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Lunes , 22.04.2019 / 15:09 Hoy

Crónica

Un hombre bebiendo ron y "ella"

Susana Iglesias

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Jamás ocultaste tu asco hacia las personas “bellas”. Un cuerpo con grietas o cicatrices tiene acceso a planos mentales distintos, los cuerpos sin marcas no pueden entenderlo. Tomó los archivos de su psiquiatra cuando la secretaria salió para conseguir leche para el café. Abrió aquella gaveta con una navaja de bolsillo, buscó su apellido, su nombre, tomó el expediente, lo metió en aquella enorme bolsa. La ficha decía: manipuladora, misógina, racista y sociópata, su belleza física produce fascinación, vulnerable a comentarios ajenos. Rompió aquello porque no le gustó su descripción física, me leo estúpidamente ofensiva e infantilizada, ¿qué quiere decir con “vulnerable”? En tres sesiones le arrojó un libro en la cara a esa mujer que apuntaba en una libreta todas aquellas palabras que tan solo eran una ficción de si misma. Ella siempre entendió que la inteligencia tiene límites, la estulticia no. Salió con ese habitual paso rápido, cabello tan rojo como las uñas. La calle de Bernard Shaw, la escogió porque sentìa fascinación por el escritor, las personas culpan a sus circunstancias, una constante en su existencia. Tomó un taxi, nunca antes había reparado en las orillas de aquella colonia que parecía habitada por personas con buena fortuna, calles sin luz, indigentes cerca de Circuito Interior, una ciudad perdida bajo un puente cerca de Marina Nacional, limpiaparabrisas sentados en el piso inhalando solventes. Estaba molesta porque aceptó cuidar a su sobrino esa tarde, un niño obsesionado con ser luchador profesional, muchas veces protagonizó escenas rabiosas frente a toda la familia, solía arrastrarse en el piso con la máscara puesta, sosteniendo sus luchadores y su ring llorando por una nueva capa o un nuevo par de botas de combate, su madre se negaba a comprárselos. Rodaba con el rostro enrojecido ante la mirada atónita de los neuróticos que señalaban con ojos asesinos a una mala madre que ni siquiera era tal.

Un niño llorando en medio del mercado, la calle, afuera del colegio, un niño azotándose contra las puertas de cristal de un taxi o tirado bajo el mostrador de ropa de una tienda departamental, un niño que grita, que patea, que lanza sentencias desilusionadas y sufre porque no puede acumular más. En casa: botes repletos de disfraces, luchadores, rings. Orfandad: rodearnos de objetos.

—No te puedo comprar nada, me vas a obedecer.

—Quiero que me compres una máscara.

—No.

—No te voy a obedecer.

—Vamos al mercado, solo compraremos comida.

—Ya veremos…

El camino al éxito es corto, el de la mediocridad largo y tedioso, muchos se aburren, desertores de la verdadera clave para vivir tranquilo: la mediocridad, vamos, la reputación está sobrevalorada, antes las personas se suicidaban al volver de la guerra, ahora las personas se suicidan por comentarios en Twitter, los que prefieren el camino corto, sufren hasta que un día finalmente mueren. Aquél que bucea en los límites es capaz de no regresar jamás, eso le pasó a ella. Dividida entre aquella vida secretarial y el espíritu de animal party que la habitaba por las noches. Cubas, tabaco, humo, vestidos, congales de mala muerte. El recuerdo más antiguo que poseo: su garganta atravesada por una enorme cicatriz, se la hizo la esposa de su amante. Se fue acomodando hasta mimetizarse. La soledad es un coyote hambriento y carroñero. Nunca le molestó la soledad, al contrario, la recuerdo así: sola siempre, sola en un mundo que nadie conoció, solo ella. Una noche tras beberme botella y media de ron la llamé:

—Tía, me quiero morir.

—Yo también.

Esas fueron las palabras que me permitieron aferrarme a la nada. Tiempo después nos reunimos, le prometí llevarla al París por una botella de ron, en mi egoísmo jamás la llevé, temía que me corrieran de nuevo como la última vez. Qué esfuerzo enorme es la ilusión. La torpe necedad de sus hijos la mantuvo durante semanas en agonía. Sé que ahora comprendes que no existe más allá, algunas tardes te metes al París para reírte un poco de todos los desgraciados que continuamos sin renunciar de una vez por todas a la inmundicia. Nadie pudo igualar tus palabras, ni esos desplantes. Jamás dudaste en aventar cosas a la cara de rivales, en pegar de gritos a todos aquellos hombres que intentaron prohibirte cosas. Regresemos a ese día en el que decidiste hacer pollo con jitomate y papas, un asado. Pediste un kilo de pollo. Supongo que nadie tiene la culpa, solo el cretino del pollero que no sabía a quién se enfrentaba, una cosa es darle pollo malo a una ruca cristiana, que le diría: Dios te bendiga pollero, gracias señor, te agradezco padre santo por este delicioso pollo y otra es darle pollo golpeado a Lucy. El niño que la acompañaba ese día, creció, recuerda que ella tenía entre las manos el cadáver pálido con moretones y sangre coagulada, empezó a reír mientras lo arrojaba en la cara del pollero, tome su asqueroso pollo, me llevo este otro. No pagó, nadie la detuvo, ese niño sintió miedo, no se atrevió a pedir ninguna máscara y como si fuera una recompensa al silencio mientras cruzaron el mercado, al pasar por el puesto de luchadores afuera del mercado, le compró una máscara de Blue Demon que no se quitó en su funeral. No entiendo las razones, los años no curan nada, sigo pensando que entró al hospital por un resfriado, terminó en cuadro séptico. Nadie entiende la muerte, nadie se atreve a pensar en el final cuando todavía somos capaces de sonreír. A veces cruzo alguna calle que me recuerda sus tacones y sus uñas. Miles de viejos asquerosos intentaron destruirla, sus palabras me alejaron de episodios desastrosos: los viejos solo tienen problemas y mujeres cansadas de ellos que los esperan en casa porque arruinaron su vida, nunca te cases. Ella murió de alcoholismo como el padre de Shaw. Maldigo a los pusilánimes que juzgaron a una mujer tierna. Destapo otra botella de ron, ahora es peor que antes, no quiero morir, quiero vivir y no tengo a nadie a quién llamar.

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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