Por años, el fútbol ha sido presentado como una metáfora de unión: un lenguaje común que trasciende fronteras, clases sociales y generaciones. En México, donde este deporte forma parte de la identidad nacional, esa narrativa se refuerza cada fin de semana en estadios, pantallas y conversaciones cotidianas. Pero hay una verdad incómoda que ya no puede seguir fuera de juego: el fútbol también es un espacio donde se reproducen violencias de género profundas, sistemáticas y normalizadas.
Ante esta problemática, el informe “Tarjeta roja a la violencia de género”, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en México en julio de 2025, analiza la situación de la violencia contra las mujeres en el entorno del fútbol y presenta alternativas que promueven la igualdad de género con enfoque en el deporte. El documento demuestra que no se trata de casos aislados ni de excesos puntuales, sino de una estructura que atraviesa todo el ecosistema del fútbol: desde la cancha hasta los medios de comunicación, pasando por las redes sociales, la afición, los vestidores y las decisiones institucionales.
Los datos de la encuesta son contundentes. El 78% de las mujeres encuestadas reportó haber experimentado al menos una forma de violencia de género en ese entorno. Y no estamos hablando solo de agresiones extremas: la violencia verbal— que incluye insultos, comentarios sexistas y descalificaciones— es la más frecuente, afectando al 72% de las participantes. Es decir, para muchas mujeres, el fútbol no solo es un espacio competitivo, sino también hostil.
Esta violencia no ocurre en un vacío; se despliega en entrenamientos, partidos, redes sociales, estructuras de los clubes e incluso en los medios de comunicación. Sus rostros son diversos: aficionados que gritan insultos misóginos, sexistas y racistas; directivos que invisibilizan el fútbol femenil; entrenadores que ejercen abuso de poder y violencia sexual; y plataformas digitales que amplifican el acoso.
El problema es estructural. El fútbol ha sido históricamente un espacio masculinizado, donde la presencia de mujeres y personas de la diversidad sexual y de género ha sido cuestionada, limitada o directamente excluida. Esto se traduce en desigualdades concretas: menor acceso a recursos, enormes brechas salariales, exclusión de los espacios de toma de decisiones y la desvalorización del talento femenino.
Pero quizá lo más grave es la normalización: el 70% de las personas ha presenciado violencia de género en el fútbol. No son hechos invisibles; se ven, se escuchan y, sin embargo, se toleran y permiten. Entre las consecuencias, muchas mujeres reportan ansiedad, baja autoestima, desmotivación e incluso el abandono de sus carreras deportivas. La violencia no se queda en la cancha; atraviesa las vidas de mujeres y niñas que tienen pasión por este deporte.
Frente a esto, el silencio institucional resulta insostenible. Muchas de las víctimas no reciben el apoyo adecuado y los protocolos existentes se perciben como insuficientes. La respuesta exige una transformación integral: políticas de cero tolerancia, protocolos efectivos, formación en igualdad de género y derechos de las mujeres y, sobre todo, un cambio cultural profundo.
El fútbol no es solo un deporte; es una poderosa plataforma cultural que siguen millones de personas en México. Eso significa que también tiene la fuerza para transformar narrativas, cuestionar estereotipos y construir igualdad. Eliminar la violencia de género en el fútbol no es opcional; es la condición mínima para que el deporte cumpla su promesa de inclusión y desarrollo.
A partir de estos hallazgos, el informe del PNUD presenta recomendaciones dirigidas a autoridades deportivas, instituciones gubernamentales, medios de comunicación y sociedad civil para crear entornos deportivos libres de violencia de género, fungiendo como un instrumento de sensibilización para promover la agenda de igualdad en el deporte mexicano.
Hoy, como uno de los anfitriones de la Copa Mundial de 2026, México tiene una oportunidad única: demostrar que el fútbol puede ser también un espacio de justicia e igualdad. El fútbol necesita una tarjeta roja. No a quienes lo aman, sino a las violencias que lo han marcado a lo largo de su historia.