculiar. No es exactamente cinismo ni exactamente ingenuidad. Más bien es una mezcla. Es como un pastel demasiado dulce que deja acidez después de que te lo tragas.
La noticia fue histórica. El hombre que durante años operó como un fantasma con un ejército propio, con tentáculos financieros, con un nombre que se murmuraba en voz baja, había sido capturado. O abatido. O entregado. Según la versión oficial y mediática que más conviniera a cada momento.
Luego, un detalle comenzó a circular con regodeo. El pastel.
Que si estaba comiendo pastel cuando lo sorprendieron. Que si era de tres leches. Que si no opuso resistencia. Que si parecía tranquilo. Que si pidió otro tenedor.
Uno lee las notas y provocan fastidio y vergüenza. Un hombre a punto de llevarse un bocado a la boca. Una mueca banal. Un instante casi tierno si uno olvidara, por accidente, el archivo completo de violencia que lo precede.
El pastel es un atajo narrativo. Reduce la dimensión del personaje a una imagen digerible. Lo vuelve “humano” en el sentido más superficial de la palabra. Come, luego existe. Come, luego ya no asusta tanto.
No está mal que comiera pastel. Todos comemos pastel. Lo bizarro es que el relato de los medios de comunicación se aferre a esa cucharada como si ahí estuviera el centro de la historia.
Durante años, ese nombre fue sinónimo de masacres, desapariciones, reclutamientos forzados, territorios tomados. Fue el jefe invisible de una organización que operaba como empresa y como ejército. Cuando cae, un aspecto privilegiado es una sobremesa interrumpida. ¿En serio?
La cobertura oscila entre una épica militar y la crónica de sociedad. Hay mapas del operativo, pero también descripciones minuciosas del entorno. Hay análisis de seguridad, pero también el detalle del postre. La violencia convertida en escena, la escena convertida en anécdota.
Hablar del pastel es manejable. No exige preguntas engorrosas. No obliga a indagar en las complicidades. No señala las omisiones. No apunta hacia las estructuras que hicieron posible que un hombre así operara durante tanto tiempo. El pastel no tiene responsabilidad institucional.
Es azúcar. Es betún. Es distracción.
Mientras compartimos la foto del pastel, la tramoya que lo sostuvo sigue ahí, reacomodándose. Las rutas no se evaporan. El dinero no se esfuma. La violencia no se vuelve recuerdo.
Tal vez dentro de unos años, quizá meses, alguien escriba una novela sobre esa escena o el guion para una serie de Netflix. Un hombre poderoso interrumpido en medio del azúcar. Habrá metáforas, habrá silencios. Funcionará.
El periodismo no debería parecer un cuento cuando el país sangra. El último pastel del Mencho es una distracción más. A veces las distracciones son más peligrosas que el horror explícito, porque nos permiten mirar sin ver el trasfondo de cada texto, foto o video que deciden mostrarnos. Me hierve el buche.