¿Qué los arrojó ahí? La orfandad del mundo, la náusea de enfrentarse a un espacio en el que siempre serán extranjeros, extraños, insuficientes. Los puedes ver acodados en las barras de una cantina de esta ciudad los lunes o los martes, no comparten espacio con los risueños oficinistas, ni con los turistas que hablan a gritos, son hermanos de los desempleados, los solitarios, los poetas, los locos, los que no se suicidan, porque sólo se suicidan los optimistas, poseen razones para hacerlo.
A estos seres jamás hay que preguntarles adónde van, lo único trascendente es de dónde vienen. Los trolebuses atraviesan lentamente Eje Central, es un día precioso, en el cruce con Avenida Juárez las personas caminan rápidamente porque el alto es breve. Hoy no hay puré de papa en La Blanca para acompañar las crujientes tiras de pescado, CJ. Miller pide unos hot cakes y un jugo de toronja, le duele la cabeza, no me canceló, siempre agradeceré el generoso gesto de no cancelar un encuentro pese a las dificultades que atravesamos.
Su dolor de cabeza desaparece, decidimos acodarnos en alguna barra con nuestros hermanos de exilio: los santos bebedores, elegimos La Ópera, que no era un bar, ni cantina, fue una confitería/pastelería estilo parisino con mucho éxito que fundaron las hermanas Boulangeot en 1876; antes se ubicaba justo donde ahora está la Torre Latinoamericana, tras su mudanza a la calle de 5 de Mayo en 1895 se transformó en lo que es hoy.
En aquella época fue un lugar frecuentado por los porfiristas, después los revolucionarios se sentaron en sus rojos gabinetes. En el techo está la bala que dejó Villa. Es la 1:30, está atiborrada, no hay gabinetes, la barra será nuestra madre, el surtidor de la pócima de amor llamada: Strega, que data desde 1860, con sus notas de menta, hinojo, canela, pimienta, ginebra, vuelven delirante cualquier conversación.
Vermut rojo derecho o en las rocas, Limoncello Caravella, los limones de la costa italiana de Amalfi se hacen presentes, la receta familiar de este licor fue compartida a todos nosotros por Paolo Sperone, ¿qué pasa si mezclas un brut con limoncello? Un milagro, una revelación. Estamos acodados en una barra traída desde New Orleans. El concepto de “cantina” dicen que llegó con la invasión norteamericana, que los soldados ahogaban sus penas en las barras.
Tener una barra para recargarte es tan importante como elegir la madera de tu ataúd o las flores de tu funeral, ¿qué se hace en las cantinas? Nada, sólo beber, en silencio, con extraños o hablar con otro santo bebedor. Reímos, nos hacemos confesiones y devoramos el carpaccio de salmón, sardinas, las tostadas de atún, manchego, las olivas, con el hambre del que ha estado solo por mucho tiempo. Llega un punto en el que nadie habla ya, los santos bebedores ahí reunidos están mirándose en el espejo de la barra, el reflejo de su rostro les devuelve su condición y presencia en el mundo. Existimos entre milagros y el asombroso azar.
Susana Iglesias*
*Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)