Una amiga bastante joven nos preguntó: “¿No tengo corazón?, o ¿por qué soy la única persona que no dice que lloró con esa película?”. La respuesta fue muy natural, aunque imagino un poco cínica, cosa inevitable. “No, sí tienes corazón. Solo que todavía no te ha pasado”.
Escribo esto respecto a la cinta de Netflix que se estrenó ya hace poco más de una semana, porque millones ya la vieron y está siendo considerada seriamente en la temporada de premios, lo cual indudablemente la vuelve un motivo de discusión entre cinéfilos. Pero también entre personas que ven Netflix por gusto, ven a algunas estrellas de Avengers y de Star Wars aparecer juntos en una pareja y seguramente se ponen a verla por curiosidad. No creo que sea ningún spoiler decirles que esta es la anticomedia romántica. Un matrimonio que decide terminar a la buena, pero que es llevada por la vida y sobre todo por intereses ajenos a extremos que, digamos, es donde pueden o no llegar las lágrimas.
Adam Driver (Kylo Ren, pues) ya era reconocido por muchos como un gran actor. Este año, por ejemplo, ejecutó un personaje tan intensó en la obra Burn This al lado de Keri Russel en Broadway que aún recuerdo el golpe de energía cuando entró en escena. Y bueno, este es un extraordinario año para Scarlett Johansson, ya no hablemos de sus blockbusters, esperen unos días para observarla en Jo Jo Rabbit y verán que sí se puede tener todo en el mundo de las pantallas en pugna.
La cosa es que Marriage Story es profundamente triste por lo cotidiana que resulta. Porque nos recuerda que las grandes tragedias no suelen ser necesariamente las que identificamos como los peores momentos de nuestras vidas, sino es el dejar que esta nos sobrepase, nos supere hasta que un día, sin entender por qué, es insostenible tal y como la conocemos.
Se requiere de mucho talento para lograr algo así, pero también mucha sensibilidad (que a ratos me recuerda a los momentos más contemplativos de Woody Allen). Otra cosa que se requiere es el amor para las referencias y aunque para muchos solo son lindas canciones, el homenaje que se le hace a Company, una de las obras maestras del teatro musical de Stephen Sondheim, es todo menos involuntario.
Los personajes encuentran momentos para cantar, de manera completamente justificada, dos de las canciones de esta historia que debate entre la soltería y la soledad. Una es (de mis favoritas) “You Can Drive APerson Crazy”, tres mujeres interpretando sus frustraciones por la falta de respuesta de su amado. Pero “Being Alive”, el cierre del musical en la no tan melódica, pero brutalmente expresiva voz de Driver, es una regalo para quienes hasta ese momento no sabíamos si llorar o no. Y terminamos haciéndolo.
Twitter: @SusanaMoscatel