“No necesito al derecho internacional”. Lo dijo sin rubor Donald Trump en una entrevista con reporteros de The New York Times el pasado 8 de enero. Su poder como comandante en jefe de las fuerzas armadas —añadió— solo estaría limitado por su “propia moralidad”. No fue una ocurrencia, sino un mensaje deliberado. Cuando se trata del interés nacional de los Estados Unidos, será la fuerza —y no el derecho— la que marque el rumbo.
La afirmación confirma algo que observamos desde hace tiempo: el progresivo desmantelamiento del sistema multilateral construido después de la Segunda Guerra Mundial. Ese entramado institucional —conviene recordarlo— fue diseñado e impulsado por los propios Estados Unidos, como una apuesta estratégica para evitar que el mundo regresara a los horrores de la guerra. Se trataba, en esencia, de sustituir la lógica de la fuerza por la del derecho. Con todos sus defectos y tensiones, ese sistema funcionó durante casi siete décadas.
Hoy, ese andamiaje se resquebraja. Las declaraciones del presidente Trump y, sobre todo, sus decisiones políticas no dejan margen para la duda. Un memorándum presidencial de la Casa Blanca, fechado el 7 de enero de 2026, anunció la salida de los Estados Unidos de organizaciones, convenciones y tratados internacionales considerados contrarios a sus intereses. La lista afecta a 76 organismos internacionales. A ello se suman amenazas explícitas del uso de la fuerza y las pretensiones de anexión territorial de Groenlandia.
Cuando el derecho deja de cumplir su función civilizatoria —ordenar, canalizar y contener la violencia— la historia ofrece un pronóstico poco alentador: la fuerza ocupa el vacío. Y la fuerza, a diferencia del derecho, no conoce límites, solo equilibrios precarios.
La pregunta es entonces tan obvia como incómoda: si la potencia hegemónica decide que las reglas ya no la obligan, ¿por qué otros habrían de contenerse? ¿Con qué argumento se le puede exigir a Vladimir Putin que respete la soberanía de Ucrania? ¿O a Xi Jinping que no actúe del mismo modo cuándo la lógica dominante vuelve a ser la del más fuerte?
Durante décadas, el derecho internacional funcionó como una gramática compartida para administrar los conflictos. Nunca erradicó la violencia, es cierto, pero logró encauzarla, posponerla o, al menos, volverla políticamente costosa. Renunciar a ese marco significa retroceder hacia un escenario más inestable e incierto, en el que las decisiones dependen de un cálculo de fuerza y son tomadas por una sola persona cuyo criterio se erige como razón sin réplica que la modere.
La historia nos enseña que el imperio de la fuerza siempre exige costos elevados: guerras, inestabilidad y sufrimiento. La diferencia es que esta vez no se trata de un accidente, sino de una elección explícita. Cuando el derecho se retira, la fuerza impera. Y con ella, la razón se desvanece.